Cómo China desafía la hegemonía de Estados Unidos

Artículo basado en el libro: "El nuevo espíritu del mundo; Política y geopolítica en la era Trump" de Esteban Hernández.

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El término hegemón hace referencia a la potencia o entidad dominante que ejerce hegemonía, es decir, una supremacía o influencia significativa sobre otros. Se trata de un término popularizado en teoría política por el marxista italiano Antonio Gramsci, quien lo empleaba especialmente en el sentido de dominación y liderazgo que va más allá de la fuerza. La Antigua Grecia, el Imperio Romano, España (en los siglos XVI-XVII) o Reino Unido (en los siglos XVIII-XIX) fueron hegemones en sus épocas, pero si te preguntara por el hegemón del siglo XX y estos turbulentos inicios del siglo XXI, ¿cuál sería tu respuesta? Me imagino que existirá una unanimidad parcial en la contestación a esta pregunta: Estados Unidos. Sin embargo, en las últimas dos décadas ha surgido una potencia hegemónica que para finales del pasado siglo no representaba más que un país rural con escasa influencia en el ámbito internacional, estoy hablando de China. Y es que si la segunda mitad del siglo XX se caracterizó por la Guerra Fría entre el bloque soviético y el estadounidense, todo apunta que la primera mitad del siglo XXI se caracterizará (y se caracteriza) por las tensiones existentes y crecientes entre China y EE. UU.

El crecimiento chino ha sido el producto de una estrategia aplicada durante décadas, y sustentada sobre una dicotomía generada por la globalización: la ciudad contra el territorio, o lo global contra el Estado. En esta separación, Pekín nunca tuvo dudas de por quién apostar, por el Estado. Desde Estados Unidos, esta postura se calificó como “nacionalismo egocéntrico”, ya que prioriza la centralización, la unidad y la coordinación frente al individuo. China ha actuado en contraposición a las tendencias globales, pero con la permisividad de la comunidad internacional ya que veían al gigante asiático como una fuente de beneficios masivos. La posición china contiene una visión sobre la continuidad histórica del país y su cultura, permitiendo navegar por las tendencias de cada época en sus propios términos y que la ha empujado a una política en la que se unen el pragmatismo y la ideología. De hecho, el Partido Comunista Chino (PCCh) sigue insistiendo, a día de hoy, en que a pesar de haber incorporado elementos marcadamente capitalistas en su economía, continúa siendo un Estado comunista y, como tal, entiende la lucha de clases como el motor de la historia. Aunque no ha reformulado el marxismo como forma de leer la historia y las sociedades, ha aportado su propia visión al aprendizaje de los errores cometidos por la URSS y las necesidades de un momento concreto. Este choque entre la aceptación indisimulada de la economía capitalista y la continuidad del comunismo queda reflejado en los estatutos del partido: “En la presente fase, la principal contradicción de nuestra sociedad es la que existe entre la creciente demanda del pueblo de una vida mejor y el desarrollo desequilibrado e insuficiente. Debido a factores internos del país y a la influencia internacional, la lucha de clases se va a sustituir por largo tiempo en determinados ámbitos, siendo posible que se agudice en ciertas condiciones, pero ya ha dejado de ser la contradicción principal. La tarea fundamental de la construcción socialista de nuestro país consiste en emancipar aún más las fuerzas productivas, desarrollarlas y realizar gradualmente la modernización socialista, y mientras tanto, introducir reformas en aquellos aspectos y eslabones de las relaciones de producción y de la superestructura que no se ajusten al desarrollo de tales fuerzas”.

XX Congreso Nacional del Partido Comunista Chino (Fuente: Spanish Xinhuan)

Cuando el socialismo con características chinas redirigió la lucha de clases hacia el desarrollo de las fuerzas productivas, el PCCh consiguió mantener el foco sobre estas fuerzas, y no cometer el error de la URSS de dejarles de prestar atención, motivo que llevó al infradesarrollo, la falta de cohesión y la disgregación en la nación soviética. Mientras que occidente se centraba en la economía del goteo, es decir, en el crecimiento económico impulsado por los sectores con más recursos, China se decantó por el crecimiento territorial, en donde el impulso del crecimiento nace del desarrollo del Estado, y no de los sectores con más recursos. Creían que de esta forma alcanzaría de forma más eficiente su objetivo de “responder a las demandas del pueblo de una vida mejor”. Además, mientras Occidente elegía el desarrollo de los servicios financieros y las startup tecnológicas, decantándose por lo inmaterial y rechazando lo productivo, China recogió esta producción y la convirtió en la base sobre la que dar un salto adelante como fábrica del mundo. No solo recogió el desecho de la producción fabril, sino que además lo hizo con aquello que los países de Occidente estaban despreciando cada vez más, una dirección política fuerte y centralizada. Aunque el sistema chino fomentase la economía capitalista de una forma notable, la última palabra siempre la tenía Pekín, o lo que es lo mismo, el Partido Comunista. Como no había poderes por encima del político, las ciudades nunca llegaron a triunfar sobre el Estado. De esta forma, la lucha de clases pasó a ser una lucha de territorios, de naciones, de imperios.

Está marcada diferenciación entre lo nacional y en lo externo, muy alejada del carácter internacional y cosmopolita presente en las megaciudades de Occidente donde se concentra el poder económico y político, queda reflejada en el discurso interno de PCCh en 1982: “El Secretario Central acordó por unanimidad que nuestra construcción de modernización socialista debe utilizar dos tipos de recursos, los internos y los externos; abrir dos mercados, el interno y el internacional; y aprender dos conjuntos de habilidades, organizándose para construir internamente y para desarrollar relaciones económicas externas”. A través de esta división, el poder político nacional y no las naciones extranjeras tendría el poder de decisión en el ámbito de la apertura comercial. El último propósito de Pekín era atraer capital extranjero para disponer de la ciencia y las tecnologías extranjeras más avanzadas. Si a esto le juntamos el bajo coste de la fuerza laboral China, las firmas occidentales tenían el cebo perfecto para construir sus fábricas en este país, lo que en última instancia daría a China el acceso a la tecnología de vanguardia. Al mismo tiempo, China protegió al mercado interno para que las compañías extranjeras no tuvieran un acceso principal a sus consumidores. Pekín fue construyendo su potencia a través de empresas que crecieron gracias al conocimiento adquirido, y más tarde gracias al desarrollo de esa tecnología ajena. Todo ello sin dejar que aquello que le era propio, como su mercado, fuese tomado por empresas extranjeras. Fruto de esta planificación, más de 128 países cuentan con relaciones comerciales más estrechas con China que con Estados Unidos. Además, China ha invertido en sectores como la infraestructura en más de 140 países a lo largo de la última década, lo que la convierte en una de las mayores acreedoras del mundo. Las fábricas de China representan el 28% del PIB mundial y producen el 35% de las manufacturas. También cabe destacar que los bienes baratos en sectores como la electrónica, maquinaria, productos textiles, turbinas eólicas, baterías y coches eléctricos, muestran precios que no admiten competencia. Y cuenta con una ventaja añadida: en muchos proyectos, desde el inicio hasta la finalización, no solo es más barata que Estados Unidos, también es más rápida. Los planes de expansión de China se basan en subsidios masivos para sus empresas y unos precios baratos, que les permiten alcanzar una posición dominante en sectores tan estratégicos como los semiconductores, los coches eléctricos o la tecnología solar.

Evolución del balance Comercial entre China y EE.UU. (Fuente: BBC)

Además, el desarrollo del gigante asiático no se limita a su crecimiento basado en su presencia en mercados exteriores y en una protección de linterna, sino que ha construido una esfera de influencia política, con una expresión evidente en los BRICS. Mientras Estados Unidos y Europa promovía la democracia liberal anclada en el respeto a los derechos humanos, China apostó por interactuar con países centrándose en el derecho al desarrollo. Esto permitió a China mantener relaciones comerciales con países condenados al ostracismo por Occidente como Rusia o Irán, además de seguir manteniendo estrechas relaciones económicas con otra gran multitud de países. Con este desafío chino a la hegemonía estadounidense se está creando un nuevo orden alternativo al que los expertos denominan multilateral. Mientras Estados Unidos se percibe moralmente superior, China entiende que lo es espiritualmente, ya que posee una organización, una cohesión y una oferta para otras naciones que le otorgan mucha más fuerza en este momento histórico. Esta lucha de clases transformada en una lucha de territorios permite el crecimiento de países como la India, Rusia, Turquía o Arabia Saudí (además de China) que siguen sus propios proyectos acercándose y alejándose, según les convenga, de las potencias dominantes. Esto señala un desmantelamiento del orden de la era global, en el que China puede que adopte el papel de hegemón en detrimento de Estados Unidos. Sim embargo, esta cuestión está aun por desvelarse en el futuro próximo.

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