El imperio que incendió el mundo e inició el Renacimiento

Artículo basado en el libro: "Una breve historia del mundo en 47 fronteras: Historias sorprendentes detrás de las líneas de nuestros mapas" de Jonn Elledge.

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Si te pregunto por el imperio más grande de la historia, ¿cuál sería tú respuesta? Probablemente mencionarías el Imperio Británico que, a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, controlaba 35 millones de kilómetros cuadrados de terreno, casi una cuarta parte de todo la superficie de la Tierra. Además de ser el Imperio más grande en extensión, también lo fue en población, con 400 millones de personas alrededor del globo bajo las órdenes de la corona británica. Como todos sabemos, este Imperio se extendía por todos los continentes. Con posesiones en Europa (Islas Británicas, Gibraltar, Chipre), África (Egipto, Sudán, Sudáfrica, Kenia, Uganda, Nigeria, Ghana, Botsuana…), Asia (India, Pakistán, Bangladesh. Myanmar, Irak, Palestina, Malasia…), América (Canadá, Belice, Bermudas, Trinidad y Tobago, Jamaica, Barbados…) y Oceanía (Australia, Nueva Zelanda, Fiji…), es innegable que este Imperio fue el más grande de la historia. Sin embargo, si hablamos del imperio más grande contiguo (unido de forma continua) la respuesta varía. En este caso, el Imperio Mongol fue el mayor dominio contiguo terrestre que el mundo haya visto jamás. Reunió a pueblos situados desde Ucrania hasta Corea, desde los páramos de Siberia hasta los desiertos de Oriente Próximo, todo ello bajo el dominio de una sola entidad política y, por ende, de una sola familia. Las décadas de dominación mongola que siguieron a las conquistas del siglo XIII constituyen un interludio importante de en las historias de Rusia y China, y la sola idea de sus guerreros a caballo bastaba para infundir el terror en los corazones de toda Eurasia, incluso en los lugares que nunca habían visto a ninguno de estos guerreros. Es muy probable que conozcas a la persona que construyó este imperio, un líder mongol que orquestó las invasiones que acabaron con la vida de 40 millones de personas (1 de cada 10 vivas en aquella época) y que, a pesar de ello, es considerado un héroe nacional en Mongolia. Estoy hablando de Gengis Kan.

Durante la época en la que nació un niño entonces conocido como Temuyín (posiblemente en 1162), en una tribu mongola que probablemente se situaba cerca del lago Baikal, Eurasia se encontraba muy dividida. Los imperios clásicos (romanos, partos o han) se habían desmoronado hacía siglos, e incluso sus sucesores como el gran califato musulmán surgido en el siglo VII, no era más que una sombra del pasado. El imperio bizantino, que seguía considerándose el Imperio Romano de Oriente, se concentraba en los Balcanes y la península de Anatolia (actual Turquía) y el Sacro Imperio Romano Germánico, al que se veía como sucesor de Occidente, no controlaba muchos más territorios que los reinos de Francia e Inglaterra. Al mismo tiempo, lo que había sido y volvería a ser China, estaba dividido entre el Estado Jin en el norte y el Song en el sur. Resulta que el lugar en el que vivió Temuyín estaba aún más fragmentado. Nació en una región de confederaciones enfrentadas que formaban distintas tribus a cual más beligerante, compuestas a su vez por clanes igual de belicosos. “La Historia Secreta de los Mongoles” un relato anónimo y probablemente falaz de la vida y obra de Temuyín, publicado varias décadas después de su muerte, permite hacerse una idea de lo despiadado que era aquel mundo. En el relato se narra como una viuda llamada Alan mantiene un apasionado romance con una entidad sobrenatural que entra en su tienda por la boca de humo del techo, y luego sale disfrazada de perro. Los hijos resultantes se dan cuenta de que pueden conseguir todo lo que desean robando a la gente y secuestrando mujeres. Algún tiempo después, uno de sus descendientes, Yesügei (el padre de Temuyín), secuestra a Hoelun (la madre), pero es asesinado por unos tártaros cuando el hijo tiene solo 9 años.

División territorial del Hemisferio Oriental en el año 1200 (Fuente: Wikipedia)

Temuyín superó la muerte de su padre y, después de vengarse de los tártaros decapitando a todo varón que fuera más alto que el eje de una rueda de carro (práctica conocida como “medirse contra el eje”), llegó a hacerse con la jefatura de la tribu, luego de su confederación y más tarde de todas las confederaciones. En 1206, una gran reunión de los pueblos de la estepa le dio el nombre por el que el mundo entero llegaría a conocerlo y a temerlo: Gengis, que significaba “gran gobernante”. Tras este segundo bautismo nada pudo detenerlo. En 1209, los mongoles ya habían sometido a los uigures y a los tangut, en 1215 derrocaron a la dinastía jin, y para 1220 controlaban gran parte de Asia central. Tres años después, los mongoles ya pisaban suelo ruso. Esta increíble y vertiginosa conquista se basó en una razón de peso, y es que usaban la violencia como nadie. De hecho, eran tan buenos ejerciendo la violencia que, en muchas ocasiones, no necesitaban emplearla. Los que fueron lo suficientemente sensatos como para rendirse, eran perdonados y acogidos en el imperio mongol. Sin embargo, los que se resistían eran esclavizados o directamente masacrados. Es probable que no hayas oído hablar de los tangut, una etnia budista que pobló el centro de la actual China, y la razón es que los mongoles arrasaron con ellos y con su cultura de una forma sistemática, un acontecimiento que el historiador John Man ha calificado como “el primer ejemplo registrado de intento de gennocidio”. En el otro extremo de Eurasia, un monje inglés describió a los mongoles como una “detestable nación de Satanás que se derramaba como demonios del Tártaro”, y eso que los mongoles nunca se acercaron a menos de 2.500 kilómetros de su monasterio. Eso es tener mala fama y lo demás son tonterías.

Gengis murió en 1227, en plena campaña contra los tangut, pero a pesar de su fallecimiento, el imperio siguió creciendo para engullir Persia, Tíbet, Corea, Crimea… En cuanto a China, de la cual los mongoles tomaron gran parte de su cultura, mantuvo durante muchos tiempo la creencia de que lo ideal para el mundo sería un único gobernante. Pero a pesar de esta concepción, China estaba demasiado asentada como para tratar de imponer su voluntad más allá de Asia Oriental. Hizo falta alguien de fuera con ambición para poner en práctica aquel gran proyecto. Una cosa era que los mongoles conquistaran toda China y otra muy distinta que pudieran gobernarla. Como es lógico, la asimilación llevó su tiempo, y no fue hasta 1271 cuando el nieto de Gengis Kan, un hombre conocido bajo el nombre de Kublai Kan, logró establecer la dinastía Yuan, que gobernaría la China unificada durante otro siglo. Sin embargo, para entonces, su estatus de gran kan era ya ficticio. Cuando Möngke, el hermano de Kublai, murió sin nombrar sucesor en 1259, se desató una guerra civil que tuvo como consecuencia la fragmentación del imperio en 4 partes: Europa Oriental (la Horda de Oro), Medio Oriente (el Ilkanato persa), Asia Central (el Kanato de Chagatai) y, por último, el Imperio de los grandes kanes que, bajo la dinastía Yuan, abarcaba China y Asia Oriental. En teoría, todos debían lealtad al emperador Yuan, pero la realidad no era esa. Aunque la época del Imperio mongol como Estado único fue efímera, si prevaleció durante décadas como un espacio cultural, por no hablar de que se convirtió en una especie de zona de libre comercio.

La red de vías comerciales hoy conocida como la Ruta de la Seda había estado funcionando desde el siglo II a. C. con 6.000 kilómetros de rutas para caravanas de comerciantes con todo tipo de productos, principalmente seda y especias, desde China hasta el Mediterráneo y, como pago y en sentido inverso, oro, plata y otros útiles. Pero, como ya se ha mencionado, la fragmentación de los imperios clásicos volvieron estas rutas cada vez más peligrosas. Un mayor número de gobernantes locales codiciando impuestos de paso, más reinos en guerra volviendo inseguros los caminos y menos autoridad para controlar el bandidaje, volvieron estas rutas mucho menos lucrativas que en el pasado. No obstante, los mongoles eran muy partidarios del libre comercio. Con un estilo de vida basado en el nomadismo y el pastoreo, su economía siempre se había sustentado más en la cría de ganado que en la fabricación de cualquier cosa, por lo que la mayoría de productos que necesitaban debían adquirirlos de otros pueblos sedentarios. Por lo tanto, mientras que en China los comerciantes eran considerados una clase social con poco prestigio, que no creaban nada, para los mongoles tenían mucho valor. Aunque lo más probable es que no fuera su mayor prioridad, uno de los beneficios de los que disfrutó el Imperio mongol fue el impulso de la comunicación y el comercio. Una vez finalizadas sus conquistas, los viajes resultaban tan sencillos que en muchas ocasiones esta época ha sido referenciada como la “Pax Mongólica”. Además, los mongoles introdujeron activamente políticas destinadas a facilitar los flujos comerciales: redes de estaciones de relevo que proporcionaban comida y alojamiento o asociaciones comerciales con respaldo oficial que permitían a los comerciantes poner en común sus recursos y riesgos como una especie de plan de seguros en los que incluso se les prestaba dinero a bajos tipos de interés.

Fragmentación del Imperio Mongol en 4 territorios: la Horda de Oro (amarillo), el Ilkanato persa (verde claro), el Kanato de Chagatai (verde oscuro) y la dinastía Yuan (morado). Año 1294 (Fuente: Wikipedia)

Aunque pensemos en el Imperio mongol como un buen periodo para los bárbaros y la guerra, también es considerada la época dorada para el libre comercio. No es por casualidad que apareciera entonces el relato “Los viajes de Marco Polo” en el que un mercader italiano podía ir y venir de Venecia a China empleando rutas seguras y caminos en buen estado. Es más, estas rutas controladas permitieron que las matemáticas, la astronomía y la ciencia en general provenientes del islam, se extendieran por todo el continente. Con ellas, lo hicieron también innovaciones útiles, como la banca y los seguros. La zona más beneficiada de todo ello fue Europa. La parte del Imperio mongol que acabó convertida en la Horda de Oro había invadido regiones como Polonia y Hungría, pero en 1242, tras la muerte del hijo y sucesor de Gengis, Ogodéi Kan, los conquistadores decidieron dar media vuelta y volver a su tierra para imponerse en la lucha interna por la sucesión. La conquista de Europa podía esperar. Lo que pasó es que aquella espera fue para siempre. Aunque hubo partes de Europa Orietal que siguieron pagando tributos durante generaciones, gran parte del continente se liberó del horror de la conquista mongola. Sin embargo, esto no impidió que se beneficiaran del enorme auge comercial desatado por la “Pax mongólica” y del acceso a tecnologías chinas por entonces revolucionarias, como la fabricación del papel o la pólvora. Pero no todo fueron buenas noticias. Llegada la década de 1340, la peste negra se propagó con la misma facilidad que las tecnologías y las mercancías. Sin embargo, una vez superada la epidemia, quienes no perecieron (entre el 40% y el 60% de los europeos) probablemente acabaron teniendo una mejor calidad de vida gracias al considerable aumento del poder de negociación de la mano de obra y de la consiguiente subida de salarios. Aun así, no es exagerado suponer que la “Pax Mongólica” contribuyó al Renacimiento europeo.

Tras la división del Imperio mongol con la muerte del nieto de Gengis Kan, el resto del imperio no duró demasiado. El Ilkanato persa se desintegró en 1335 y el Kanato de Chagatai, localizado en Asia central, en 1347. En China, los Yuan se mantuvieron hasta 1368 cuando, debilitados por la hambruna y el resentimiento de la mayoría china han, fueron derrocados a manos de la dinastía Ming. En Occidente, algunos fragmentos del poder mongol duraron más, como es el caso de Crimea que no escapó del yugo tártaro hasta el 1502. Los logros de Gengis Kan fueron increíbles, pero también efímeros. Sus efectos en el planeta, sin embargo, resultaron ser bastante más duraderos. El mundo islámico nunca recuperaría ni el liderazgo político ni el intelectual que había ostentado desde la Antigüedad tardía. La dinastía Ming, reforzó su Gran Muralla, construyendo algunos de los tramos más famosos (ver artículo), y luego se parapetó detrás de ella con la esperanza de mantener alejados a los mongoles. De esta forma, una potencia grande, rica y tecnológicamente avanzada se desentendió del resto del mundo. En otros lugares, los mongoles habían destruido la Rus de Kiev, un principado situado en Europa Oriental, del cual Rusia, Ucrania y Bielorrusia reclaman ser herederos. El dominio de las tierras rusas pasaría ahora a un nuevo y pujante ducado de nombre Moscú, asegurándose de que sus fronteras estuvieran muy lejos de la capital.

Teniendo en cuenta todo lo mencionado, seguramente el mayor impacto del Imperio mongol se hizo sentir en una región que nunca conquistó. En 1200, Europa occidental era un páramo económico y tecnológico que apenas lograba producir lo suficiente para alimentarse. Hacía 1400, sin embargo, había adquirido muchas tecnologías útiles y un gusto ostentoso por los lujos orientales que, tras el colapso de la “Pax Mongólica”, de repente dejaron de estar disponibles. En un movimiento que tendía ecos en los siguientes 6 siglos, algunos europeos decidieron que era hora de ir a buscar estos productos y empezaron a construir barcos.

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