Jair Bolsonaro, el depredador del Amazonas

Artículo basado en el libro: "Piel blanca, Combustible negro: Los peligros del fascismo fósil" de Andreas Malm.

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En las elecciones presidenciales de 2018 en Brasil, Jair Bolsonaro era uno de los candidatos favoritos. Todas y cada una de las asociaciones empresariales lo apoyaron, incluso The Wall Street Journal respaldó su candidatura llamándolo “el drenador de pantanos brasileño”, una especie de replica sureña de Trump. Antes de su elección como presidente, Jair era popularmente conocido por su apoyo a la tortura, la dictadura militar y las matanzas de disidentes, por amenazar el cierre de las ONG y defender la relajación de las leyes sobre armas de fuego, y también por su odio hacia las personas LGTBI, su misoginia y su desprecio por las comunidades indígenas y afrobrasileñas. Pero a pesar de todas estas cualidades cuestionables en el presidente del cuarto país con mayor población del mundo, una de ellas destacaba sobre el resto; su completo desprecio hacia el medio ambiente. Esto, como veremos en este artículo, ha sido algo catastrófico para nuestro planeta.

Brasil tiene la soberanía sobre el 67% de los bosques tropicales húmedos del mundo; unos bosques que almacenan enormes cantidades de carbono emitido por el uso de combustibles fósiles. Sin embargo, desde finales de la década de los años 40, Brasil ha experimentado una “modernización” agrícola basada en un éxodo masivo de pequeños agricultores, la expansión de la cría de ganado y la apertura del terreno a la inversión extranjera. Esta incursión capitalista hacia el interior del país ha generado la tala rasa de vastos trechos de bosque atlántico y amazónico, y pasó a ser particularmente devastadora a partir de la década de los años 60, cuando la dictadura militar tan alabada por Bolsonaro aceleró el “desarrollo” por la fuerza. En los años siguientes, las motosierras y los bulldozers avanzaron sin descanso arrasando inmensas áreas del Amazonas para dejar hueco a los cultivos de soja y pasto para el ganado. Por suerte, la Amazonia tuvo un respiro de 2005 a 2012, durante los gobiernos de Lula y Dilma en los que se observó una desaceleración de esta deforestación gracias a las restricciones impuestas a los colonizadores de la soja y el ganado, la aplicación de leyes ante la tala ilegal y la designación de nuevas áreas protegidas. De hecho, algunos bosques incluso empezaron a recuperarse. En 2012, la tasa de deforestación era un 84% más baja que en el punto más álgido de 2004 y, como consecuencia, las emisiones totales de carbono disminuyeron en un 40%. Sin embargo, ese mismo año (2012) los ecos de la crisis de 2008 llegaron a Brasil con un desplome de los precios de las materias primas, acabando con la paz social e impulsando a los inversores a regresar al Amazonas para recuperar sus beneficios. Tras el golpe institucional contra Dilma en 2016, el gobierno provisional de derechas levantó las restricciones y convirtió los bosques tropicales húmedos de Brasil en un sumidero de carbono, es decir, en un lugar que emitía más carbono a la atmósfera del que absorbía.

Distribución del territorio de la Amazonia entre los países sudamericanos (Fuente: Historias del Mundo)

Durante su campaña electoral, Bolsonaro afirmó “Aún hay hueco para la deforestación en el Amazonas” y prometió relajar aun más si cabe las restricciones, distribuir licencias de tala a los emprendedores, abrir los territorios indígenas a la minería y expulsar del país a las ONG medioambientales como Greenpeace o WWF. La fracción de la industria de la soja y la ganadería apoyó incondicionalmente estas medidas, y por ende, a Bolsonaro. La ministra de Agricultura, Tereza Cristina Dias, elegida por Jair, era conocida informalmente como “la musa del veneno” por apoyar la ley para facilitar la aprobación de pesticidas químicos dañinos. Por no hablar de que tenía un extenso historial de colaboraciones comerciales con JBS, la empresa de procesado de carne más grande del mundo. ¿Conflicto de intereses? ¿Dónde? Tereza y Bolsonaro permitieron un incremento del 50% de la tasa de deforestación en el Amazonas en los primeros 3 meses del nuevo gobierno.

Todos estos datos resultan sorprendentes sobres todo porque las delegaciones de Brasil, en 1992 durante las primeras cumbres del COP (Conferencia de las Partes) sobre el clima, propusieron una medida de mitigación revolucionaria: los países industrializados deberían reducir sus emisiones de forma proporcional a su responsabilidad histórica por la subida de las temperaturas. La carga de abandonar los combustibles fósiles debía recaer sobre los países que habían quemado más y el cumplimiento de estos compromisos vinculantes debería traducirse en penalizaciones económicas. Posteriormente, estas multas se distribuirían entre los países en vías de desarrollo, que estarían temporalmente exentos de la obligación de reducir sus emisiones. Sin embargo, para sorpresa de nadie, la conocida como “propuesta brasileña” fue rechazada en Kioto (1997), ya que los países industrializados la veían como una medida injusta. En 2009, en la COP15 de Copenhague, Obama causó una conmoción mundial cuando propuso el abandono de los compromisos vinculantes (que eran pocos y muy moderados) y se sustituyeran por promesas voluntarias sin consecuencias legales. Vamos, que cada país podía hacer lo que le diese la gana ya que no habría ningún tipo de consecuencia. Todos los países en vía de desarrollo rechazaron esta propuesta y, entre las grandes potencias, tan sólo China, India, Sudáfrica y el Brasil de Lula la defendieron. En 2015, en la COP21 de París, la propuesta “Hagan lo que quieran si quieren” se convirtió en el axioma de referencia para la gobernanza climática mundial. A pesar de la tibieza extrema del COP21, Trump se retiró del Acuerdo de París, y Bolsonaro lo apoyó con un tuit sobre “las fábulas de invernadero” prometiendo que haría lo propio con Brasil. Sin embargo, más sorprendentes resultan las declaraciones de sus hijos y socios políticos. Carlos Bolsonaro, concejal en Río de Janeiro, afirmó que la Tierra se encuentra actualmente en mitad del periodo de enfriamiento más extremo de la historia; El senador Flavio Bolsonaro, calificó el calentamiento global de “un fraude”; Eduardo Bolsonaro, otro senador, difundió un video en el que salía en un paisaje nevado de EE.UU. y cuestionaba el calentamiento global. Ninguno de ellos tiene la más remota formación científica.

De izquierda a derecha: Eduardo, Jair, Flavio y Carlos Bolsonaro (Fuente: ABC)

Para la vicepresidencia del país Bolsonaro reclutó al general Hamilton Mourão, que afirmaba tener ascendencia indígena (spoiler: es mentira). En repetidas ocasiones el general atribuyó los problemas de Brasil a la herencia de “una cultura de privilegios de los ibéricos, la indolencia de los indígenas (sus supuestos antepasados) y el malandragem (un término que denota la holgazanería, la delincuencia menor y la falta de honestidad) de los africanos”. Como la formación social de Brasil es muy heterogénea, la inmigración no puede ser el objetivo de ataque de la extrema derecha como ocurre en Europa, con lo que Bolsonaro interpelaba a los blancos (la mayoría de sus votantes) para ponerlos en contra de los quilombolas (comunidades afrodescendientes de personas que escaparon de las esclavitud entre los siglos XVI y XIX y formaron asentamientos denominados quilombos) y las poblaciones indígenas. De esta forma, Bolsonaro consiguió apoyo para una de sus primeras medidas en el gobierno, requisar los territorios de las poblaciones indígenas para sorpresa, sorpresa… cultivar más soja y disponer de mayores territorios para la industria ganadera. Pocas horas después de jurar el cargo de Presidente de la nación, Bolsonaro firmó una orden ejecutiva en la que se transfería la regulación de dos tipos de territorios de la Amazonia al Ministerio de Agricultura: las tierras indígenas y los quilombos. De hecho, el nuevo presidente escribió un tuit en el que afirmaba que los habitantes de los quilombos no eran más que “parásitos” que ni siquiera “sirven para procrear”, y eso que 3 de sus hijos ocupaban cargos políticos en su administración, ¿hipocresía? ¿dónde? Las empresas mineras, agricultoras y ganaderas entraron en tromba en estos nuevos territorios disponibles. Lógicamente estos conllevó a un nuevo aumento en la tasa de deforestación, y en 2018 y principios de 2019 se originó una de las mayores pérdidas de bosque tropical de nuestra Tierra. En 2019, la tasa de deforestación de la Amazonia brasileña avanzaba al ritmo de 2 CAMPOS DE FÚTBOL POR MINUTO, un récord mundial nunca antes documentado. Por si esto fuera poco, ese mismo año, el bosque tropical más grande del mundo comenzó a arder.

A diferencia de otros incendios forestales que llevan arrasando el mundo desde hace varios años, este no fue ocasionado por las altas temperaturas. Por muy cálido que sea el bosque tropical, la elevada humedad impide que las llamas prendan solas. El incendio había sido provocado por los leñadores. El método para talar enormes secciones del Amazonas es el siguiente: se adentran en el área en la época lluviosa y dejan madera en el terreno para quemarla durante la época seca, a principios de julio. Para agosto de 2019, más de 80.000 incendios arrasaron una gran parte de la mayor selva tropical del mundo. En pleno infierno forestal, el 6 de agosto de 2019, Bolsonaro, con total insolencia, se quejó de que “el 60% de nuestro territorio es inutilizable por culpa de las reservas indígenas y otras cuestiones medioambientales”. En esos mismos momentos, la comunidad científica discutía sobre si el Amazonas tardaría 2 años o 2 décadas en dejar de producir suficiente lluvia para abastecerse a sí mismo, transformándose en una sábana y regurgitando descomunales cantidades de carbono a la atmósfera. Además, ese mismo año, Bolsonaro redujo en un 96% la financiación para medidas de mitigación del cambio climático. Más tarde o más temprano, el Amazonas, con su enorme biodiversidad de valor incalculable, va a desaparecer tal y como la conocemos, y sus consecuencias no representarán más que otro clavo en la tumba del planeta en el que habitamos, ¿el responsable? Jair Bolsonaro, el depredador del Amazonas.

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