En defensa de la economía planificada: El caso chino
Artículo basado en el libro: "El calibrador de estrellas: Aprendizajes chinos para occidente en el siglo XXI" de Julio Ceballos.
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“Alguien está sentado hoy a la sombra de un árbol plantado hace mucho tiempo” dijo el reputado inversor financiero Warren Buffet. El sustantivo “plan” y el verbo “plantar” muestran una relación etimológica interesante. “Plan” proviene del latín planus, que significa llano o nivelado y en términos arquitectónicos un planum se refiere a un dibujo o esquema de algo que se va a construir. El verbo “plantar” deriva del latín plantare, que significa plantar o fijar en el suelo, y está relacionado con la acción de poner una planta en tierra para que crezca. Ambos tienen significados diferentes pero los dos entrañan futuro. Lo que diferencia a un sueño de un plan es una fecha, y los chinos, más que sueños tienen planes. Un plan implica previsión, organización en el tiempo y cuenta con fechas de inicio y fin.
Los líderes chinos pueden permitirse una visión largoplacista en la implementación de políticas y planes ya que no están sujetos a ciclos electorales. Esto no pueden realizarlo los países con modelos de alternancia política y elecciones libres. En países multipartidistas (aunque más bien bipartidistas) los diferentes partidos políticos muestran una oposición férrea entre ellos, lo que impide que tras unos comicios se continúen con las estrategias emprendidas por sus adversarios políticos. De esta forma, multitud de las políticas implementadas durante un mandato se convierten en papel mojado, y vuelven a la casilla de salida con cada nuevo gobierno. Es como si cada política bien implementada por cualquier partido (de cualquier ideología) hiciese subir un escalón a nuestra sociedad, para que, con el cambio de poder, estas políticas se abandonen y retrocedamos ese mismo escalón, anquilosando a los estados democráticos en un progreso a trompicones.
Por lo general, los ciudadanos chinos confían en la implementación de los planes que publica Pekín. Cuando Xi Jinping dice, por ejemplo, que China va a recortar su emisión total de gases de efecto invernadero antes del año 2030, o que para el año 2060 su economía va a alcanzar la neutralidad de carbono, el chino de a pie puede estar relativamente seguro de que así será. Y si estos planes no se alcanzan para 2030 y 2060 respectivamente, casi con certeza se cumplirán para 2035 y 2065, lo importante es tener las metas claras y no perderlas de vista. En occidente, en cambio, tanto para bien como para mal, los gobernantes están sometidos a un escrutinio cada vez más intenso por parte de los medios de comunicación y las redes sociales, obligándolos a una rendición (casi diaria) de cuentas y, a menudo, estos políticos están más ocupados por la construcción de un relato atractivo sobre su desempeño, que por el propio rumbo de su Gobierno. Nuestros gobernantes están sumergidos en una campaña electoral continua y más preocupados por la aprobación de medidas populares que generen votos, por pulir su oratoria o mantener un buen aspecto físico, por someterse a debates, entrevistas y actos promocionales, por salir bien en la foto, por la toma de decisiones populistas o por dedicar un tiempo absurdo a repetir las mismas consignas en innumerables mítines, que por tomar medidas que garanticen una gobernanza sostenible en el tiempo. Buena parte de cuanto genera empleo, mejora la esperanza de vida, el bienestar, el medio ambiente y la riqueza de un país se logra gracias a medidas que sólo dan frutos al cabo de 15 o 20 años de ser implantadas. “El caracol avanza despacio, pero escala la montaña” reza un antiguo proverbio chino, y el secreto del caracol reside en disponer de un plan para alcanzar la cumbre.


XX Congreso Nacional del Partido Comunista Chino (Fuente: Política China)
La mayoría de los principales problemas que padecen las democracias occidentales se resolverían con el consenso entre las fuerzas políticas cuyos votos representan una mayoría (o supermayoría) de votantes, sin necesidad de apoyarse en fuerzas radicales de ambos extremos ideológicos. Por ejemplo, el Banco de España advirtió en su informe anual de 2023 que los principales riesgos para el crecimiento de la economía global son geopolíticos. Por eso, la hoja de ruta para España en materia económica, energética, política, de seguridad y defensa, educativa, sanitaria o exterior, debe trascender legislaturas, obedecer una estrategia clara, sólida, largoplacista y, sobre todo, consensuada por los distintos actores políticos. La política de un país solvente no puede depender de bandazos políticos, ni de discrepancias internas, ni de ocurrencias unilaterales; el consenso y la planificación deben imperar.
Tanto en lo público como en lo privado, en lo político o en lo empresarial, en lo macro y en lo micro, a nivel individual o colectivo, la visión cortoplacista genera errores estratégicos y resultados que no llevan a ninguna parte. Aun así, en occidente es un tabú emplear el término “quinquenal”, por las connotaciones negativas que lo asocian con la planificación central soviética y su gobernanza autoritaria. Sin embargo, un plan quinquenal no es más que un proyecto que plantea alcanzar sus objetivos en un plazo de 5 años. No es más que una herramienta , un documento que proporciona una hoja de ruta, un mapa que analiza dónde se está y hacia dónde se quiere poner rumbo. La URSS no inventó los planes quinquenales ni la economía planificada, pero en las democracias occidentales cualquier mención a la planificación quinquenal tiene un tufillo a bolchevique que genera un escepticismo y un rechazo absolutos. La Gran Muralla china, las pirámides de Egipto o las calzadas romanas no son más que ejemplos de proezas que se han logrado con un esfuerzo sostenido en el tiempo (y con esclavitud). También podemos observar la carrera espacial entre la URSS y EE.UU. que consiguió poner al hombre en la Luna en tan solo 20 años (si crees que el hombre no ha estado en la Luna, deja de leer esto por favor). Las reformas borbónicas del siglo ilustrado en España o el proyecto enciclopédico en Francia, son también buenos exponentes de los planes a largo plazo, puestos en marcha y llevados a cabo por equipos de diferentes gobiernos y dirigentes a lo largo de muchos años, décadas o siglos.
Quienes critican los planes quinquenales argumentan, por un lado, que son herramientas para la consolidación del poder de quienes gobiernan, la represión política, y la supresión de la disidencia, socavando los principios democráticos y las libertades civiles. Por otro lado, se les recrimina que producen ineficiencias, emplean disfuncionalmente los recursos y generan estancamiento en lugar de progreso. Sin embargo, la planificación estratégica, la asignación de recursos y la dirección eficaz que entrañan los planes quinquenales no son conceptos inherentemente negativos ni opuestos a los sistemas democráticos. Buen ejemplo de ello es el caso de Singapur, que planificando e implementando estrategias a largo plazo ha generado progreso social, desarrollo económico y sostenibilidad ambiental en su territorio. En el caso chino, el arte de planificar a largo plazo se ha combinado con la “gestión por resultados” y la “teoría de la complejidad” permitiendo que sus planes quinquenales sean más dinámicos y, sobre todo, efectivos. Esta flexibilidad de los planes que trazan, les permite adaptar respuestas a desafíos dinámicos como la urbanización, la innovación tecnológica o el cambio climático. Por ejemplo, los planes de asociación público-privada han sido muy exitosos en su desarrollo tecnológico o en la dinamización de su mercado interno y en la internacionalización de sus empresas. No es magia, es planificación y perseverancia en la ejecución de lo planificado.


Viñeta sobre los planes quinquenales chinos (Fuente: Insurgente)
Aunque desde occidente está visión largoplacista sea algo ajeno o extraño, a los chinos les ocurre lo mismo pero al revés. En Pekín, acostumbrados a planes quinquenales y una estabilidad política prolongada, les cuesta horrores trabajar con líderes occidentales que no saben si los tratados o acuerdos que negocian con China serán aprobados en la correspondiente sede parlamentaria o mantenidos por futuros gobiernos de siglas diferentes a los interlocutores que están sentados en la mesa de negociación. Los chinos desdeñan esa imprevisibilidad de occidente, donde las decisiones pueden revertirse con cada ciclo electoral, dificultando la creación de acuerdos duraderos y confiables. Mucha de esta inclinación chinesca por la estabilidad y la predictibilidad encuentran su raíz en el confucianismo. Esta filosofía constata que el ser humano tiende a cumplir las reglas sociales y a comportarse de forma previsible conforme a ellas. Disponer de un orden, de un sistema y de unos ritmos nos protege del caos y facilita nuestra vida. Somos seres rutinarios y aunque el futuro nos sea desconocido, tener planificada una ruta nos permite tomar decisiones informadas, mantener la estabilidad y alcanzar objetivos con mayor eficacia. En los sistemas occidentales, sujetos a citas cíclicas con las urnas, el reto radica en diseñar planes transquinquenales que requieren colaboración (pactos de Estado) entre las fuerzas políticas y marcos de consenso amplios. Solo así se podrá dar continuidad a políticas que no pueden depender de bandazos electorales ni partidistas: política educativa, innovación y desarrollo científico, política exterior de seguridad y defensa, de vivienda y urbanismo o energética y medioambiental. El cortoplacismo y la falta de estabilidad y previsión, limita la estabilidad y erosiona la legitimidad democrática. Deben priorizarse los intereses nacionales sobre los logros políticos a corto plazo, para que quien gobierne pueda trabajar en la persecución de objetivos a largo plazo preacordados. Aun así, como en China, es necesario que tenga cabida la flexibilidad y la adaptación a las circunstancias cambiantes, incorporando mecanismos de revisión periódica.
Tan pronto como el Partido Comunista Chino (PCCh) presenta públicamente un nuevo plan quinquenal, las comisiones de expertos, los comités técnicos, los grupos de trabajo y análisis que participan en la elaboración de cada nuevo plan, se ponen manos a la obra para confeccionar el siguiente. Se trata de una tarea muy compleja que les ocupará los siguientes 5 años. Primero analizan la evolución de la economía y la sociedad del país, examinando que ha funcionado y que no en los últimos 5 años, pero también en las últimas décadas. Luego organizan reuniones y conferencias con expertos de múltiples campos, líderes de diferentes sectores y miembros de la sociedad para recoger ideas, críticas y sugerencias. A partir de ahí, establecen una serie de metas claras para los próximos años en áreas clave como la economía, la tecnología, el medio ambiente o el bienestar social. Tras ello, determinan los proyectos en los que invertir, que industrias van a impulsar y que políticas van a implementar para conseguir los objetivos preestablecidos. Después redactan un borrador del plan que será sometido a revisiones periódicas mediante reuniones sucesivas hasta alcanzar un consenso. Luego el plan se aprueba en el Congreso Nacional del Pueblo para finalmente ponerlo en marcha bajo supervisión del Gobierno central que coordinará su implementación con los gobiernos locales y los diferentes ministerios. Y luego, vuelta a empezar.


Xi Jinping haciendo el juramento en el Gran Salón del Pueblo tras su reelección (Fuente: Cinco Días)
Henry Kissinger, exsecretario de Estado de EE.UU., decía que solo dos Estados en el mundo disponen de un plan a más de 100 años vista: China y el Vaticano. A pesar de las evidentes diferencias, ambos son un ejemplo de supervivencia ante los vaivenes históricos y la receta de ambos se basa en la planificación a largo plazo. Como indicó el exministro de exteriores de Singapur, George Yeo, las similitudes entre Roma y Pekín son cuantiosas: ambos operan bajo una autoridad centralizada, con una estructura jerarquizada que permite la estabilidad y la continuidad antes mencionadas. Además, más allá de sus enormes diferencias, tanto el Vaticano como China se sienten orgullosos de su tradición histórica y emplean estilos de liderazgo centralizados en una persona. Son muchos los parecidos entre ambas naciones y su influencia alcanza, de un modo u otro, a un quinto de la humanidad. Por no hablar de que están dirigidos por una persona a la que no elige la comunidad, sino una cúpula selecta. Como dijo el escritor británico G. K. Chesterton: “Aunque el mundo cambie, la misión de la iglesia sigue inalterable”. Máxima que bien podría emplearse para el PCCh y China.
“Sobrestimamos la tecnología en el corto plazo y la subestimamos en el largo plazo” escribió Arthur Clarke en 2001. Una odisea en el espacio. Esta frase es muy actual a pesar de haberse escrito hace más de 75 años, ya que los planes a largo plazo en el siglo XXI ya no son un capricho, sino un imperativo. Ahora más que nunca, la aceleración y convergencia tecnológica exigen estrategias de largo recorrido. Además, la planificación estratégica sirve para atender una necesidad urgente que no puede tratarse de ninguna otra forma: el cambio climático. Solo con un horizonte a largo plazo podemos combatir a tiempo sus efectos y revertir algunos de ellos.
El Partido Comunista Chino presenta un plan maestro para convertirse en la nación más poderosa del planeta para el 2049, el primer centenario de la proclamación de la República Popular China, y de no ser así, muy seguramente lo conseguirá para el año 2121, en el que el Partido cumplirá 200 años. Esto lo pretende conseguir mediante la implantación de estrategias largoplacistas y con sus muy odiados en Occidente, planes quinquenales. Recordemos que ya en el siglo VI a.C., el griego Esopo empleaba la fábula de la carrera entre la liebre y la tortuga para remarcar la importancia de la paciencia y la perseverancia. Lenta pero paciente y decidida a no darse por vencida, la tortuga (China) acabó ganando la carrera a la liebre (Occidente) que, demasiado confiada, dormía plácidamente.
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