Abejas, colemenas y miel

Artículo basado en el libro: "La vida de las abejas" de Karl von Frisch.

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Ante el alarmante ritmo de extinción de las especies animales, muchos investigadores han afirmado que en estos momentos estamos presenciando la sexta extinción masiva a la que se ha enfrentado la vida en este planeta. La tasa de extinción de especies actual, es entre 100 y 1.000 veces superior a la que cabría esperar en condiciones normales. Por ejemplo, se ha estimado en 500, las especies de vertebrados extinguidas desde 1900, algo que debería haber tardado varios miles de años con las tasas naturales. El promedio del tamaño de las poblaciones de vertebrados se ha reducido en un 68%, afectando principalmente a los grandes mamíferos, pilares fundamentales de sus ecosistemas. Ya sea por el cambio climático, por la acidificación de nuestros océanos, por el aumento de la concentración de gases de efecto invernadero o por la pérdida de hábitat (el 70% de la tierra sin hielo corresponde a labores agrícolas o poblaciones urbanas), lo cierto es que estamos aniquilando a nuestros vecinos animales. Sin embargo, ante semejante desastre, pocas personas se paran a pensar en las especies más pequeñas y vulnerables como los insectos. Por suerte, en la última década, un pequeño grupo de esta clase de artrópodos se ha convertido en el foco de la preocupación sobre esta masiva extinción, estoy hablando de los polinizadores. Como espero que sepas, estos animales se encargan de recolectar polen y néctar para su alimentación, a la vez que fecundan las diferentes flores por las que van pasando. Nuestros cultivos tendrían una productividad muy reducida de nos ser por estos insectos, y su importancia tiene tal magnitud, que se han desarrollado diversas iniciativas para crear pequeños drones que suplan la actividad polinizadora de los insectos. Me imagino que al hablar de polinizadores, a todos se os ha venido el mismo ejemplo a la mente, las abejas. En este artículo trataremos de desvelar algunos de los misterios sobre los hogares de estos valiosísimos insectos.

Cualquier amigo de la naturaleza que se precie, habrá observado paseando por un florido vergel una tarde cualquiera de primavera o verano, a una miríada de abejas (entre otros insectos) ocupadas afanosamente en visitar las flores. Si con un poco de pericia, te fijas en una de estas abejas y la sigue hasta su colmena, podrás observar a centenares de ellas saliendo y entrando por las piqueras (accesos de entrada) de sus viviendas. Esta colmena es el pueblo de las abejas, donde pueden habitar hasta 80.000 de estos artrópodos en condiciones óptimas. Pero, ¿semejantes congregaciones son comunes en el resto de insectos? Lo cierto es que no mucho. Cualquier otro insecto que se te ocurra (mariposas, escarabajos, libélulas…) nos enseña que los machos y las hembras se encuentran una vez para la cópula, y tras ella, no se vuelven a ver. La hembra situará sus huevos fecundados en una zona con el suficiente alimento para su prole, y luego no volverá a saber de ellos (sobre todo porque en muchos casos la madre ya estará muerta para cuando las larvas salgan del huevo). Sin embargo, en el caso de nuestras protagonistas y otras excepciones (las hormigas o las termitas), los individuos aparecen íntimamente ligados unos a otros.

Abejas polinizando (Fuente: La Tienda del Apicultor)

Si estudiamos una colmena, lo primero en lo que nos fijamos es que todos los individuos adultos son prácticamente iguales. Todas están compuestas de las 3 partes que caracterizan a los insectos: cabeza, tórax y abdomen. No obstante, si prestamos especial atención, veremos que hay algunas de las abejas que muestran ciertas diferencias. Uno de ellos se distingue de todos los demás por su largo y esbelto abdomen. Efectivamente, se trata de la reina, y de ella dependen, en primer término, el bienestar y la riqueza de la colonia. Se trata de la única hembra fértil de esta ciudad y, por lo tanto, de la única capaz de engendrar nuevos individuos para la colonia. Otros de los que destacan por su morfología son los zánganos, caracterizados por un cuerpo grueso y pesado y unos ojos especialmente voluminosos. Son machos, y solo son útiles durante la primavera y principios de verano, cuando se encargan de fecundar a la reina. Posteriormente, serán violentamente excluidos de la colmena, por lo que resulta inútiles buscarlos en otoño o invierno. El resto de los pobladores de la colonia son abejas obreras, hembras estériles sin la capacidad de poner huevos. Sin embargo, el impulso maternal que obliga a cuidar a los descendientes de la reina, está muy presente en ellas, a diferencia de en cualquier otro animal que no viva en una colonia. Es más, la propia reina no muestra ningún interés en cuidar de su progenie y relega totalmente esta labor a las obreras. Además, las obreras actúan como limpiadoras y policía de la colmena (arrastrando los cadáveres de sus hermanas fuera), son las constructoras de las viviendas, regulan la temperatura de la colmena, se encargan de su defensa y recogen lo necesario para el sustento de la comunidad. Labores que son desatendidas tanto por la reina, como por los zánganos.

La colmena presenta una serie de aberturas en su parte anterior conocidas como piqueras, por donde entran y salen las abejas. Por lo general, estas colmenas están situadas en cajas, si están custodiadas por un apicultor, o en el interior de árboles huecos, si están en estado natural. Pero estas ubicaciones no representan más que la cubierta externa del hogar de las abejas, mientras que la estructura interna es una obra exclusivamente construida por estos pequeños insectos. El interior está constituido por una serie de “tejidos” o panales de cera, que en el caso de las colmenas de los apicultores suelen estar en los cajones que retiran para recolectar la miel. La capacidad de producir cera se encuentra también en otros insectos, y muchos de ellos, al igual que las abejas, segregan esta sustancia similar a la grasa por la parte inferior del abdomen. Estas secreciones se dispersan por los anillos del abdomen y forman una serie de escamas que las abejas recogen con sus patas para amasarlas con sus potentes “mandíbulas”. La construcción del panal no es continua, pero cuando es necesaria se realiza con extraordinaria rapidez. Por lo general, las construcciones comienzan desde la parte superior y van avanzando hacia abajo. Cada panal consta de millares de alvéolos en los que se da alojamiento a las larvas y se guardan provisiones. Estas celdas muestran una ligera inclinación descendente para no desperdiciar ni una gota de miel. En la mayoría de los casos, existe una capa intermedia de cera que hace las veces de fondo común para las celdas que se encuentran a ambos lados. Pero lo más digno de atención de estas celdillas, es la conocida forma geométrica que presentan, una forma hexagonal. Las abejas podrían haber construido sus celdillas de forma circular, cuadrada, triangular, pentagonal, octogonal… pero estos arquitectos de la naturaleza emplearon el polígono regular (todos los lados miden los mismo) de 6 aristas, ¿el motivo?, muy sencillo, la mayoría de formas que he mencionado dejan huecos entre ellas desaprovechando el espacio presente. Sin embargo, hay dos disposiciones de las que he mencionado que pueden rellenar todo el espacio (además de las hexagonales) y son la disposición en triángulos y en cuadrados. ¿Por qué no utilizar estas formas geométricas?, al rellenar todo el espacio como las celdas hexagonales, ¿no deberían albergar la misma cantidad de miel? La respuesta es afirmativa, pero la sección hexagonal es la que tiene un menor perímetro para una misma superficie. Es decir, mediante el uso de hexágonos las abejas emplean menos cera para la construcción de su panal que en el caso de secciones cuadradas y triangulares. Por no hablar de que los cuerpos alargados de las larvas, se ajustan de forma más precisa a un sección hexagonal que a las otras que ocupan todo el espacio.

Abejas en las famosas celdillas de sus panales (Fuente: Apiconociendo)

Una vez comprendida someramente la forma en la que las abejas construyen su hogar, analicémos la forma en la que abastecen esos millares de celdas con la miel que llena nuestras despensas. Es de conocimiento popular que todos los animales requieren de glúcidos (azúcares) y lípidos (grasas) como combustibles para mantener en funcionamiento toda la maquinaria de su organismo, al igual que necesitamos proteínas para construir la maquinaria. Las abejas obtienen estas sustancias tanto de la miel (azúcares), como del polen (proteínas), y no buscan otra cosa cuando las vemos revolotear entre las flores. ¿No se supone que la miel la hacen las abejas? Sí, la miel no se encuentra en las flores que las abejas pecoreadoras visitan, sino que recolectan un precursor, una sustancia que es básicamente agua azucarada y se denomina néctar. Esta sustancia es producida por las flores como reclamo para que las visiten los polinizadores y así poder reproducirse. Esta recolección se origina en verano y primavera, para luego poder disponer de miel en el invierno, cuando ya no hay flores de las que extraer sus nutritivos alimentos. El polen, por el contrario, se almacena en la cantidad justa para poder alimentar a las larvas en situaciones de emergencia. Las plantas almacenan su néctar en el fondo del cáliz de la flor, y las abejas (junto a abejorros y mariposas) disponen de una trompa suctora y móvil (probóscide) que prolongan hasta esta recóndita región aspirando el jugoso y nutritivo néctar. El estómago de estos insectos no es más que un saco de recolección y, el néctar succionado por ellos, estará a disposición del conjunto de la colmena. Si la recolectora tiene hambre, abre ligeramente una pequeña válvula que conecta su “estomago social” con resto del conducto digestivo para alimentarse, pero el resto es comida comunitaria. El néctar recolectado es regurgitado repetidamente por un gran número de abejas que, al exponerse al aire caliente de la colmena, evapora parte de su agua y aumenta la concentración de azúcares. Al mismo tiempo, una secreción glandular transforma parcialmente los azúcares para que sean más digeribles. De esta forma, en unos pocos días el fluido que antes fue néctar, se convierte en densa miel.

En los estambres de las plantas se produce el polen que en la mayoría de ocasiones es más sencillo de ver que el secretamente guardado néctar. Por lo general, las abejas obreras que salen a pecorear muestran una división de trabajo, dedicándose algunas a la recolección de néctar y otras a la recolección de polen. A diferencia del néctar, el polen no es ingerido por las abejas, sino que lo recogen en unos cestillos de la cara exterior de sus patas posteriores. Concretamente, es el primer artejo del tarso (parte distal de la pata) el que cuenta con un denso revestimiento de fuertes pelos que forman los cepillos. Asimismo, la forma de las tibias (segunda parte más distal de la pata) presenta una zona cóncava (el cestillo) donde se almacena el polen recolectado. Para la cosecha del polen, las abejas obreras encargadas de la tarea toman una gota de miel que guardan en su estómago social. Cuando se dirigen a una flor, se posa sobre los estantes y los cepilla vigorosamente con su mandíbula y sus patas anteriores. Una vez el polen está suelto, se humedece con la gota de miel para volverlo más pegajoso. De esa forma, el polen cubre todo el cuerpo de la abeja, y cuando va hacia la siguiente flor, es amasado y almacenado en los cestillos de sus patas posteriores. Medite el cepillo de la tibia de la pata izquierda, rellena el cestillo de la pata derecha y viceversa. De vuelta al hogar, la captura será alojada en una de las celdillas del panal (distinta a las que albergan la miel), para que inmediatamente después, una segunda obrera introduzca su cabeza en la celdilla, y con la ayuda de sus mandíbulas, prensa el nuevo polen contras las provisiones existentes. De esta forma, el polen queda almacenado para que la comunidad lo tenga a su disposición.

Estructura anatómica de las patas traseras de las abejas donde recolectan el polen (Fuente: Ecured)

En este artículo hemos conocido superficialmente a las abejas como ingenieras, arquitectas y agricultoras, pero no son más que pequeñas pinceladas sobre el apasionante mundo de estos vitales insectos. Y por vitales, me refiero a que de no ser por ellas, la mayor parte de nuestros cultivos no valdrían para nada (aproximadamente el 75% de los principales cultivos humanos son polinizados por estos insectos). Puede que el ser humano haya ido a la luna y tenga intenciones de ir a Marte, puede que en un futuro cercano consiga la tan ansiada fusión nuclear, pero a pesar de todos estas proezas de la ingeniería, todavía no ha conseguido fabricar una herramienta que se acerque a la eficacia de las abejas como polinizadores, y puede que nunca lo haga.

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