¿Cómo fue la infancia del Caudillo Francisco Franco?
Artículo basado en el libro: "Franco confidencial: Una historia de ambición de poder, intrigas de palacio e intimidades reservadas" de Pilar Eyre.
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Todos los antepasados de Francisco Franco fueron mujeriegos y marinos. Desde el siglo XVII, la familia Franco residió en un pequeño pueblo de pescadores convertido en base naval llamado Ferrol, a 19 kilómetros de La Coruña. El bisabuelo paterno, bajito como todos los Franco, luchó en la Cochinchina (actual Vietnam) en una guerra absurda y encarnizada que le dejó varias cicatrices en el cuerpo, alcanzó el grado de teniente coronel, se casó 3 veces y tuvo 15 hijos. Uno de ellos de nombre Francisco, se casó con 19 años con una mujer de 30 (edad avanzada para la época) y tuvieron 3 hijos, a cada cual más excéntrico. El pequeño, murió muy jóven, la chica, Gildita, se quedó soltera y padecía lo que hoy se conoce como síndrome de Diógenes. El mayor, Nicolás, fue el padre de Francisco Franco Bahamonde. La madre, Pilar Bahamonde, era una señorita de bien, de familia hidalga y heredó varias casas en Ferrol así como algunas fincas con colonos que le pagaban o bien un tributo reducido, o bien los cada año más menguados productos de la matanza. Era la propia Pilar la que de jovencita iba a cobrar estos tributos, y a pesar de las riñas de su padre, en varias ocasiones declinaba las ofrendas empatizando con las condiciones de miseria de los aldeanos. Incluso se comunicaba con ellos en un torpe gallego que había aprendido de su niñera, algo loable teniendo en cuenta que su padre la regañaba cada vez que lo empleaba porque, según él, las señoritas que hablaban en gallego no se casaban. Al igual que los Franco, los varones de la familia de Pilar también se dedicaban a la marina, aunque a la rama de la intendencia, actividad más aceptada si la comparamos con la de los comerciantes.
Nacidos en Ferrol y de familia de marinos, no era muy muy difícil averiguar la profesión a la que se iban a dedicar los descendientes masculinos de aquel matrimonio. A las niñas daba un poco igual como se las educara, con que aprendiesen a leer, bordar, esbozar quizás un vals en el piano y casarse con un marino, era suficiente. Mucho más tarde la sobrina de Franco declaró: “La sociedad ferrolana era tan cerrada que nos prohibían jugar con niños que no fueran hijos de marinos. ¡El padre de Amalita tenía una fábrica de chocolate, y cuando nos veían saltar a la cuerda con ella, nos hacían entrar en casa a bofetadas!”. Nicolás Franco (el padre) apareció un día en Ferrol con la piel quemada por el sol filipino para hacerse cargo de la casa heredada de su difunto padre. Estaba destinado en Ferrol como capitán y su condición de marino cumplía con los estrictos requisitos de la familia de Pilar para que se convirtiera en su marido. Sin embargo, Nicolás se pasaba el día en el casino y corrían rumores de que había tenido un hijo con una filipina negra. Aun así, Pilar y Nicolás establecieron un primer contacto cuando ella tenía 24 años de edad y él 36, una edad algo tardía para el matrimonio en aquella época, pocas de sus amigas permanecían aún solteras. Las amigas de Pilar afirmaban que a pesar de ser muy hermosa, no sabía coquetear, por lo que los chicos no se atrevían a intentar un acercamiento, pero Nicolás sí se atrevió. Pronto, los rumores de la hija filipina de Nicolás fueron aclarados, no lo había tenido con una nativa, sino con una niña blanca de 14 años, y lo había reconocido aunque probablemente nunca lo volvería a ver. A pesar de ello, en los informes de la Armada que se conservan sobre la conducta de Nicolás, siempre se menciona lo mismo: “honrado, cumplidor, pero con mal carácter, con tendencia a la insubordinación, de ideas liberales”. Y también “clara inteligencia y amor al cuerpo… aunque de carácter exigente… forma de ser atrabiliaria, abierta y extrovertida”.


Nicolás Franco y Pilar Bahamonde (Fuente: El diario de Ferrol)
Nicolás, huérfano y con un sueldo mediano, propietario de una buena casa y destinado en Ferrol, pensó que ya le había tocado la hora de casarse. Pilar era la candidata ideal, serena, sencilla, con dinero y perteneciente a una familia de la pequeña nobleza. Nicolás pidió permiso al padre de Pilar, don Ladislao, para visitarla en la galería. Aunque el padre no estaba muy convencido debido a la fama de Nicolás, aceptó al ver sus buenas intenciones. Sin embargo, en los primeros encuentros de noviazgo, la pareja nunca estaba sola, normalmente les acompañaba el padre de Pilar, quien discutía con Nicolás sobre política, en especial, contraponiendo las ideas republicanas de Nicolás con las monárquicas de don Ladislao. La cosa pareció cuajar y el 24 de mayo de 1890, Nicolás Franco y Pilar Bahamonde se casaron, pero los problemas no tardaron en aparecer. Pilar pronto se dio cuenta de que a su marido recién estrenado, en realidad, no le gusta la vida familiar. Pilar era una esposa ejemplar, como bien atestigua los comentarios de la única hija que sobrevivió del matrimonio: “Era muy guapa… Pasó mucho y todo lo sufrió con resignación, siempre dando ánimos a los demás, ¡era una santa!” o los del propio Francisco que, ya convertido en caudillo, reconoció delante de su médico: “El gran golpe de mi vida, ¡lo que más me ha dolido!, ha sido la muerte de mi madre. Todavía no me he recuperado”. Habían pasado 30 años entre el fallecimiento de Pilar y estas palabras de Francisco. Sin embargo, aunque Nicolás reconociera que su esposa era un ángel, la realidad era que le aburría. El tedio comenzó en la misma noche de bodas, cuando la experiencia y la brutalidad masculina de Nicolás, chocaron con la delicadeza virginal de Pilar. Fue una noche llena de dolor y vergüenza para Pilar y, desde entonces, cada noche que su marido llegaba a casa, ella rezaba para que estuviera tan cansado que se quedara dormido sin tocarla. Y parece que Dios le hizo caso, ya que al final su esposo solo se acercaba a ella cuando estaba tan borracho que ni siquiera recordaba quien era.
Francisco Franco nació pasados 30 minutos de la medianoche del 4 de diciembre de 1892, en el mismo lecho que había nacido su hermano Nicolás (“Colás”) año y medio mayor que él. Nicolás (el padre) no estaba en casa mientras Pilar daba a luz, en aquella época los nacimientos eran cosa de mujeres. El padre de la criatura se encontraba en el casino Naval, su segunda vivienda. En este recinto, Nicolás discutía sobre política con otros marinos, criticando especialmente la monarquía y la religión. Sin embargo, las discusiones no solían ir más allá porque todo el mundo conocía el intachable servicio prestado por Nicolás a la marina, y en Ferrol la marina se respetaba. Tras el aviso del nacimiento por parte de su primo Hermenegildo Franco, Nicolás se dirige con parsimonia y desgana hacia su casa. La noticia no le emociona, lo vio como otra boca más que alimentar. El nuevo hijo de Nicolás recibió el nombre de Francisco, como su abuelo paterno. Y además, Paulina, por su hermano muerto, Hermenegildo, por su madrina y tía Gildita y Teódulo, por el santo del día. Tiempo después, el propio Franco afirmaría: “Menos mal que no me pusieron el nombre del otro santo del día, Bárbaro”. Nadie podía vaticinar el alto destino que aguardaba a aquel retoño enclenque, casi raquítico, de largas piernas desnutridas como dos gusanos pálidos, con la frente arrugada y expresión de viejo. Cuando se lo entregaron a su madre, exhausta por el alumbramiento, lo miró, y al verle tan feíto, tan poca cosa, tan arrugado, lo amó más que a todos. Más que a su padre, que a su marido, que a su primogénito. Toda la vida de Pilar se llenó de ese hijo. Francisco, en un esbozo de memorias que dictó al doctor Pozuelo diría de su madre 60 años después: “ella era religiosa, amparadora de sus hijos, de los que tenía que hacer de padre y de madre, ¡un verdadero ángel del hogar!”. De su padre únicamente dijo: “... adusto, severo autoritario, frío en religión…”. Nada más y nada menos. Mientras que su madre colmaba de cariño y atención al pequeño Francisco, dirigiendo bellas palabra que nunca había dirigido a su hermano mayor, el padre lo despreciaba en comparación con su primogénito Colás, quien, muerto de envidia y celos, corría a los pies de su padre cada vez que podía. Las huellas del maltrato paterno se extenderían toda la vida del Caudillo e impregnaron su infancia: “¿Mi infancia? No pasó nada importante… apenas la recuerdo… fue muy corta” diría Francisco a su médico. La propia hija de Francisco, Carmen, cuenta en el libro que escribió sobre él: “es triste, pero no recordaba con afecto su infancia”. Francisco fue cuidado con cariño por su madre y su niñera, una aldeana que tuvo un hijo de soltera al que había dejado con sus padres alimentándose de nabos, porque la leche de sus ubres era para los hijos de los señoritos. Dar de mamar no era propio de señoras, que se fajaban los pechos en cuanto daban a luz y se buscaban una robusta aldeana recién parida para alimentar a sus hijos.


De izquierda a derecha: Francisco, Pilar y Ramón Franco (Fuente: Wikipedia)
Después de Paquito, como llamaban a Francisco en su infancia, el 27 de noviembre de 1895 tuvieron por fin a la niña, Pilar, un año después a otro chico, Ramón. Cada vez que su madre daba a luz, Paquito se quedaba como un cachorro en la puerta del cuarto de sus padres, esperando a que todo acabara para subir al regazo de su madre y observar a la criatura. Sin embargo, las niñeras comentaban que su hijo predilecto era Paquito, no quería a ninguno como a Paquito. El padre, por el contrario, no tenía tanto aprecio por su hijo varón, incluso lo llamaba Paquita tratando de depreciar su virilidad. Tras el quinto embarazo, Nicolás desistió en dar más hijos a Pilar, un poco porque no podían mantener a más, y otro poco porque las noches conyugales cada vez eran más extrañas y dolorosas para ella. Con sus ojos grandes, ojos de viejo, Paquito parecía comprenderlo todo. Pilar lo veía siempre observándola, vigilándola, pendiente de sus más mínimos gestos. Desmembrado, frágil, gris como un ratoncillo, Paquito fue creciendo poco a poco. Sin molestar. Se ponía en un rincón a jugar con hilos del costurero, haciendo figuras que nadie entendía. Hasta que le tocó ir al colegio. El primer día Paquito estaba contento y su hermana lo reconocía con ternura: “Paquito era un poco enclenque de aspecto, aunque en el fondo muy fuerte. Sus únicas enfermedades fueron el sarampión y la tosferina, como todos los hermanos”. Las dueñas, que no maestras, eran dos viudas cuyo único capital era su casa y con unos pupitres viejos, unas pizarras y unos mapas trataban de mantener entretenidos a los niños de las principales familias de Ferrol. Aurora, una de las viudas, bromeaba con que Paquito tenía voz de castrati bajo la furibunda mirada de Pilar. De su primer día en la escuela, Paquito regresó en un estado irreconocible. Las rodillas sangrando, la bata rota, la cartera sin correas, de la fiambrera que le había preparado su madre, ni rastro. Colás explicó con desdén que los demás niños se reían de él porque tenía voz de marica. Su amigo de la primera infancia, Pastor Nieto, explicaría después: “Estaba muy acomplejado por su voz aflautada… No quería participar en los juegos más violentos ni tirar piedras a las farolas, porque temía que nos burláramos de su voz”. Esta era la gran pena de Pilar. Su hijo predilecto había arrancado a hablar y tenía el tono agudo y estridente, una vocecita que parecía que iba a quebrarse en cualquier momento. El médico le dijo que era una sinusitis infantil y que se le pasaría con el tiempo. No se le pasó. No se le recuerda nada sobresaliente de su infancia. Su hermana Pilar observó que “era muy tenaz… muy digno, muy poco comunicativo y, desde luego, un poquitín triste”. Pero todo el mundo reconocía y recordaba sus ojos, una mirada que se fijaba en todo, ojos de un hombre maduro. Pilar (la hermana) prosiguió: “Claro que con la edad se volvió más astuto y cauteloso”.
Cuando Paquito tenía 3 años, murió Candelaria, la mujer de su tío Hermenegildo Franco, dejando a 11 hijos huérfanos. Pilar prometió ocuparse de los niños. Miguel, el menor sólo tenía un año y medio, al que siguió Pacón, que estaría toda su vida al lado de Francisco. Hermenegildo nombró legalmente a Nicolás como tutor de sus 11 hijos en caso de que algo le pasara, pero fue Pilar la que se apresuró a aceptar la oferta. Nicolás aceptó un poco a regañadientes, esperando que su primo Hermenegildo no muriera pronto. Tardó 6 años en morir. Pacón, 80 años después de la muerte de su madre (y 74 de la muerte de su padre) dijo: “No pudimos volver a decir nunca el dulce nombre de madre, pero la tía Pilar se comportó con nosotros como si lo fuera, ¡fue la persona a la que más he querido! Aun ahora le rezo todas las noches”. Sin embargo, a pesar de tener ahora 16 hijos (5 suyos y 11 del primo Hermenegildo) para Pilar, Paquito siempre fue su preferido. Es cierto que Francisco Franco tuvo una infancia corta. Como todos los niños diferentes. Paquito inspiraba un poco de miedo y otro poco de compasión. Muy pronto descubrió que la mejor forma de sobrevivir entre aquella marabunta de primos, hermanos y un padre “iracundo y colérico” como lo describían sus propios hijos, era pasar desapercibido. “No hacía nada para destacar sobre los demás… Era muy callado y disciplinado, nunca daba motivos para reñir…”, explicaban sus profesores de entonces. De la escuela de las dos viudas pasó al colegio del Sagrado Corazón en la plaza de Armas, dirigida por el padre Comellas, cuyo lema era: “La letra con sangre entra”. Aquí también cuentan que “no era brillante, pero sí muy cumplidor… y sin parecerlo, era muy echado para adelante… Cuando emprendía una cosa, ya no la dejaba hasta que no la terminaba”. Su gran amigo de la infancia, Camilo Alonso Vega contestó cuando le preguntaron cómo era el Caudillo en su infancia. “No lo sé, no hablaba nunca”. Uno de sus primos explicaba: “Era un chico corriente, ni estudioso ni desaplicado, muy equilibrado eso sí”. El propio padre Comellas añadía: “Le gustaba la historia y dibujar… envía mucha memoria. Su hermano Colás si era listo… y el pequeño, Ramón, era tan zalamero que la madre lo quería para curita”.


Francisco Franco de niño (Fuente: Wikipedia)
El 15 de febrero de 1898 el padre Comellas entró en clase y le dijo a los niños que podían ir a casa a despedirse de sus padres, acababa de estallar la guerra en Cuba. En la lejana isla, sacudida por los movimientos independentistas que querían desgajarse de la corona española, codiciada por sus vecinos norteamericanos, había estallado el crucero estadounidense Maine, fondeado en la bahía de La Habana. Los norteamericano echaron la culpa de la muerte de 266 marinos a los corona española. EE.UU. envió un comunicado a España ordenando que abandonara Cuba. Pero, antes incluso de que la reina se pronunciase, el presidente Mac Kinley movilizó 250.000 soldados, se decretó el bloqueo de la isla y se enviaron 28 de las naves de guerra más modernas. Goliat contra David. Este acontecimiento originó que una ola de patriotismo sacudiera España. Cánovas ya lo había dicho unos años antes: “¡No nos iremos nunca de Cuba, lucharemos hasta el último hombre y hasta la última peseta”. Cuando salieron los buques de Ferrol, los niños agitaban banderitas y Paquito asistió conmocionado al frenesí que desataron los gritos patrióticos de despedida. Sin embargo, la reina regente sólo pudo enviar unos cuantos barcos desvencijados y unos cuantos centenares de marinos con armas anticuadas que ni sabían usar. Se unieron en Cuba a los 200.000 soldados españoles que llevaban tiempo sosteniendo un régimen que nadie quería, ni siquiera ellos. Nicolás se negaba a sostener la ola de entusiasmo y permanecía ceñudo en el comedor de su casa fumando incansablemente un cigarro tras otro. En el casino le hicieron el vacío por primera vez en su vida, y eso que había estado en Cuba y Filipinas. Paquito empezó a mirarle con desprecio. “¡Hasta la última gota de sangre, hasta la última peseta!” musitaba Paquito en sus oraciones. El frenesí patriótico se fue apagando. Las batallas del otro lado del océano se convirtieron en gestas heróicas en las que un puñado de españoles, al mando del almirante Cervera, se negaban a rendirse y preferían morir. Paquito llevaba los recortes de periódicos con estas noticias a su cuarto y los guardaba cuidadosamente debajo de la cama. Cada noche los releía con fruición bajo la luz de una vela. Sin embargo, la realidad no narrada por la prensa fue que la insignificante flota española se metió en la bahía de Santiago en una ratonera, ya que, una vez dentro, los barcos sólo podían retirarse uno a uno, y cuando pasaban la bocana del puerto, eran bombardeados y hundidos por el moderno armamento norteamericano. El desastre no pudo ser más completo. Murieron 500 españoles por un solo marino estadounidense, y ni siquiera fueron capaces de hundir un solo barco norteamericano, ni una triste lancha. 1.300 hombres, incluido el almirante Cervera, cayeron presos. En Ferrol, 250 familias quedaron huérfanas. Cánovas cambió su discurso de “el último hombre y la última peseta” por “el deber es tanto más hermoso cuanto más sacrificios entraña”. Paquito apuntó la frase en un cuaderno y la escondió como un tesoro. Freud apuntó que el carácter se forma antes de los 7 años y que ya no cambia nunca. El desastre de Cuba, seguido de la pérdida de Puerto Rico y las Filipinas, marcó la vida de Franco para siempre. Él mismo lo reconoció: “La resaca de aquella pérdida cambió a mi familia”.
En 1898, Paquito tenía 5 años. Mudo e impresionado, junto a algunos primos y amigos, acudió al puerto el día en el que llegó el primer barco de repatriados. De él bajaron más de 100 soldados enfermos de malaria, anemia, disentería y tuberculosis. Había pocos heridos de guerra. En Cuba solo quedaban soldados muertos y los cuerpos de los que perecieron en el viaje fueron arrojados al mar. Un soldado con el cuerpo en cabestrillo se acerca al grupo de niños y empieza a mencionar algunos de sus nombres. Les comunican que sus padres murieron en la batalla. La indignación de los abuelos de estos niños, que enviaron a varios de sus hijos a la guerra, era palpable en el ambiente. Paquito recordaría siempre ese tiempo de derrota. Y su obsesión sería que España vuelva a ser un imperio. Después de esto, todos los niños de Ferrol quisieron hacerse marinos, ir a la guerra y luchar contra los americanos. Todos los primos de la familia, incluidas las mujeres, deseaban vengar la muerte de sus vecinos y, de paso, como quien no quiere la cosa, recuperar aquel imperio donde nunca se ponía el sol. Los juegos comunes como correr la cometa o el marro, fueron sustituidos por una dinámica en la que los niños se vendaban todo el cuerpo, se ponían parches en los ojos, se pintaban con pintura roja fingiendo heridas horrendas y, aun así, combatían heroicamente con espadas de madera hasta su “último aliento”. Mientras tanto, Paquito iba creciendo centímetro a centímetro y ya nadie se burlaba de su aguda voz. “Dios está de nuestro lado, ¡por la reina!” gritaba a menudo en sus juegos, y los chicos le seguían gritando: “¡por la reina!”. Nicolás desde el desastre de Cuba se volvió desordenado e intratable. Entregaba a Pilar la parte de su sueldo necesario para los 30 días del mes, y se gastaba lo que le quedaba antes de recibirlo de nuevo. Pasaba los días en el casino con aire tedioso y borracho. Sin embargo, los escasos domingos que la resaca no se lo impedía, llevaba a los niños a excursiones al campo en las que les explicaba cómo funcionaba la vida en un barco, las comunicaciones telegráficas, las electricidad… Y cuando se aburría de sus lecciones, Nicolás obligaba a los niños a hacer gimnasia hasta que uno de ellos acababa vomitando.


Paquito al igual que sus hermanos recibía la violencia de su padre cuando se portaba mal o simplemente cuando no le hacía caso. Incluso recibía golpes que no merecía por las fechorías y travesuras de su hermana Pilar. Un día, cuando su hermana Pilar lo empujó de la silla y Paquito cayó al suelo quedando inconsciente, su hermana le dijo: “Cobarde, gallina, capitán de las sardinas…” Fue lo peor que pudo decirle. Paquito cogió un alfiler del costurero y le dijo a su hermana que lo calentara al rojo vivo, después, sosteniéndole la mirada, le dijo que se lo clavara en el brazo. No cambió el más mínimo gesto de su expresión y eso que le dejó una marca en el brazo para toda la vida. Desde ese momento, Pilar no volvió a llamar nunca cobarde a su hermano. Para su hermana menor, por el contrario, Paquito solo tenía ojos de ternura. Sin embargo, a los 4 años, la pequeña de la familia empezó a toser y ya nunca paró. En su primera comunión Paquito no pudo contener sus lágrimas porque su hermana no pudo acudir. Pilar (la madre) dejó de comer y siempre estaba pendiente del estado de su hija. Nicolás, iracundo, echaba la culpa del estado de su pequeña a toda la familia, abofeteaba a sus hijos y recriminaba a su mujer el tener la sangre enferma. La hermana pequeña murió, y Pilar se vistió de negro hasta el final de sus días. La infancia de Paquito, si es que la tuvo alguna vez, también se fue con hermana, silenciosamente. “Siempre fue un niño viejo… Nunca le vi hacer cosas de niños” sentenció su otra hermana Pilar.
En la escuela no aprendió nada. “Me dieron una educación atrasada, sin buenos profesores, se limitaban a tomar la lección por el libro, sin explicaciones ni aclaraciones, ¡no enseñaban! Solo memoria sin sentido” comentó Francisco de adulto. Después del colegio de curas llegó la preparación para la escuela naval, en la academia del capitán de corbeta Saturnino Suances. La familia estaba desintegrada tras la muerte de la pequeña y Paquito se concentró en sus estudios. Cuando sus compañeros de la academia empezaron a hablar de chicas, Paquito se enrojecía muchísimo, pero no por desinterés, sino por vergüenza. En aquella época, los niños regalaban una estampita de la virgen María a las niñas que les gustaban y, si estas les daban las gracias, es que el sentimiento era mutuo, y si no pues no. Los amigos de Paquito le convencieron para que llevará una de esas estampitas a Sofía, una niña que le gustaba; sin embargo, cuando Sofía recibió la estampa, la rompió en mil pedazos y los tiró al suelo. Paquito se puso a llorar y corrió a las faldas de su madre, y eso que estaba apunto de entrar a la Marina como cadete. Paquito se aisló de su familia y se encerraba en su cuarto a estudiar. Fueron dos años de preparación exhaustiva que terminaron en decepción. El rey ya era lo suficientemente mayor para gobernar y una de sus primeras decisiones fue cerrar la escuela Naval meses antes de que Paquito entrara en ella. ”No hay dinero ni imperio que defender” fueron las justificaciones del rey. Paquito, que ya había abandonado la infancia, se enfrentó a su padre y le dijo que si no se hacía marino, quería entrar en el ejército de Tierra, y presentó su solicitud para entrar en la academia de infantería de Toledo. Paquito tenía 14 años, y en caso de ser admitido, sería el cadete más joven, ya que se solía entrar a los 17. Un caluroso domingo de 1907, Paquito dejó su ciudad y su niñez y se dirigió a Toledo para convertirse en militar.
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