El origen del Homo oeconomicus
Artículo basado en el libro: “EGO: Las trampas del juego capitalista” de Frank Schirrmacher.
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El ser humano actual, con su supuesta racionalidad, no es hijo de la Ilustración como muchos creen, sino que es hijo, en primera instancia, de una libro publicado en 1776, de la mano de un economista escoces. El libro, “La riqueza de las naciones”, su autor, el afamado padre del capitalismo, Adam Smith. El documento representa un análisis económico de gran exactitud sobre la época en la que se escribió, el problema radica en la concepción del ser humano que representa. En este libro, se menciona por primera vez el concepto de que TODOS los seres humanos actúan de tal forma que se maximice su beneficio propio (como si el altruismo no existiera), en una suerte de darwinismo social en la que esa lucha desenfrenada por buscar la mayor ganancia posible equilibraría la balanza, de tal forma que todos pudiesen sacar máximo provecho a sus capacidades para satisfacer sus necesidades. Sin embargo, lo que este concepto no refleja, pero sí se observó en la guerra fría, es que cada persona actúa en provecho propio y desea engañar al otro. Ese deseo de engaño ya genera un marcado conflicto en los supuestos equilibrios establecidos por la mano invisible. Smith contraataca la presencia del fraude, afirmando que aquellos que traten de engañar a los demás en beneficio propio, perderán la confianza de sus iguales, de forma que no tendrán oportunidades para seguir engañando, por lo que el equilibrio se restablecerá. Un buen argumento, pero tiene en cuenta que los fraudes son detectados; si estos no son descubiertos, al obtener un mayor beneficio a un menor coste, los fraudulentos continuarán con sus acciones. Además, promoverán su éxito en su círculo cercano (por esa necesidad narcisista de adoración que nos caracteriza), originando que los engaños y timos se multipliquen, y alejándose del imaginario equilibrio que defendía el bueno de Smith.
El concepto de ser humano como ente abstracto que busca maximizar su beneficio personal, continuó desarrollándose a lo largo de la historia de la mano de múltiples economistas, entre los que destacan los representantes de la escuela austriaca como Hayek o Ludwig von Mises. Uno de los padres de esta escuela, Carl Menger, fue el que acuñó el término “Homo oeconomicus” muy similar al concepto de Smith, que indicaba que el hombre siempre actúa de manera racional para maximizar su interés, como si fuéramos autómatas que solo buscan ganancias. Esta definición nos indica que el hombre es inherentemente egoísta y que no presenta ningún principio o valor superiores a su interés. Por su puesto, no hay que tomarse la definición al pie de la letra (aunque haya gente que lo hace) sino que se trataba de una suerte de doble virtual, que nos permita contar a los seres humanos como sujetos con preferencias, y así hacer análisis económicos exhaustivos, aunque distan enormemente de la realidad. Sin embargo, citando a una afamada analista de mercados financieros: “el Homo oeconomicus es un sociópata”, y otros muchos autores, entre los que destacan economistas de renombre, indican que el Homo oeconomicus no refleja, ni siquiera aproximadamente, la polifacética naturaleza del ser humano. Aun así, en la actualidad parece que este concepto ha cobrado vida propia, y que representa realmente el comportamiento del ser humano tardomoderno.


Retrato póstumo de Adam Smith (Fuente: Wikipedia)
Una de las razones del resurgimiento del Homo oeconomicus reside en que el individuo tardomoderno ya no es capaz de definir una identidad propia de manera coherente, no sabe si tiene una identidad, muchas o ninguna. Y las filosofías e ideologías contemporáneas, no hacen mucho para ayudar a definirla, más bien acrecientan esa tendencia. Este fue uno de los primeros triunfos del imperialismo económico en el que la naturaleza del hombre se convirtió exclusivamente en económica, aun así no fue culpa de los economistas que propusieron esa simplificación del ser humano, ellos no querían convertir al Homo sapiens en Homo oeconomicus, solo quería emplearlo como modelo para sus estudios. La verdadera razón de esta simplificación económica de la psique humana se basa en que el enemigo de esta simplificación (el comunismo, socialismo, anarquismo o cualquier otra ideología anticapitalista), literalmente se disolvió tras la guerra fría. De esta forma, la subjetividad e individualidad del ser humano fueron sustituidas por sus preferencias (por lo general de consumo) e intereses, que suelen estar condicionados desde fuera y no son inherentes al ser humano. Imagínate que vivieses en una sociedad de cazadores recolectores, no es que tus preferencias fueran distintas, es que ni siquiera podrías definirlas. Como dijo Foucault, el Homo oeconomicus, no es un ser económico, sino político, y a los ojos del poder muestra una clara ventaja, y es que es eminentemente gobernable.
Otro de los problemas de este ser humano económico radica en que que los individuos nos convertimos en meras máquinas racionales que se reducen a sus deseos y decisiones egoístas, lo que hemos llamado preferencias, que son posibles de calcular matemáticamente. Es decir, nos convertimos en máquinas simples y previsibles que facilitan la formalización de la economía a través de fórmulas matemáticas. Aparte de esta simplificación a simples preferencias, también hay que tener en cuenta que son artificiales, no solo nos simplifica sino que nos desnaturalizan. No hablo solo de los algoritmos de YouTube, Google, o Facebook, que literalmente son capaces de definir tus gustos, sino de los algoritmos bursátiles que definen las preferencias de los operadores de bolsa, y por ende, modifican los valores de las empresas alterando nuestra economía de forma marcada.
La idea de que cualquier persona aspira a ganar dinero y a no perderlo es una trivialidad, y se sobreentiende que no puedes reprochar a nadie su actitud ante la ganancia de dinero, pero de ahí a que la maximización egoísta de beneficios sea la principal fuente de motivación que modela la sociedad hay un trecho. Sin embargo, hoy en día se considera absolutamente razonable que éste sea el motor de nuestra sociedad. Esto tenía cierto sentido durante la guerra fría, cuando la maximización egoísta era indispensable para poder ganar la guerra, pero esta actitud abandonó el ámbito militar y penetró en todos los ámbitos sociales tras la guerra. Esta actitud ya no definía la relación del individuo con el adversario, sino que comenzó a definir la actitud del individuo frente al mundo. Se transmitió la lógica de la guerra a la sociedad civil, y de ello se encargaron varios de los economistas que trabajaron en RAND Corporation asesorando al ejército, una escuela llamada “neoclásica" y nacida en el seno de la universidad de Chicago. No fabricaron armas, no produjeron mercancías, ni empuñaron rifles, pero cambiaron el cableado de las grandes maquinarias que dominan el mundo como el ejército y el mercado. Atacando a los puntos donde somos más vulnerables y fáciles de seducir; la posibilidad de obtener beneficio. La gente no es consciente de que los economistas citados a lo largo de este artículo, han modificado más la naturaleza de la mente humana que cualquier ideología o psicología anterior.
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