Cuando España y Portugal se repartieron el mundo: El Tratado de Tordesillas
Artículo basado en el libro: "Una breve historia del mundo en 47 fronteras: Historias sorprendentes detrás de las líneas de nuestros mapas" de Jonn Elledge.
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El 7 de octubre de 1494, las Coronas española y portuguesa, que en aquel entonces ocupaban entre las dos algo menos del 1% de la superficie terrestre, acoradaron los términos de reparto del planeta. Si hubo un momento que pueda considerarse como el pistoletazo de salida de casi 5 siglos de imperialismo europeo, ese fue el tratado de Tordesillas.
En la década de 1490, en la península ibérica, concluyó la Reconquista, un largo proceso de 700 años por el que diversos reinos cristianos de la península fueron ganando territorio al dominio musulmán que se había extendido por todo el terreno peninsular desde el siglo VII. El proceso concluyó con la toma de Granada, y la mayoría de reinos peninsulares se convirtieron, si no en un solo Estado, al menos en una unión de Coronas bajo el gobierno de una sola familia: Fernando de Aragón y su esposa, Isabel de Castilla, los Reyes Católicos. Tras siglos de división, comenzaba a existir algo que podría denominarse España. Pero aún más emocionante fue otro episodio acontecido esa década, y seguro que sabes cual es si te digo que ocurrió en 1492. Aunque el viaje de Cristóbal Colón fracasara en su idea inicial de encontrar una nueva ruta para viajar a las Indias navegando hacia el oeste, tuvo el consuelo de “descubrir” América. Y como el viaje había sido sufragado por la Corona castellana, reclamó para Castilla las tierras recién descubiertas. España, aún en la cuna, estaba lista para convertirse en un imperio. Sin embargo, existía una traba. El único reino ibérico fuera del alcance de Isabel y Fernando (a parte del reino de Navarra que sería conquistado en los años siguientes). Este reino era Portugal, que había estado enfrascado en construir su propio imperio durante buena parte del siglo XV. Para 1492, disponía ya de una flota importante que había descubierto varias islas atlánticas, establecido diversos puestos comerciales a lo largo de la costa oeste africana y navegado hasta el cabo de Buena Esperanza, lugar de unión entre el océano Atlántico y el Índico. Además, durante 1470, coincidiendo con el reinado de Alfonso V, libró una batalla contra los reinos españoles en un intento por colocar a Juana, sobrina y al tiempo consorte de Alfonso, en el trono de Castilla. Portugal salió derrotado, y, sin embargo, en virtud del tratado de Alcáçovas (1479), logró que se reconocieran sus derechos exclusivos de navegación, conquista y comercio en cualquier nueva tierra descubierta al sur de las islas Canarias.


Retrato de boda de Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla, los Reyes Católicos (Fuente: Wikipedia)
Cuando Cristóbal Colón reclamó las nuevas tierras descubiertas para la Corona de Castilla, el nuevo rey portugeues, Juan II (tanto primo como hijastro de Juana), no estuvo de acuerdo y se dispusó a enviar un airada carta a sus vecinos ibéricos recordándoles las obligaciones que les imponían el tratado que habían firmado. Por suerte para los españoles, Sixto IV, el papa que ratificó el tratado de Alcáçovas con su bula Aeterni regis, había fallecido. Por tanto, a la vuelta de Colón había un nuevo papa, Alejandro VI (Rodrigo Borgia), nacido en Aragón, y que se encontraba en ese momento como líder de los Estados Pontificios, en las primeras fases de una guerra con casi todas las demás potencias importantes de la península itálica. Con la esperanza de que la Corona española se mantuviera ajena a este conflicto, Alejandro VI decidió revocar la bula papal de su antecesor, promulgando en mayo de 1493 otra bula. De hecho, fueron 3 bulas en 2 días, una sucesión de borradores que mostraban las negociaciones febriles que se estaban manteniendo. Este documento, Inter caetera, confirmaba las colonias portuguesas existentes, pero reconocía el derecho exclusivo de España sobre cualquier nueva tierra no cristiana que se encontrara al oeste del meridiano situada “a cien leguas hacia el oeste y el sur de cualquiera de las islas comúnmente conocidas como Azores y Cabo Verde”. Unos meses más tarde, otra bula papal, Dudum siquidem, extendió el derecho español a tierras alcanzables desde el oeste, aunque también estuvieran al este de la India (es lo que tiene una Tierra redonda).
Lógicamente, a Juan II no le gustó la pérdida de derechos que había sufrido la Corona portuguesa. Una cosa era aceptar la pérdida de soberanía sobre unas pequeñas y remotas islas del Atlántico, pero otra muy distinta era involucrar a la India, a la cual los portugueses habían llegado tras bordear el Cabo de Buena Esperanza. Sin embargo, ni Juan II ni los Reyes Católicos querían inmiscuirse en otra costosa guerra agotadora, por lo que el monarca portugués decidió acudir directamente a negociar con el papa Alejandro VI. En la ciudad castellana de Tordesillas, ambas partes decidieron una nueva línea de demarcación que dividía las esferas de influencia española y portuguesa, 370 leguas al oeste del punto establecido por el papa. Esto garantizó a los portugueses la parte oriental de Sudamérica. Y los españoles se beneficiaron de no tener que enfrentarse a una potencia con una Armada mucho más poderosa.


Reparto del espacio terrestre en los diferentes tratados entre la Corona portuguesa y española (Fuente: Mapasmilhaud)
Una docena de años y dos papas después, otro pontífice, Julio II (sobrino de Sixto IV) ratificó el tratado que las naciones ibéricas habían acordado entre ellas, para mantener una buena relación con ambas potencias. Un par de décadas después, con las dos partes enfrentadas por un territorio perteneciente a la actual Indonesia, se acordó un nuevo tratado, que creó un antimeridiano que dividió la región del pacífico entre España y Portugal (ver imagen superior). No habían pasado ni 40 años del descubrimiento de Colón, y las potencias rivales de la península ibérica se habían repartido ya el planeta. Lo curioso de estos tratados es que los territorios que las potencias europeas reclamaban para sí, nunca habían sido vistos por un europeo. Es más, ni siquiera tenían muy claro dónde se encontraban algunos de estos territorios. Existe un debate entre los historiadores actuales sobre si la decisión portuguesa de desplazar la línea hacia el oeste, fue un intento inteligente para asegurarse que la costa de Brasil quedara de su lado; o si simplemente fue una decisión afortunada. “Ambas partes debían saber que una frontera tan imprecisa no podía fijarse con exactitud, y cada una pensó que la otra estaba engañada” señala el historiador J. H. Parry. Dicho de otro modo, los europeos no sabían realmente lo que se estaban repartiendo.
Otro de los debates en torno al tratado de Tordesillas, se originó ya que el documento solo hablaba de una divisoria a a un número de leguas al oeste de las islas de Cabo Verde, pero como no se especificaba ni la longitud de la legua ni la isla en concreto, los debates se extendieron durante décadas. Sin embargo, pronto hubo otras potencias navales que se lanzaron a la conquista del Nuevo Mundo como la inglesa, la holandesa e incluso la francesa. Por lo tanto, aunque el tratado resolvió las disputas entre España y Portugal, en lo respecta al resto del mundo era inaplicable. Por no hablar de que estos tratados en ningún momento habían tenido en cuenta las opiniones de los habitantes de África, América o Asia. A pesar de estos absurdos, las implicaciones del tratado en los siguiente siglos fueron muy marcadas. De hecho, este tratado permite explicar que mientras que el resto de América Latina es hispanohablante, en Brasil se habla portugués. Pero no solo eso: Chile ha usado el tratado para justificar sus pretensiones territoriales sobre la Antártida, y Argentina para argumentar las suyas sobre las islas Malvinas, alegando que esos territorios eran, según los términos acordados en Tordesillas, parte del imperio español. Estas demandas son bastante estrafalarias, ya que en 1750, con la era colonial aun en pleno apogeo, Juan V de Portugal y Fernando VI de España, firmaron el tratado de Madrid, en virtud del cual se fijaban las fronteras entre la América española y Brasil, dejando sin efecto al antiguo tratado de Tordesillas.
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