Ganadería y antibióticos: Una bomba de relojería
Artículo basado en el libro: "Superbacterias" de José Ramos Vivas.
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Uno de los grandes problemas sanitarios de la actualidad se basa en el uso desmedido que estamos haciendo de los antibióticos. No porque el empleo de estos medicamentos altere nuestra flora intestinal (que lo hace) ni porque su producción suponga un impacto medioambiental (que lo supone), sino porque cuando abusamos de los antibióticos, estamos favoreciendo la aparición de ciertas bacterias resistentes a estos. Las bacterias presentan una elevada tasa de división celular (se reproducen muy rápido), y a medida que se van replicando, como la maquinaria encargada del proceso no es perfecta, surgen mutaciones en sus genes. Algunas de estas mutaciones pueden hacer que la bacteria en cuestión disponga de un mecanismo que evite el efecto mortal de los antibióticos sobre ella. En esta cuestión no tenemos nada que hacer, es simple evolución. Sin embargo, al utilizar de forma abusiva los medicamentos, estamos acabando con las bacterias “normales” y favoreciendo la proliferación de los mutantes resistentes. Estamos creando una presión selectiva artificial que hace que cada vez haya más bacterias resistentes a los antibióticos. Por suerte, disponemos de diferentes familias de antibióticos (atacan diferentes partes o procesos de las bacterias), y cuando uno no funciona, se puede emplear otro para el que, tal vez, la cepa en cuestión que estamos atacando no muestre resistencia. Pero por desgracia, a día de hoy, ya han pasado varios años desde que hemos descubierto bacterias panresistentes; es decir, bacterias capaces de resistir cualquier antibiótico de nuestro botiquín. Espero que no haga falta aclarar la magnitud de este problema, para ello solo haría falta imaginar una pandemia de una bacteria para la que no tenemos antibiótico, las consecuencias serían catastróficas. Además, este uso abusivo de antibióticos no solo se da en la salud humana, sino que se está haciendo lo mismo con los animales que cría la industria ganadera. En este artículo analizaremos esta problemática concreta, pero antes, veamos un poco de su historia.
Tras la Segunda Guerra Mundial, los granjeros y veterinarios de EE.UU. comenzaron a hacerse una pregunta acerca del milagroso descubrimiento de Fleming que tantas vidas salvó en la contienda, la penicilina. ¿La penicilina también será eficaz en los animales? se preguntaron, y por supuesto que lo era. Los granjeros querían saber si la penicilina podría emplearse para tratar las diferentes enfermedades de su ganado, como la mastitis de las vacas. Cuando empezaron a utilizar este antibiótico en sus animales, pronto observaron que este era más eficaz que cualquier tratamiento que habían empleado con anterioridad. Posteriormente, varios de los nuevos antibióticos descubiertos también empezaron a utilizarse en ganadería, y los científicos empezaron a experimentar con ellos. En uno de estos estudios llevados a cabo por los científicos de la Universidad de Wisconsin en 1946, se observó que cuando los pollos eran alimentados con un pienso enriquecido con antibióticos (como la estreptomicina), las aves engordaban más que al emplear un pienso normal. Imagina la alegría de los ganaderos. ¡Habían descubierto un aditivo para el pienso que engordaba a sus pollos! Este efecto se atribuyó inicialmente a que los antibióticos estaban eliminando bacterias del tracto digestivo de los animales, que estarían produciendo sustancias tóxicas y secuestrando vitaminas que los pollos necesitaban para su crecimiento. Al desaparecer las bacterias, desparecían las sustancias tóxicas y se recuperaría la disponibilidad de las vitaminas y otros nutrientes. Aunque los granjeros se pusieron como locos con este descubrimiento, en un principio no se enteraron, ya que los científicos encargados de la investigación no le dieron mucha importancia al pequeño aumento de peso. Pero todo cambió cuando apareció Thomas Hughes Jukes.


El nutricionista y genetista Thomas Hughes Jukes (Fuente: Journal of nutrition)
Thomas Hughes Jukes, tras doctorarse en Bioquímica en la Universidad de Toronto y una etapa postdoctoral en las Universidades de Berkeley y Davis (California), fue contratado por el conglomerado de empresas químicas Lederle-Cyanamid, cuya mayor parte pertenece actualmente al gigante farmacéutico Pfizer. En 1949, Jukes andaba a la busca de una fuente de vitaminas que pudiera añadirse de forma fácil y barata al pienso de las aves de corral. Por aquel entonces, la mayoría de estas aves eran alimentadas con piensos de harina de soja y proteínas vegetales que carecían de una cantidad suficiente de vitamina B12 que beneficia el crecimiento animal. Gracias a un estudio de los laboratorios Merck, que habían conseguido cristalizar la vitamina en cuestión, en el que afirmaban que al administrar la vitamina B12 en piensos deficitarios en este compuesto los pollos engordaban más, Jukes consiguió solventar su problema. En esa época, la principal fuente de vitamina B12 era el hígado, que se usaba principalmente en el tratamiento de pacientes con anemia, por lo que Jukes y su equipo decidieron buscar una nueva fuente. Si quieres saber si algo tiene vitamina B12, no hay nada mejor que alimentar un cultivo de Lactobacillus lactis con ese algo, ya que esta bacteria crece muy bien con este nutriente. Entre otras muchas cosas, Jukes y su equipo empezaron a alimentar los cultivos de L. lactis con bacterias como Mycobacterium smegmatis y cultivos de varias especies de Streptomyces, para comprobar si estas especies eran buenas fuentes de vitamina B12. Jukes se alegró mucho al descubrir que Streptomyces griseus producía esta vitamina en abundancia.
El doctor Jukes se dio cuenta de que muchas bacterias que producían antibióticos eran cultivadas en grandes tanques de fermentación y que, tras la extracción de los antibióticos, dejaban una especie de bagazo (residuo sólido fibroso) compuesto principalmente por una gran masa de bacterias exprimidas. Imagínate el descubrimiento, la fuente de vitaminas tan ansiada por Jukes podía obtenerse de los residuos de la industria farmacéutica. Cuando Jukes realizó un experimento en el que enriquecía el pienso de los pollos con el bagazo de un fermentador de Streptomyces aureofaciens, descubrió que los pollos crecieron bastante más que cuando se alimentaban con una dieta sin este suplemento. En sus resultados publicados en 1949, mostraba que, además de la vitamina B12, había otro factor que debía ser el responsable de crecimiento extra de los pollos ¿Puedes adivinarlo? Efectivamente, los antibióticos. En el bagazo del fermentador quedaban pequeñas cantidades de clorotetraciclina, el antibiótico que se estaba produciendo y que no había conseguido extraerse en el proceso de purificación. Rápidamente, Jukes y su equipo empezaron a probar con pequeñas cantidades de otros antibióticos y a emplear otros animales para sus estudios. Del pollo pasaron al pavo, de ahí al cerdo y luego al ganado vacuno. Estos animales tomaban pequeñas dosis de antibióticos durante semanas o meses, algunos incluso durante su corta vida antes de ser sacrificados. Además, como estos medicamentos empleados en pequeñas dosis, también eran empleados en dosis mayores cuando el ganado enfermaba, empezaron a utilizarse en grandes concentraciones tanto para cuando el ganado enfermaba como para el engorde.
El descubrimiento del poder promotor del crecimiento de los antibióticos coincidió en la década de los 50 con el descubrimiento de nuevos moléculas antibióticas, lo que aumentaba la variedad de compuestos a estudiar. Algunos de estos experimentos se realizaron en cabinas conocidas como aparatos Gustafsson, que permitían alimentar a pollos en condiciones estériles, y así poder apreciar la influencia real de los antibióticos en el crecimiento. Lo cierto es que la mayoría de estos estudios advertían de que se necesitaba repetir los experimentos un número considerable de veces para obtener conclusiones válidas, pero esto no importó a la industria. Muchos de los estudios de aquella época (en algunos casos con muy poco rigor científico) mostraron un aumento de peso del 4-5%, otros tenían un 10% y los más optimistas hasta un 12,5%. Por lo que en el caso de, por ejemplo, el 10% de aumento de peso, por cada 100 kg de carne producida, obtendrían 10 kg extra, una cifra nada desdeñable si la extrapolamos a la ingente cantidad de carne producida por la industria alimentaria. Gracias a estos descubrimientos, el pienso con antibióticos alimentó a millones de animales de la industria ganadera durante décadas, y no solo en EE.UU., sino por todo el mundo.


Aparato Gustafsson empleado para criar animales en condiciones estériles (Fuente: Healthmanagement)
Lo peor de esta historia es que las autoridades “competentes” no contemplaron estas dosis de antibiótico como terapéuticas, sino como nutricionales, legislando a favor de su utilización y dando barra libre a su uso sin ningún reparo durante décadas. ¿Que podía esperarse del uso de pequeñas dosis de antibióticos en los piensos de los animales? Pues como he mencionado al inicio del artículo, la aparición de una cantidad enorme de bacterias resistentes a esos antibióticos, y no solo en las granjas. Piensa que, por ejemplo, una vaca produce 100 veces más excrementos que un ser humano, y en sus heces la concentración de antibióticos aumenta en comparación con el pienso. Ahora imagina una pradera con cientos o miles de vacas y todos los excrementos que producen, con su alta concentración de antibióticos y sus bacterias que, muy probablemente, hayan desarrollado resistencia. Pues estos excrementos, con sus antibióticos y bacterias resistentes, suelen acabar en los ríos, permitiendo que estas bacterias se diseminen por un área enorme, ¿Ves el problema? Las granjas con animales alimentados con antibióticos está creando un ejército de bacterias que son capaces de resistir a la mayoría de las armas de las que disponemos para enfrentarlas. Una completa locura, pero esto va más allá. Cuando pensamos en ganadería, a la gente se le suelen olvidar los peces y las piscifactorías. Mientras que con una vaca o un cerdo enfermo resulta sencillo administrarle sus medicamentos, en el caso de los peces es algo inviable, por lo que los tratamientos con antibióticos en las piscifactorías se suelen realizar a toda la población. De esta forma, todas las bacterias presentes en el agua quedan expuestas a los antibióticos, lo que favorece enormemente la proliferación de bacterias resistentes. De hecho, esta práctica descontrolada de añadir antibióticos no solo se ha realizado durante décadas con peces, sino también con crustáceos y moluscos. Pero lo peor de todo es que se sigue realizando a día de hoy en algunos países.
¿Nadie se dio cuenta de este desmadre? Lógicamente sí, y las primeras voces de alarma fueron tan tempranas como el surgimiento del problema. En la década de los 50, tras unos pocos años de aplicación “nutricional” de los antibióticos en piensos animales para su engorde, se empezaron a publicar diversos informes sobre la problemática. Entre 1968 y 2011, por lo menos 15 informes de entidades internacionales como la FDA, la OMS, la Academia Nacional de Ciencias Americana, la FAO, la Comisión Europea etc. alertaron una y otra vez del peligro de alimentar a los animales con piensos enriquecidos con antibióticos. Varios de ellos, criticaban el rigor científico con el que se había demostrado el efecto sobre el crecimiento (engorde) animal. A partir de estos informes, en países como Reino Unido se estableció una legislación sobre el tema, en la que se establece una larga lista de antibióticos que sólo podrían obtenerse mediante receta. La legislación también indicaba que los antibióticos sólo debían administrarse a los animales como mucho hasta los 3 meses de vida, pero no en adultos. Y por último, que el uso terapéutico de los antibióticos en el ganado necesitaría la supervisión de un veterinario colegiado. Como ocurre siempre que se establece una regulación en la industria que pueda afectar al bolsillo de los dueños, las quejas no tardaron en aparecer. ¿Adivinas quién fue uno de los principales quejicas? Thomas Jukes, el promotor de la “estimulación del crecimiento” del ganado con antibióticos. Jukes defendió con uñas y dientes la veracidad de sus experimentos hasta la década de los 70, argumentando el gran beneficio económico que aportaban. Además, se defendió minimizando el problema de las bacterias resistentes aludiendo que eran infrecuentes y que no provocaban ningún efecto sobre los consumidores. Un pequeño dato que contrasta su teoría: en 1956, la FDA tomó varias muestras de envases de leche que se vendían en los supermercados, el 11% dio positivo en presencia de antibióticos. Pero eso no era todo, algunas de estos envases de leche tenían una concentración tan alta de penicilina que, si tenías una infección y tomabas esa leche, podrías curarte, ¡Acojonante!


Evolución del uso de antibióticos en ganadería en algunos países europeos (Fuente: European Medicines Agency)
A pesar de las alertas, en 1980 nadie tenía las cosas totalmente claras en este asunto. Además, ese mismo año, la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos publicó un informe en el que no eran capaces de demostrar la correlación entre uso de pequeñas dosis de antibióticos en el pienso animal, con la aparición de enfermedades en humanos. Imagina la alegría del lobby de la carne. Aun así, con la intención de guardarse sus espaldas, las empresas empezaron a vetar el paso de personas por las granjas, en especial a aquellos que quisieran tomar muestras de los animales para conseguir correlacionar lo que el informe no pudo. De hecho, este informe mencionaba que no disponía de suficientes datos como para afirmar que no existía ningún peligro, y tras su publicación, las empresas tampoco permitían el recabado de estos datos. Por si esto fuera poco, en EE.UU. cada granjero hacía lo que le daba la gana, y en muchas ocasiones, las dosis de antibióticos subterapéuticos (para engorde) eran las mismas que las dosis terapéuticas (para tratar animales enfermos). Aun así, este informe sí que dejó un par de cosas claras. Primero, el uso de antibióticos había aumentado el número de cepas de E. coli y Salmonella resistentes a los antibióticos. Y que cuanto más tiempo eran expuestos los animales a estos antibióticos, mayor era el número de estas bacterias resistentes aisladas en los intestinos de los animales. Segundo, que las personas que estaban en contacto directo con estos animales tenían más bacterias resistentes en sus intestinos que los que no tenían ese contacto. Lógicamente esto no gustó a los granjeros. Tercero, los trabajadores de los mataderos que sacrificaban animales alimentados con antibióticos, tenían las mismas bacterias resistentes que los animales que sacrificaban. En el informe también se observaba como en Reino Unido, tras imponer las restricciones al uso antibióticos en ganadería arriba mencionadas, el comercio de estos antibióticos no había descendido, todo lo contrario, había aumentado. Pero como no se había relacionado la alimentación con antibióticos con enfermedades causadas en humanos, no se tomó ninguna medida.
En 1976, la prestigiosa revista científica Nature, publicó un estudio en el que los investigadores administraron cepas E. coli sin resistencia a diversos pollos, para observar lo que ocurría con ellas cuando los animales se alimentaban con piensos con antibióticos. A las pocas horas, los pollos ya estaban defecando esas mismas bacterias con resistencia a los antibióticos con los que se las alimentaba. ¡En unas pocas horas! Pero la cosa va más allá. Cuando juntaron estos pollos con otros que no se habían alimentado con antibióticos, y por lo tanto no mostraban bacterias resistentes en sus heces, con el paso del tiempo y debido al contacto entre los pollos, los segundos empezaron a defecar bacterias con resistencia. Todo tan solo en unos pocos días de coexistencia. Unos meses después, los mismos investigadores publicaron un estudio que revelaba que estas bacterias resistentes, también estaban presentes en los trabajadores de las granjas, incluso se reportó la presencia de estas bacterias en los intestinos de los vecinos de las granjas que ni siquiera trabajaban allí. Esto demuestra lo fácil que pueden diseminarse las bacterias resistentes a los antibióticos.
En 1984, Stuart Levy publicó un estudio en la revista científica The New England Journal of Medicine en el que demostraba la relación entre un brote de Salmonella en humanos y las salmonellas aisladas en ganado alimentado con dosis bajas de antibióticos. Ya estaría, ya se había demostrado la correlación a la que no pudo llegar el informe de la Academia Nacional de las Ciencias de EE.UU. Sin embargo, Thomas Jukes y varios veterinarios salieron a criticar fuertemente este estudio, se negaban a pensar que por culpa de “unos pocos” casos de salmonelosis en humanos hubiera que prohibir el uso de antibióticos como aditivos en los piensos. Levy desmontó los argumentos de Jukes en una gloriosa carta cuya última frase decía así: “El uso de antibióticos de amplio espectro para promover el crecimiento es hoy en día anacrónico, sobre todo cuando ya hay disponibles medidas alternativas para criar a los animales”. Mientras tanto, Suecia prohibió en 1987 el uso de todos los antibióticos como promotores de crecimiento en los animales de granja. Sin embargo, a partir de los años 90, cuando el ser humano ya llevaba 40 años favoreciendo el aumento vertiginoso de bacterias resistentes, la cosa comenzó a írsenos de las manos. En Dinamarca y Alemania aparecieron bacterias del género Enterococcus resistentes a la vancomicina en granjas de pollos y cerdos donde se empleaba el antibiótico avoparcina. Como la vancomicina y la avoparcina tienen estructuras similares, las bacterias habían conseguido desarrollar resistencia al primero al ponerse en contacto con el segundo, ¡Habían desarrollado una resistencia cruzada! En 1993 y 1994, científicos del hospital de John Radcliffe y de la Universidad de Oxford publicaron una carta al director de la revista The Lancet en el que informaban de que habían descubierto cepas aisladas de sangre y orina de pacientes del hospital idénticas a las cepas que habían aislado en cerdos. Esto dejaba en evidencia que animales expuestos a determinados antibióticos servían claramente como reservorios de bacterias resistentes a estos antibióticos y, posteriormente, esas cepas eran seleccionadas en el hospital donde usaban cantidades masivas de esos mismos antibióticos. Las pruebas eran claras, y estas se confirmaron cuando Dinamarca prohibió el uso de avoparcina en ganadería, ya que en poco tiempo, el número de cepas de Enterococcus resistente a vancomicina disminuyó. Además, este país restringió los beneficios que los veterinarios obtenían al recetar antibióticos, lo que favoreció un descenso vertiginoso del consumo de estos medicamentos. Sin beneficio no hay negocio.


Stuart B. Levy, el microbiólogo que dio la voz de alarma sobre el uso abusivo de antibióticos en ganadería (Fuente: The Washington Post)
Lógicamente, al lobby farmacéutico y ganadero estas publicaciones y leyes no les agradaron. De hecho, las compañías que vendían avoparcina, trataron de meter miedo a la Unión Europea diciendo que la prohibición de los antibióticos en los piensos podrían hacer subir el precio de la carne hasta un 25%. Europa no hizo caso y prohibió la avoparcina en todo su territorio en 1997. La supuesta subida de los precios de la carne prevista por las farmacéuticas nunca se materializó. Por suerte, la avoparcina sólo se empleaba en Europa, y en EE.UU. no aparecieron cepas resistentes a Enterococcus en el ganado debido a este antibiótico. Pero esto tiene truco, ya que EE.UU. utilizaba (y utiliza) muchos otros antibióticos, entre ellos la virginiamicina que induce resistencia cruzada a la vancomicina y a las estreptograminas. Esto hizo que los norteamericanos, en tan solo 27 años, pasaran de una tasa de aislamiento de Enterococcus resistentes a vancomicina de 1%, a una tasa del 80%. Es decir, de cada 100 bacterias de este género que se aislaban, 80 eran resistentes. Todo esto no solo representa un grave problema para la población general, sino que los ganaderos y los veterinarios están terriblemente expuestos a estos patógenos resistentes. Por ejemplo, un estudio realizado entre 1983 y 2005, llegó a medir una densidad de bacterias en las instalaciones de aire de macrogranjas de 10.000.000 bacterias por metro cúbico, como un 80% sean resistentes, la supervivencia de los ganaderos representa un auténtico milagro. En otro estudio en el que participaron 30 estudiantes de veterinaria que realizaban prácticas en granjas de Iowa, se demostró que en las fosas nasales de todos ellos estaba presente una cepa de Staphylococcus aureus resistente a meticilina.
Por suerte, en muchos casos estas bacterias desaparecían tras 24 horas. Por suerte para nuestras sociedades, en Europa, el uso de antibióticos como promotores del crecimiento en animales de granja se ha ido prohibiendo desde 1997 hasta 2006. Además, se han incrementado las medidas de higiene en las granjas y se han aumentado las medidas de control para que ni los residuos de antibióticos ni las bacterias resistentes lleguen al consumidor. También se han desarrollado programas educativos para veterinarios y granjeros para concienciarlos sobre un uso adecuado de los antibióticos. Por desgracia, un ganadero siempre va a desear que sus animales estén sanos, por lo que los animales siguen recibiendo dosis de antibióticos de forma profiláctica o terapéutica. Además, estos datos no suelen ser compartidos por los ganaderos, algo lógico ya que ahora, si hay antibióticos, significa que hay una enfermedad, y enfermedad y consumo humano no casan muy bien de cara al consumidor. También está el problema de que muchos veterinarios trabajan en grandes empresas que buscan el beneficio económico por encima de todo. Además, como las granjas están masificadas, cuando unos pocos animales enferman se trata a toda la granja con antibióticos, dando un tratamiento metafiláctico a lo bestia.
Actualmente, muchos hospitales han dejado de servir comida proveniente de animales alimentados con antibióticos, previniendo la potencial transferencia de genes de resistencia. Importantes cadenas de comida rápida como Taco Bell, McDonald's, Subway o KFC han hecho lo propio. Por desgracia, el origen de la carne de una hamburguesa es difícilmente trazable, y algunos productos que venden estas cadenas de comida rápida pueden provenir tranquilamente de hasta 100 animales distintos. Para concluir el artículo, mencionaré un estudio de 2007 que analizaba el impacto económico del uso de antibióticos como promotores del crecimiento animal en aves de corral de todo EE.UU. Los resultados eran claros, el uso de estos antibióticos no aportaba ningún impacto económico. Sustituyendo los antibióticos por más pienso el crecimiento era el mismo, y el coste del pienso extra se compensaba con el ahorro en los antibióticos. Es más, un estudio publicado por la Universidad John Hopkins concluyó que la adición de antibióticos al pienso suponía pérdidas económicas de unos 0,0093 dólares por pollo. A buenas horas, después de 6 décadas empleando estos piensos que seleccionan bacterias resistentes a los antibióticos, se enteran de que ha sido incluso perjudicial económicamente. Aun así, el lobby de la carne estadounidense es tan potente que puede contrarrestar cualquier estudio o noticia.
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