Entre recuerdos y circuitos: los secretos del cerebro y la mente humana
Artículo basado en libro: "A vivir la ciencia: las pasiones que despierta el conocimiento" de Pere Estupinyà.
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Qué caprichosa es la memoria, ¿verdad? A veces nos resulta complejo recordar lo que cenamos anoche, pero no somos capaces de olvidar las humillaciones a las que nos sometía el bully del colegio en 3º de la ESO, y eso que han pasado muchos años de aquello. Aunque tengamos cierto control sobre nuestra memoria y aprendizaje, la mayoría de las veces es nuestro cerebro inconsciente y caprichoso el que decide que recordar y que no. Y no lo hace con mala intención, ya que decide que recordar en función de lo que considera importante. Pero, ¿cómo valora esa importancia? Algunos de los métodos que emplea para la valoración no son desconocidos, pero de algo estamos seguros: el cerebro determina que recordar y que no en función de nuestras emociones, ya sean positivas o negativas.
Lo primero que debemos tener en cuenta sobre la memoria es que el cerebro no guarda información de manera fidedigna. Por ejemplo, todos recordamos nuestro primer beso, lo cual es lógico, ya que tuvo un enorme impacto emocional en nosotros, pero, ¿cómo lo recuerdas? Lo más probable es que lo recuerdes como una escena de una película en la que tú estabas incluido, como si una cámara la hubiera grabado. Pero eso es imposible, ya que tú no te estabas viéndote a ti mismo en ese momento. Se trata de una mera reconstrucción, una memoria inventada, ya que si la memoria fuese realmente fidedigna, lo que recordarías sería un plano muy cercano de una nariz y un par de ojos cerrados (o abiertos, cada uno besa como quiere). El cerebro actúa como si tuviera voluntad propia, se inventa excusas para buscar nuestro bienestar y luego emplea la razón para justificarse. Aunque creas que razonas de forma consciente para tomar una decisión, en realidad lo haces de forma inconsciente y luego la justificas usando la razón. Seguro que recuerdas o aunque sea te suena el experimento de Libet, pero si no es el caso por los caprichos de tu memoria, te lo recuerdo. En la década de 1980, el fisiólogo Benjamin Libet se cuestionó si el libre albedrío era real o solo una ilusión. Para comprobarlo, elaboró un experimento para determinar si la decisión consciente de realizar una acción se origina realmente en la conciencia o el cerebro toma esa decisión antes de que seamos conscientes de ella. Para ello, Libet pidió a un grupo de voluntarios que realizaran un movimiento simple, como flexionar la muñeca. Mientras tanto, los sujetos de estudio estaban conectados a un electroencefalograma que registraba la actividad eléctrica de su cerebro. Al mismo tiempo, se les mostraba un reloj para que anotaran el momento exacto en el que tomaban la decisión consciente de flexionar la muñeca. Antes de que los participantes sintieran conscientemente la decisión de mover la mano, en su cerebro ya se había registrado un aumento de la actividad eléctrica. Concretamente, entre 300 y 500 milisegundos antes de registrar la decisión consciente reportada por el sujeto de estudio. El cerebro “decidía” antes de que la persona fuera consciente de decidirlo. Aunque Libet no negaba totalmente el libre albedrío, si que parece que el cerebro puede actuar de forma inconsciente de forma previa a que nuestra conciencia actúe. Pero continuemos con la memoria.


Grafico del Experimento de Libet que demuestra la actividad cerebral previa a la toma de decisión (Fuente: Wikipedia)
¿Cómo se fija la memoria? ¿Qué cambios hay en el cerebro? De momento, por desgracia, no está claro. La teoría más aceptada se basa en que cualquier experiencia que estemos teniendo genera unas conexiones (sinapsis) entre neuronas que se mantienen durante el tiempo suficiente para dar continuidad a nuestras acciones; es decir, unos minutos. Luego, si se produce alguna sorpresa, emoción o repetición, estas conexiones se refuerzan y forman un patrón más sólido que se copia a otras zonas del cerebro y permanecen ahí durante un tiempo más largo. Por ello, aunque puede que no recuerdes lo que cenaste anoche, es posible que recuerdes lo que cenaste hace un par de semanas en un restaurante con la primera cita de la chica o chico que te gusta, ya que esa cena tuvo un impacto emocional en tu memoria. Luego, si esas conexiones son reforzadas cuando las rememoras varias veces o tienen un gran impacto emocional, el patrón de química neuronal se graba permanentemente en tu memoria. Sin embargo, existe otra teoría que está ganando mucha fuerza últimamente: los eneagramas o diagramas neuronales. Según algunos científicos como Tonegawa del MIT, como máximo exponente, la codificación de un recuerdo no es tanto un patrón sináptico como un patrón de conexiones entre redes neuronales. Es decir, los diagramas de memoria serían algo así como los patrones de conectividad neuronal, con los que se almacenan los recuerdos, y desafía la teoría más aceptada sobre la importancia de las sinapsis neuronales.
Los investigadores que estudian la memoria han demostrado que existen recuerdos totalmente falsos. La primera en demostrarlo fue Elizabeth Loftus, quien, hace unas décadas, analizó 300 casos de personas que habían estado en prisión por crímenes que después se demostró que no habían cometido. El 75% de estos casos se debían a memorias falsas del acusador, algo que tuvo enormes repercusiones en el sistema penal. Además, Loftus también confirmó la posible implantación de recuerdos falsos mediante la recreación de una historia a través de un proceso de imaginación guiada. Es decir, que un buen embaucador puede implantar recuerdos falsos en tu cerebro. Pero, ¿cómo de frecuentes son estas memorias falsas? Aunque no se sepa a ciencia cierta, el neurocientífico Juan Lerma admitió que son muchísimas más de las que imaginamos. Aún así, matizó que solo estaba hablando de memorias declarativas y no de otros tipos de memoria inconsciente como la motora. Ahora analizaremos algún estudio sobre otras curiosidades de nuestro cerebro.


Mecanismo de sinapsis neuronal (Fuente: Wikipedia)
En una investigación publicada en la afamada revista Science sobre el aburrimiento, el equipo de investigadores estadounidenses reclutó un grupo de voluntarios a los que encerró a solas en una habitación vacía durante 15 minutos. Bueno, en realidad en la habitación había una máquina que daba pequeñas descargas eléctricas. Aunque todos los voluntarios habían afirmado de forma previa que preferirían pagar una cantidad de dinero a recibir las descargas, el aburrimiento fue más poderoso. Al estar durante 15 minutos en esta habitación sin hacer nada, el 67% de los hombres y el 25% de las mujeres terminaron autoinfligiéndose la descarga. Prefirieron el dolor al aburrimiento. En otro experimento similar, tras recluir a los voluntarios en un habitación vacía durante 15 minutos, a la salida de la misma les preguntaron: “¿Qué preferirías, repetir otra sesión de 15 minutos o una inofensiva pero ligeramente dolorosa descarga eléctrica?” Muchos prefirieron la descarga, incapaces de soportar la situación de estar a solas con sus pensamientos una vez más. Estos estudios demuestran que vivimos en una sociedad sobrecargada de estímulos, y que cada vez nos cuesta más soportar el aburrimiento, lo que conlleva a una pérdida de creatividad y de bienestar psicológico, ya que disminuyen los momentos de divagación, que los psicólogos asocian a una mejor salud mental. De hecho, los niños actuales prácticamente no se aburren y varios estudios han demostrado que tantas distracciones afectan al desarrollo de sus capacidades cognitivas como la concentración y la paciencia. La industria del entretenimiento explota estas nuevas debilidades como bien representan algunos software de nuestros móviles. Estos programas son capaces de detectar cuando nos estamos aburriendo (percibe que usamos demasiado las redes sociales o revisamos las mismas webs de forma errante) para enviar notificaciones que nos ofrecen novedades estimulantes. Estamos perdiendo el aburrimiento y esto no es bueno, ya que repercute en el funcionamiento óptimo del cerebro. Por esta razón se está poniendo de moda el “Brain Training”.
El “Brain Training” o gimnasia cerebral hace referencia a los ejercicios para cuidar y mejorar las capacidades de nuestro cerebro. Es algo análogo a ir al gimnasio para cuidar nuestro físico, y parece ser que es igual de efectivo, pero todavía faltan evidencias científicas para asegurarlo. Como ya sabemos el cerebro muestra cierta plasticidad; es decir, es capaz de modificar las conexiones neuronales y crear nuevas, por lo que si realizamos ejercicios para fortalecer nuestra memoria a corto plazo (o memoria de trabajo) dicha capacidad cognitiva se verá favorecida, algo que sí que está demostrado. Y lo mismo ocurre con ejercicios cognitivos para mejorar nuestras capacidades de atención, concentración o creatividad. Ya se ha demostrado que si hacemos ejercicios para mejorar una capacidad específica ésta se ve favorecida, pero lo que todavía no sabemos es si mejoran de forma indirecta otras capacidades cognitivas relacionadas. Si dejamos de lado las enfermedades neurológicas y psiquiátricas como el párkinson, la esclerosis múltiple, el trastorno bipolar o la depresión, podemos concebir el cerebro como un órgano que envejece mejor o peor en función de cómo lo cuidemos. De hecho, el latinismo “mens sana in corpore sano” es real. Se ha demostrado que una dieta rica en grasas saturadas, el consumo de tabaco y alcohol y el “sedentarismo mental” influyen negativamente en el estado del cerebro. Sin embargo, en cuanto a qué ejercicios son los mejores para cuidar nuestra salud cerebral, todavía no hay consenso. ¿Qué es mejor, pasar 15 minutos meditando o aprender un nuevo idioma? No se sabe todavía, pero un grupo de investigadores franceses está desarrollando un macroestudio que pretende medir justamente eso. Por ejemplo, sabemos que el ejercicio físico mejora la neurogénesis y la oxigenación sanguínea, lo cual es beneficioso para el cerebro; sin embargo, no sabemos si esa mejora es mayor o menor que otras actividades.


Debido a este auge de los ejercicios para la mejora de nuestra salud cerebral, se ha planteado un nuevo dilema: ¿podemos impulsar esta protección y potenciación cognitiva con tratamientos farmacológicos o estimulación cerebral? Todo el mundo sabe que tu lucidez mejora al tomar una taza de café, y que un exceso de alcohol empeora la coordinación de movimientos, por lo que es evidente que las sustancias que recorren tu sangre afectan a tu mente. El caso es que se ha observado que diversos fármacos para potenciar la concentración en personas con déficit de atención, también resultan positivos en en personas sin ese trastorno. Esto está abriendo un nuevo camino a una tercera generación de neurofármacos para mejoras cerebrales o “neurodoping” que pueden resultar muy beneficiosos. Aunque también abren un dilema ético sobre su empleo en los estudios o el trabajo. Nadie se va a quejar porque el cirujano que le opera se tome uno de estos fármacos para estar más concentrado en la intervención quirúrgica pero, ¿nos quejaríamos si no se lo toma?, ¿se consideraría dopaje que un futbolista se entrene con estimuladores transcraneales para mejorar su tiempo de reacción en unos milisegundos?
El creador y presidente del Foro Económico Mundial, Klaus Schwab, afirmó que estamos viviendo una cuarta revolución industrial. Si las tres primeras revoluciones modificaron nuestro entorno y cambiaron la forma en la que hacemos las cosas, la cuarta, según Schwab, nos cambiará a nosotros. Lo que define esta revolución es la fusión del humano y la tecnología, del cuerpo y la máquina. En la primera revolución industrial del siglo XVIII, la máquina de vapor permitió la mecanización y las fábricas; en la segunda, desde finales del siglo XIX, la electricidad facilitó nuestras vidas y mejoró la producción en masa. La tercera, desde mediados del siglo XX, trajo consigo la informática, el internet y el mundo digital en el que estamos inmersos. Las sociedades humanas han cambiado más en los últimos 200 años que en toda la historia anterior. Con está cuarta revolución industrial se espera la fusión entre lo orgánico y lo tecnológico, de forma que se diluyan las fronteras entre lo biológico y lo digital, y si no te lo crees, busca información sobre lo que está haciendo Elon Musk con su empresa Neuralink. Es algo que asusta y asombra al mismo tiempo.
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