Argelia después de la independencia: entre la revolución popular y el Estado autoritario
Artículo basado en el libro: "Las Naciones Oscuras: Otra historia del Tercer Mundo" de Vijay Prashad.
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Julio de 1962, los argelinos han expulsado a los franceses de su territorio y el Frente de Liberación Nacional (FLN) ha accedido al poder convirtiendo a uno de sus fundadores, Ahmed Ben Bella, en el presidente de la nación. Ben Bella procedía de una familia humilde de labradores de un pueblecito cercano a la frontera con Marruecos. En su juventud, ingresó en el ejército francés y combatió en la Segunda Guerra Mundial, tras lo cual regresó a Argelia. El 8 de mayo de 1945, día del armisticio de Europa, las fuerzas francesas masacraron a varios miles de civiles que se habían congregado en la localidad de Sétif para manifestarse pacíficamente. Aquella matanza fue la chispa que encendió el interés de Ben Bella por la política. Y aunque en un principio trató de emplear las vías ortodoxas de la política en la Argelia de la posguerra, pronto decidió optar por la lucha armada. Atraído por el nacionalismo de Messali Hadj, Ben Bella se incorporó a su movimiento, Mouvement pour le Triomphe des Libertés Démocratiques (MTLD), pero impaciente por el tono moderado de dicho movimiento, creó la Organisation Spéciale, la rama armada del MTLD. Tras una serie de acciones apresuradas y poco meditadas, Ben Bella acabó en la cárcel, aunque huyó de ésta y, junto con otros ocho revolucionarios ya curtidos, creó el FLN. Ninguno de ellos procedía de entornos acomodados ni de pobreza extrema: eran, básicamente, hijos de artesanos o de familias de clase media. Algunos eran árabes y otros, cabileños (bereberes). En 1954, el ejército francés fue derrotado en Dien Bien Phu (Indochina), lo que infundió ánimos al FLN y, para el 1 de noviembre de 1954, llamaron a su ejército clandestino a la revuelta. Había comenzado la guerra de independencia de Argelia.
La táctica del FLN tuvo éxito a nivel político, pero su coste militar fue enorme Durante el transcurso de la guerra (1954-1962) entre 300.000 y un millón de personas perdieron la vida. Aunque el precio fuese muy alto, todas las facciones en Argelia, incluídos los liberales, cerraron filas en torno al FLN. Querían despojarse de la autocracia de Francia y estaban dispuestos a subordinarse al FLN y su rama militar para echar a los franceses del país. El FLN era un frente, y no un partido, e invitaron a todos los argelinos a unirse a él. El partido comunista lo hizo en 1955, y los moderados encabezados por Ferhat Abbas, aunque trataron en su momento de mitigar la línea armada del FLN, su líder afirmó lo siguiente: “mi papel, en este momento, es dejar paso a los jefes de la resistencia armada. Los métodos que he defendido durante los últimos 15 años, (la cooperación, el debate y la persuasión) se han demostrado ineficaces, he de reconocerlo”. Como los franceses actuaron con brutalidad, generaron las condiciones propicias para que todas las fuerzas se unieran al FLN. Cuando la guerra entró en la ciudad de Argel (la capital), la federación sindical actuó como potenciador del apoyo a los militares combatientes. Entre las filas de esas fuerzas se encontraba un jóven médico llamado Frantz Fanon.


Frantz Fanon (Fuente: Viento Sur)
Nacido en la isla caribeña de Martinica, Fanon estudió psiquiatría en Francia y entró a trabajar en un hospital argelino. Interesado y activo en política, al poco tiempo de llegar a Argelia, se hizo simpatizante del FLN. Antes de llegar al país, había publicado “Piel negra, máscaras blancas” un punzante diagnóstico del efecto del racismo sobre las personas de color. Mientras Fanon se mantenía en contacto con las corrientes del FLN, ejercía de jefe de psiquiatría en el hospital de Blida-Joinville, pero la visión repetida de los cadáveres y las torturas ejercidas por el colonialismo francés, le llevaron a dimitir de su puesto en el hospital en 1956 afirmando: “Si la psiquiatría es la técnica médica que aspira a hacer posible que el hombre deje de ser un extraño para su entorno, me debo a mi mismo afirmar que el árabe, un extraño permanente en su propia cultura, vive en un estado de absoluta despersonalización. Los sucesos de Argelia son la consecuencia lógica de un intento frustrado de descerebrar a todo un pueblo”. Fanon documentó las atrocidades del colonialismo francés tanto para los medios de comunicación como para los boletines del FLN que escribió. Su libro más influyente, con un prólogo de Sartre que magnificó la obra, fue “Los condenados de la tierra”, publicado en 1961, el año de su muerte, tenía 36 años.
En sus escritos, Fanon defendía el derecho de los movimientos de liberación nacional a adoptar la lucha armada, pero no desde una perspectiva táctica o estratégica, sino que argumentaba que la violencia era necesaria para arrancar a una sociedad colonizada de las manos de sus amos. Esta es una de las principales premisas que Fanon desarrolla en su libro, y la más recordada por el público en general, pero lo cierto es que también trató los diversos problemas y limitaciones de los proyectos de liberación nacional, cuando sus promotores finalmente logran asumir el poder del Estado. Fanon afirmaba que la necesidad de la disciplina en la lucha armada y la construcción de un campo de batalla ideológico simplificado, podrían acabar filtrándose en la posterior construcción del Estado y distorsionar la dinámica igualitaria de la liberación nacional. El pueblo argelino era consciente de que no podrían avanzar sin una ciudadanía muy activa y lo cierto es que, en las áreas geográficas controladas por el FLN, esa autogestión y esa planificación colectiva ya se estaban llevando a cabo. “En todas las wilayas [provincias del FLN] se están elaborando planes catastrales, se están estudiando programas de construcción de escuelas, y se están llevando a cabo reconversiones económicas” escribió Fanon. La libertad se haría realidad combinando la energía espontánea del pueblo y los disciplinados canales del gobierno. Sin embargo, los planes firmados por el FLN, no respaldaban toda la energía y el activismo del pueblo; de hecho, parecían inclinarse más bien por desmovilizar el entusiasmo de este. Al igual que otros Estados descolonizados del Tercer Mundo (India, Ghana, Indonesia…) que obtuvieron toda su inmensa fuerza a partir de la movilización popular, Argelia y el FLN no permitieron al pueblo que los había creado participar en pie de igualdad en el proyecto de su construcción. El pueblo tuvo que actuar sí, pero no para liderar, sino para acatar órdenes, manteniendo la estructura vertical del colonialismo francés, bueno, y de cualquier colonialismo. El Estado acabó como una figura paternal que ejercía de protector de sus súbditos.
Los movimientos de liberación nacional como el FLN, se dividían a sí mismos en dos categorías: el pueblo y el partido, siendo este último el que dirigía el trabajo para el primero. Apenas habían estudiado la dinámica de clases, y por ello eran inconscientes de que tras la liberación tendría que lidiar con clases sociales opuestas a su proyecto. El partido debía crear estructuras democráticas no sólo para la socialización de la producción, sino también para socializar la toma de decisiones. Sin esta última, el nuevo Estado sería vulnerable tanto a la contrarrevolución de las viejas clases sociales propietarias, como al descontento de aquellos en cuyo nombre gobernaba. Fanon ya había destacado estos problemas antes de que el FLN llegara al poder. Además, en 1962, dentro del propio FLN, se habían desatado una serie de luchas intestinales. El pueblo exclamaba “baraket” (¡basta!), pero las armas no cayeron hasta que el coronel Houari Boumédienne entró en Argel y entregó las riendas del gobierno a Ben Bella, el cual centralizó el poder. La constitución Argelina de 1963 abolió todos los partidos políticos salvo el FLN y elevó al presidente de este a la categoría de regidor en solitario de la política estatal. La energía de la revolución argelina pasó así a estar concentrada en la figura del presidente. “El sistema multipartidista permite que todos los intereses particulares se organicen en diferentes grupos de presión. Frustra, por tanto, el interés general, es decir, el interés de los trabajadores” escribió Ben Bella en 1964.


Ahmed Ben Bella, primer presidente de Argelia tras la independencia (1962) (Fuente: Zenda)
En noviembre de 1962, el régimen tomó medidas de castigo contra el Partido Comunista de Argelia, que sintonizaba con las medidas socialistas de la agenda del FLN, y no tardó en castigar también al Parti de la Révolution Socialiste, encabezado por el exlíder del FLN Mohamed Boudiaf. Los dirigentes de ambos partidos acabaron pudriéndose en la cárcel. Además, el FLN redujo su filas a 100.000 militantes que serían considerados los “mejores y más leales” según Ben Bella. Como la constitución ya había dotado al presidente de poderes de los que no tenía que responder ante ninguna otra autoridad, el poder del partido descansaba sobre su cabeza visible, el propio presidente. No había separación de poderes, ni supervisión judicial o parlamentaria para la acción del jefe del ejecutivo, ni este tenía necesidad de responder ante nadie. El presidente podía gobernar por decreto y esa era una estructura que favorecía los golpes de Estado, porque esta era la única forma de hacer que las riendas del gobierno cambiaran de manos. Aunque la mayoría de estudiosos del tema no consideran que el carácter de Ben Bella tuviese la aspiración del “culto a la personalidad”, en la práctica actuaba como si lo tuviera. Por lo tanto, poco había cambiado en la sociedad argelina en relación a la centralización política precolonial. Y estas mismas condiciones fueron las que llevaron a muchos países descolonizados del Tercer Mundo a reproducir las estructuras de los Estados autoritarios. Ben Bella y el FLN, centralizaron el poder para socializar la producción. Y esta fue la opción que eligieron muchos estados tercermundistas con inclinaciones socialistas. El FLN debía actuar con rapidez, porque la sociedad que había heredado de los franceses había quedado devastada. La sociedad argelina estaba agotada tras una guerra de 7 años y un largo periodo de dominio colonial (1830-1962). El FLN heredó aquella maltrecha sociedad que era rica en nutrientes y capacidad de subsuelo, pero arruinada en su superficie. La riqueza de Argelia había sido traspasada en poco tiempo a Francia, y poco quedaba ya de ella. Pocas eran las fábricas, las escuelas y los hospitales, ya que los emblemas de la modernidad se habían construído irónicamente en torno al mantenimiento colonial de la “tradición”. De 12 millones de argelinos, 4,5 vivían en la pobreza y 2 millones habían estado internados en un momento y otro en un campo de concentración. Además, cuando los franceses partieron de Argelia, también lo hizo el principal personal administrativo, lo que produjo un colapso momentáneo del aparato estatal. El FLN debía lidiar con semejante situación, y lo debía hacer con celeridad para ayudar a estabilizar la masiva desubicación general originada por el colonialismo y la lucha anticolonial. No era una tarea sencilla.
En marzo de 1963, el gobierno de Ben Bella promulgó un conjunto de leyes conocidas como los Decretos de Marzo, que se mostraron partidarios de la autogestión de los trabajadores. Los decretos declaraban legítimamente colectiva toda propiedad desocupada o baldía, legalizaban la autogestión de los trabajadores en las explotaciones agrícolas y las fábricas, y prohibían la especulación. Los trabajadores ya habían ocupado las fábricas vacías y los campesinos ya habían ocupado 3 millones de hectáreas de las tierras de mejor calidad abandonadas por los colonos franceses; por lo tanto, estos nuevos decretos solo institucionalizaron las inventivas iniciativas de los agricultores y obreros argelinos. Sin embargo, el Estado cometió varios errores. Aunque no estaba contemplado que el Estado tuviera papel alguno en estas nuevas instituciones, en la práctica intervino para suprimir la federación sindical del país, la Union Générale des Travailleurs Algériens (UGTA) con 20.000 afiliados que habían liderado la ocupación de las fábricas. Ben Bella quería que la UGTA fuera “autónoma dentro del partido” y no un sindicato independiente. Aunque los planificadores de la autogestión tuvieran buenas ideas, ni ejecutaron el proyecto, ni supervisaron su funcionamiento. El ministro de la Reforma Agraria, Ali Mahsas, un antiguo camarada de Ben Bella, quería que todos estos planes estuvieran sometidos al control del gobierno. Por ello, en abril de 1963, el gobierno de Ben Bella promulgó otra serie de decretos en los que obligaban a las explotaciones agrarias a, por un lado, recibir crédito exclusivamente a través de un órgano controlado por el Estado y, por otro lado, a comercializar sus productos de forma exclusiva con este mismo órgano, lo cual cercenaba la libertad de actuación por parte de los campesinos. Además, para enero de 1964, todas las fábricas autogestionadas quedaron bajo el control del Ministerio de Economía Nacional. Fueron precisamente estas contradicciones las que se adoptaron en la Carta de la Revolución de 1964: proclamaba la necesidad de nacionalizar los medios de producción y, al mismo tiempo, afirmaba que todo lo que no fuera autogestión de los trabajadores se quedaba en un mero “formalismo burocrático”.


Símbolo de la Unión General de Trabajadores Argelinos (UGTA) (Fuente: Wikipedia)
Este intento de los comisarios políticos de subordinar al Estado todas las instituciones independientes (sindicatos y el resto de partidos políticos) y de usar el brazo estatal como herramienta institucional del partido, ahogó las iniciativas de transformación social. El campesinado argelino había sido movilizado mediante la suspensión de diferencias étnicas y de clanes para ponerse al servicio de la revolución, pero una vez alcanzada la independencia, no se aprovechó la actividad y unidad de esta misma lucha para educar políticamente a los campesinos y crear una sociedad nueva. “Los campesinos no han demostrado ser tan revolucionarios como durante la guerra de independencia. No se han movilizado para obtener una reforma agraria ni para obligar al gobierno a prestar más atención a sus problemas” rezaba un libro que simpatizaba con el FLN, cuando el propio partido y sus decretos habían sido los responsables de esta desmovilización. El nuevo campesinado libre del colonialismo, volvió a sus aldeas y a los mundos sociales de los que provenían. “El número de mezquitas nuevas no es más que un indicador de que los campesinos, tras el interludio de la guerra, han retomado sus antiguas costumbres y valores [...] Sin el liderazgo del partido o del gobierno, los campesinos han caído de nuevo bajo la influencia de las autoridades tradicionales: los morabitos [hombres santos], los imanes y los caciques y ancianos de cada pueblo”. Esta fue la importante consecuencia de la falta de democracia socializada. Varios grupos como Al-Qiyam, liderado por Hashemi Tidjani, fueron luego labrando este terreno propicio hasta crear la base social de la explosión islámica que se produjo a finales de la década de 1980.
El dominio francés no dejó tras de sí una clase suficientemente numerosa de argelinos con conocimientos técnicos desarrollados. Muchos que habían trabajado con el estado colonial en su momento, no eran de fiar para el FLN. Y este no contaba con personas suficientemente formadas como para ocuparse de la gestión de las instituciones. Por ello, el FLN optó por miembros de la pequeña burguesía que no habían huido a Francia en 1962. Un informe de 1963, demostraba que el 43% de los puestos dedicados a la planificación y a la toma de decisiones, continuaban estando ocupados por ciudadanos franceses y por argelinos que ya ejercían ese puesto durante el dominio colonial. Argelia se había independizado, pero sus instituciones seguían regidas por colonos. Además, ese mismo grupo de administrativos, ocupaba el 77% de los cargos directivos. Mientras que en 1959, el Estado contrató a 63.000 funcionarios, para 1964 el número ascendió a 100.000, con unos sueldos de 2.900 millones de dinares, cuando los planes de desarrollo económico sólo recibían 2.4000 millones. El aparato estatal se iba hinchando, al igual que el militar, y ambos se convirtieron en la principal fuente de demanda interna de la economía argelina. El cada vez mayor papel central del Estado, y la integración de la burguesía en sus filas, llevó a una relación de parasitismo entre la segunda y el primero. El Estado resultante de la liberación nacional fue capaz de reprimir la democracia de la clase obrera y el campesinado, al tiempo que decía hablar en nombre de ambos colectivos y otorgaba una relativa autonomía a la burguesía y sus instituciones. La burguesía no se apoderó del partido de la liberación nacional (FLN), ni tampoco del nuevo Estado. Salvo en ciertas excepciones (como en la India) la burguesía de los estados colonizados no era autónomas respecto al Estado; de hecho, dependían de él mediante contratos, licencias de negocio o el espacio que se les abría para operar dentro del régimen nacional de aranceles. Por ello, los partidos que accedieron al poder tras la liberación nacional, al no realizar un análisis de las situaciones de sus clases sociales, se expusieron a la presión de las clases mercantiles e industriales que habían adquirido confianza gracias a los nuevos planes de industrialización promulgados por los movimientos de liberación nacional. Aunque a priori, los proyectos basados en las políticas de sustitución de importaciones abrían cierto espacio a los programas de reformas y de desarrollo social, en la mayoría de los casos sirvieron simplemente para proteger a los industriales nacionales.
Algunos de los Estados resultantes de las liberaciones nacionales (como Argelia) se comprometieron a aplicar una agenda social bastante radical (reforma agraria, autogestión en la industria…), pero esta lista de reformas no era tan importante como el carácter de la gobernanza. Por ello, el Estado se dedicaba a dictar pautas y órdenes al pueblo, el mismo pueblo que durante la lucha de liberación soñó con ser socio del Estado y no un simple vasallo. Con la adopción del objetivo de “desarrollo” desde una perspectiva burocrática, el nuevo Estado tendía a imitar el enfoque del Banco Mundial y otras organizaciones internacionales, sin atender a las aspiraciones y necesidades de su pueblo, el mismo pueblo que había otorgado el poder al nuevo Estado. La Carta de la Revolución Argelina de 1964 antes mencionada, trató de advertir del riesgo del rumbo unipartidista: “un sistema de partido único podría degenerar en una dictadura pequeño burguesa o la formación de una clase burocrática que use el aparato estatal como instrumento para satisfacer los intereses personales de esta, o, en última instancia, en un régimen de dictadura personal que reduzca el partido a una mera policía política”. Argelia siguió una tradición ya consolidada en amplias zonas de la África poscolonial, y por gobiernos tanto de “derechas” como de “izquierdas”: Guinea, el Congo, Costa de Marfil, Tanzania o Kenia. Los Estado de partido único sostenían que la rivalidad entre partidos atentaba contra los intereses de la mayoría de la población al igual que Ben Bella. Creían que no se podía permitir que las clases y las divisiones sociales perturbaran la unidad fundamental de la nación. Permitir la discrepancia, además, abría las puertas a las fuerzas coloniales e imperialistas que apadrinarían a representantes de sus intereses para desestabilizar el país. El proyecto de partido único es, pues, un proyecto de temor al pueblo, de miedo a cualquier devolución de poder que provoque un disenso con las directrices del partido. Los empresarios e industriales se aprovecharon de un aranceles elevados establecidos para proteger la maltrecha industria local, a la vez que los trabajadores eran explotados. Un Estado que actúa burocráticamente sobre una población, tiende a depender de las fuentes tradicionales y consolidadas de poder y control social. El mismo Estado de la liberación nacional que había nacido del apoyo del poder popular, acabó acudiendo a aquellos agentes sociales que le habían negado su apoyo para llevar a la práctica las políticas que se proponían aplicar inicialmente (reforma agraria, autogestión de las fábricas…).


Símbolo del Frente de Liberación Nacional (FLN) (Fuente: Wikipedia)
“Cuando el Estado de liberación nacional falla a su población, las masas empiezan a enfadarse, a desviarse, a desinteresarse por esa nación que no les reserva ningún lugar” escribió Fanon en 1961. En Argelia, por el contrario, algunos sectores de las masas populares dirigieron su ira contra el régimen. El Frente de Fuerzas Socialistas intentó asesinar a Ben Bella en mayo de 1964, la UGTA (principal federación sindical) también empezó a imponer su influencia contra el régimen. Los trabajadores del sindicato se pusieron en huelga a favor de la nacionalización y en contra de su limitado papel en el Estado. Las huelgas declaradas en todos los sectores industriales paralizaron el país. El régimen de Ben Bella trató de cambiar su rumbo político para apaciguar los ánimos, dando mayor poder a la UGTA y escuchando sus peticiones, al igual que con otros movimientos sindicales. En el momento en el que Ben Bella parecía dar marcha atrás, y la democratización social se asomaba por el horizonte, el ejército movió ficha. Houari Boumedienne, cuyo mando de las fuerzas armadas había permitido la presidencia de Ben Bella, revocó su anterior confianza en el presidente. En junio de 1965, varios oficiales del ejército argelino, acudieron a casa de Ben Bella y lo pusieron bajo arresto. Boumedienne se hizo cargo del Estado y las fuerzas armadas pasaron a ser el pilar central del régimen, como respuesta al acercamiento producido entre Ben Bella y la izquierda organizada. Boumedienne continuó con la mayoría de las políticas de Ben Bella previas a su cambio de rumbo, excepto que los militares pasaron a desempeñar un papel más extenso en la sociedad. Todo ello se mantuvo gracias a las reservas de gas natural y petróleo, que saneaban la hacienda pública, mientras los precios de estos recursos se mantuvieran elevados. Además, Boumedienne se mostró muy contrario a las últimas políticas de Ben Bella, y reprimió a las organizaciones de izquierda, en especial al UGTA (que desapareció casi por completo) y al Partido Comunista de Argelia. También se promocionó una especie de culto a la personalidad en torno al FLN y la guerra de liberación, promoviendo la nostalgia como un método para evitar el alejamiento de la población respecto al Estado. De esta forma, para finales de la década de 1960, Argelia había abandonado su anterior iniciativa de construir un Estado socialista, y la había sustituido por un capitalismo de Estado, con una burguesía nacional parásita y segura en los brazos del ejército.
Si Ben Bella se hubiera enfrentado antes a las fuerzas armadas, su régimen tal vez hubiera durado menos tiempo. Sin embargo, Boumedienne mantuvo una agenda programática netamente socialista, en ocasiones, de obligatorio seguimiento para el gobierno militar. Del mismo modo, Argelia se mantuvo dentro del bloque de países no alineados, ya que no mantenía acuerdos ni con EE. UU. ni con la URSS y Boumedienne llamó a construir el Nuevo Orden Económico Internacional (NOEI) en una de las cumbres junto con el resto de miembros del bloque no alineado. Desde el momento del golpe hasta que, años después, decayó el crecimiento económico dependiente del petróleo, Argelia estuvo dominada por las fuerzas armadas. Con la muerte de Boumedienne, otro soldado lo sustituyó, ocupando la más longeva magistratura del país hasta 1992. Al igual que ocurrió en otros muchos países del Tercer Mundo, la desmovilización de la población tras la independencia, desembocó inexorablemente en toda una serie de golpes de Estado y gobiernos militares por todo el mundo. Allí donde las fuerzas armadas no consiguieron revocar el poder del gobierno civil, los problemas causados por las antiguas fronteras coloniales y otros dilemas del estilo, provocó un fortalecimiento de sus respectivas cúpulas militares. Más dinero para cañones, significaba menos para mantequilla y, por lo tanto, un empobrecimiento de los planes que contemplaban un incremento del salario social, una mejora de las relaciones con los agricultores y unos precios más favorables para las exportaciones. Al mismo tiempo, el ejército se encargó de eliminar a la izquierda en esos países, ayudado por la CIA y ante la vista gorda de la URSS. El imperialismo neocolonial no dejó de actuar en ningún momento y los países tercermundistas siguieron siendo esclavos de las lógicas económicas y políticas que los desheredaban. El pueblo quería disfrutar de las estructuras formales de la libertad y no solo de la independencia de la bandera, pero tuvo que conformarse con unas muy moderadas reformas y con mucha nostalgia.
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