El Ártico se derrite… y África ya está pagando el precio

Artículo basado en el libro: “Guerra Blanca: En el frente Ártico del conflicto mundial” de Mario G. Mian.

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El cambio climático es un hecho, ni una suposición, ni una conspiración, ni una hipótesis, es un hecho con una amplio respaldo científico. Sin embargo, la mayoría de nosotros todavía no está sufriendo las consecuencias directas de esta catástrofe, pero las sufriremos, que no te quepa ninguna duda. La región que más está sufriendo los efectos adversos del cambio climático es el Ártico, la región más septentrional de la Tierra. Y es que en el Ártico, el calentamiento está siendo 3 veces más rápido que en el resto del planeta. Por ejemplo, tan solo en Groenlandia, desde 2011, cada año se vierten al mar 375.000 millones de toneladas de hielo, unos 400 millones de piscinas olímpicas. Si todo el hielo de Groenlandia se derritiera, el nivel del mar subiría 8 metros, un efecto palpable para la mayoría de las sociedades humanas, principalmente concentradas en los territorios costeros. Además, muchos de los mecanismos que provocan el deshielo, más allá del efecto invernadero causado por los gases vertidos a nuestra atmósfera, muestran una retroalimentación positiva que no hace más que acelerar el propio deshielo. Por ejemplo, el agua en estado líquido absorbe mayor cantidad de radiaciones solares, por lo que el agua acumulada sobre la superficie de los glaciares debido al deshielo, incrementa el propio deshielo, acelerando el proceso. Del mismo modo, la nieve, por ser blanca, refleja la mayoría de las radiaciones solares que inciden sobre ella, absorbiendo muy pocas. La tierra, por el contrario, debido a su color más oscuro, absorbe un mayor cantidad de radiación, provocando un incremento de la temperatura. Es decir, cuanta menos nieve o hielo, mayor será la absorción de radiaciones y, por lo tanto, mayor el calentamiento que, a su vez, provoca más deshielo en un ciclo vicioso como una suerte de “canibalismo del deshielo”.

Podrás pensar que esto no va a tener serios efectos sobre nuestras sociedades, al fin y al cabo, la población de Groenlandia es inferior a 57.000 habitantes. Un daño colateral menor a cambio de las cuantiosas ventajas proporcionadas por la industrialización. Sin embargo, al pensar de esta forma estarías cayendo en un error, y es que el efecto del deshielo del Ártico puede tener consecuencias catastróficas en lugares tan remotos como el África meridional. Y es que el torrente de agua dulce que se está vertiendo desde Groenlandia y otras regiones árticas sobre el Atlántico Norte, está ralentizando el curso de la corriente circular del Atlántico Meridional. Por lo general, las aguas ecuatoriales cálidas ascienden, se enfrían y se reincorporan al circuito, activando la circulación atmosférica atlántica que regula el clima europeo y sus cosechas. Pero ahora este mecanismo está atascado y provoca sequías y desertificaciones desde Mauritania hasta Sudán, ya que toda el África Occidental queda bañado por el Océano Atlántico. Las consecuencias del cambio climático en África, no son especulaciones sobre posibles futuros, se pueden observar perfectamente desde hace unos años.

Evolución del deshielo del Ártico de 1985 a 2015 (Fuente: Cayetano Gutiérrez Pérez)

En Senegal, podemos encontrar la Langue de Barbarie, una estrecha franja de arena que representa una península y se extiende desde la frontera norte con Mauritania hacía el sur durante unos 30 kilómetros. La Langue está unida a la ciudad de Saint-Louis por un puente que lleva al antiguo centro colonial de la ciudad, primera capital de África Occidental bajo el dominio francés. Su naturaleza anfibia le ha valido el sobrenombre de “la Venecia de África”; sin embargo, a día de hoy, este apodo asume tonos mucho menos románticos de lo que cabría suponer. Lo que está ocurriendo en La Langue a solo unos cientos de metros del antiguo palacio del gobernador podría suceder muy pronto a toda la ciudad de Saint-Louis, que cuenta con más de 150.000 habitantes. Las aguas del Atlántico embisten la costa como un ariete, y se llevan 8 metros de tierra cada año. Las olas destrozan las viviendas y generan una marea de refugiados climáticos: hasta 2022, unos 15.000, la cifra más alta del mundo. Se trata del frente más caliente del cambio climático. Para la ONU es el “lugar más vulnerable del mundo”, para el Banco Mundial es “la ciudad de referencia de lo que ocurrirá en muchas zonas urbanas costeras”, la punta de lanza de las catástrofes venideras a lo largo de los litorales del planeta. Y no solo porque gran parte de La Langue haya quedado reducida a escombros fantasmales con miles de edificios destrozados, sino también porque esta lengua de arena es la más densamente poblada del mundo, un Manhattan africano de pescadores situado en la desembocadura del río Senegal.

En marzo de 2018, Mama Maïsa Dieye no tuvo ni siquiera tiempo de recoger las viejas fotos familiares de su hogar cuando llegó la ola aquella noche. Cargó a su nieto menor a la espalda y a duras penas consiguió arrebatar a otros dos de las feroces garras del Atlántico. Menos suerte tuvieron las 5 cabras que poseía la familia, se quedaron atadas a la puerta principal. “Vi sus ojos desesperados, luego desaparecieron junto con la casa” recuerda Mama Maïsa. Como su madre, y la madre de su madre, y como hacen desde hace siglos las mujeres de La Langue, Mama Maïsa, a sus 49 años con 11 hijos y otros tantos nietos, se encarga del pescado cuando los hombres llegan de faenar en el Atlántico. Sin embargo, el único mundo que conoce se lo está comiendo el océano. A 12 kilómetros de Saint-Louis, en plena sabana, se está construyendo la “nueva Langue”. “Tenemos un presupuesto de 95 millones de dólares. 15 los aporta el gobierno de Senegal y 80 el Banco Mundial. Estamos construyendo las infraestructuras y luego las primeras 5.000 viviendas. Al mismo tiempo abordamos los aspectos sociales: estas personas deben comenzar una nueva vida lejos del océano. Es un proyecto piloto. Somos conejillos de Indias” comenta un ingeniero que actúa como referente local del plan de intervención estatal. A las familias refugiadas se les ofreció la opción de cobrar el valor estimado de sus casas en la Langue, o recibir una vivienda acorde al tamaño familiar en la nueva ciudad. El plan prevé no solo el realojo de quienes ya lo han perdido todo, sino también la obligación de desalojo para las familias que aún habitan la “zona roja”, es decir, a menos de 20 metros de la línea de costa. A unos 4.000 refugiados ya se les han asignado unidades habitacionales que recuerdan a un campo militar.

Posición Geográfica de la Langue y la ciudad de Saint-Louis (Fuente: Fall S., 2025)

Dejar el océano atrás no solo implica dejar su hogar, sino también dejar el modo de vida tradicional con el que los habitantes de la Langue han sobrevivido durante siglos. Michelle Gueye, de 50 años, dirige el comité de residentes y se encarga de la “reconversión social”, es decir, coordina los cursos para enseñar a las mujeres a coser, convertirse en peluqueras y cultivar huertos, nuevos modos de vida que deben adoptar forzosamente. Michelle forma parte del primer grupo de desplazados, los de la ola de 2017: “Éramos 12 en casa, llenamos algunos sacos con lo más importante. Poco después de la oración de las cinco de la mañana, una primera ola derrumbó parte de la casa, así que huimos justo a tiempo, porque una segunda ola se llevó toda una sección del barrio de Guet Ndar”. En marzo de 2019, otras 2.000 personas se quedaron sin techo. Michelle ya se ha resignado a su nuevo modo de vida en las casa prefabricadas otorgadas por el gobierno. “Echo de menos todo de la Langue: los olores, dormirme con el sonido de las olas. La Langue es una adicción. Mira, ¿ves como se está secando mi piel aquí en el campamento? Estoy cambiando incluso físicamente, me estoy convirtiendo en otra persona” comenta entristecida. De momento, la mayoría de habitantes del improvisado campamento vuelven a la Langue cada mañana, los hombres al mar y las mujeres a vender o salar pescado. Su mundo sigue estando allí y aunque el trayecto a su hogar es de apenas 12 kilómetros, el autobús tarda 2 horas en llegar. Salen a las 5 de la mañana y no regresan hasta las 9 de la noche. “Siempre es mejor que quedarse encerrada en esta maldita prisión ardiente” comenta Aida Sy, una vendedora de pescado que reside en el campamento.

En el África subsahariana, el vaivén entre estaciones secas y húmedas está entrando en cortocircuito. Se calcula que cerca de 90 millones de personas se verán forzadas a migrar en los próximos 10 años. De hecho, otra ola presiona no lejos de Saint-Louis, en la región suroccidental de Malí, que ya no está a salvo del tornado que asola el Sahel, donde las hambrunas y las inundaciones alimentan la migración forzada y la violencia yihadista. En la Langue están construyendo una nueva barrera para frenar el océano, financiada con 15 millones de dólares concedidos por Emmanuel Macron. El 14 de julio de 2022, una fecha muy significativa para los franceses ya que conmemora la toma de la Bastilla durante la revolución francesa, un agradecido Macky Sall, presidente de Senegal, inaugura las obras, aunque no se trata de un regalo, sino de un préstamo. El dique forma parte del plan de protección para prolongar la vida (o la agonía) de esta comunidad. Además, hay otro rompeolas costeado por París, a unos 30 kilómetros mar adentro, entre las fronteras marítimas de Senegal y Mauritania: 21 cajones de 55 metros de largo, 32 de alto y 55 de ancho cada uno, con un peso total de 340.000 toneladas de cemento y acero. Sin embargo, la función de este rompeolas no es proteger a la Langue, sino una plataforma de BP, el mayor complejo de extracción de gas licuado y petróleo de África. Resulta irónico que enfrente del ejemplo más gráfico de la crisis climática, se erija una gigantesca instalación de explotación de combustibles fósiles, los principales causantes de esa misma crisis. No obstante, este complejo llamado Greater Tortue Ahmeyim (GTA) se ha convertido en una bandera política del África que se rebela contra las imposiciones ecologistas de Occidente, vividas como una forma de colonialismo moderno.

Greater Tortue Ahmeyim, diques de protección de la plataforma de BP (Fuente: African Business)

Abba Mbaye, una economista formada en París, es la representante local del partido nacional populista que se opone a Macky Sall, presidente de Senegal y líder de la Unión Africana. A pesar de encontrarse en la oposición, Abba comparte con Macky su posición de no aceptar los acuerdos internacionales sobre la transición ecológica y el bloqueo a la explotación de gas y petróleo. “Producimos el 4% de las emisiones mundiales ¿Cómo pueden decirnos que nos desarrollemos con renovables? Nunca ha sido así en ninguna otra parte, y no puede empezar en Saint-Louis ni en África” comenta Abba Mbaye, “Reivindicamos el derecho a explotar nuestros recursos, no aceptamos más la hipocresía de los gobiernos occidentales, que están encantados de tragar gas en casa, pero han impuesto una moratoria sobre la financiación de nuevas plantas en África. Solo para vendernos sus tecnologías verdes. No, ahora nos toca a nosotros desarrollarnos y acabar con la pobreza. Nos dicen que no contaminemos… mientras Europa y Estados Unidos vuelven incluso a quemar carbón. Y a nosotros se nos impide usar nuestro gas, no para calentar piscinas, sino para tener electricidad”. En cuanto a la planta de BP, lo que critica la parlamentaria senegalesa es lo siguiente: “No es aceptable que estos gigantes se queden con el 90% de los beneficios. ¿Qué queda para Senegal, qué queda para los pescadores de la Langue?”.

Mientras tanto, en la Langue, Mama Maïsa Dieye ha optado por el dinero proporcionado por el gobierno en vez de la casa prefabricada del refugio. Al igual que decenas de miles de los habitantes de la Langue, ella sigue viviendo acampada sobre los escombros de su antiguo hogar, negándose a convertirse en refugiada. Además, el pescado, principal sustento de la localidad, se lo han llevado los chinos, portugueses, italianos y franceses con sus barcos-factoría. A los pescadores de la Langue únicamente les quedan unas pocas millas para faenar, y hasta esas están vedadas por el complejo de BP, vigilado por la guardia costera senegalesa. Los jóvenes ya se están aventurando en aguas mauritanas, arriesgándose al decomiso de sus piraguas, a multas e incluso a la prisión. Así, estas orillas se han convertido en un trampolín para la migración clandestina hacia las islas Canarias, y aunque pocos lo logran, envían fotos de improbables vidas prósperas en Europa, cebos perfectos para nuevas partidas de chicos cada vez más jóvenes. Sin embargo, muchos de ellos vuelven, como es el caso de Latyr Fall, un pescador de 38 años que tiene un escudo del equipo de fútbol del Barcelona en la proa de su piragua. Hacía no mucho había regresado de España donde recogía fresas en los invernaderos. “Si eres de la Langue tienes que morir en en la Langue” comentaba el ya no tan joven pescador.

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