La caída de Molycorp: Cómo China ganó la guerra de las tierras raras a EE.UU.

Artículo basado en el libro: “La Guerra Subterránea: El litio, el cobre y la batalla global por la energía” de Ernest Scheyder.

18 min read

En un edificio de ladrillo situado en el número 824 de la calle North Market, en el centro de Wilmington, Delaware, se encuentra el Tribunal de Quiebras de los Estados Unidos. Es aquí a donde acuden las empresas para presentar una solicitud de protección de bancarrota, normalmente, cuando sus deudas superan sus activos y no pueden seguir abiertas. Su objetivo es facilitar a los deudores un nuevo comienzo y, siempre que sea posible, compensar a los acreedores. El 23 de junio de 2017, en la sala número 6 de este Tribunal, una empresa llamada Molycorp se sentó ante su señoría Christopher S. Sontchi, juez de quiebras de Estados Unidos. La empresa Molycorp, cuyas raíces se remontan a los años posteriores a la Primera Guerra Mundial y que había tenido entre sus propietarios a la gigante petrolera Chevron, había crecido hasta convertirse en una de las principales empresas del mundo dedicada a la extracción y procesamiento de tierras raras. En términos generales, las tierras raras son un grupo de 17 elementos de la tabla periódica cuya producción es cara, difícil y peligrosa para el medio ambiente. Sin embargo, se emplean en todos los sectores de la economía, y todos los aparatos electrónicos de consumo presentan pequeñas cantidades de varios de ellos. Es decir, representan un factor de suma importancia en la transición energética que estamos viviendo. Entonces, ¿cómo es que una de las mayores empresas dedicadas a la extracción y procesamiento de estos valiosos elementos acabó en el Tribunal de Quiebras? Veámoslo.

En los años 60, científicos militares estadounidenses inventaron un tipo de imán fabricado con tierras raras que era más pequeño y ligero que los fabricados con hierro, abriendo un abanico de posibilidades para una electrónica más barata y ligera. Vehículos eléctricos, pantallas, ordenadores… Todos necesitan estos imanes de tierras raras para funcionar, por no hablar de la maquinaria para la producción eléctrica como las turbinas eólicas, que una sola de ellas necesita imanes de 2 toneladas fabricados con estas tierras raras. También las fuerzas armadas las emplean para sus misiles guiados, gafas de visión nocturna, tecnología de rayos X… Un solo avión de combate F-35 requiere 417 kilos de tierras raras, todas ellas procedentes de China. Apple utiliza tierras raras chinas para el motor háptico de su Iphone, que hace que el teléfono vibre. Aunque su nombre parece insinuar que estos metales son difíciles de encontrar, en realidad no son particularmente escasos (el cerio, por ejemplo, es tan abundante como el cobre en la corteza terrestre). Lo que es raro es encontrarlos en grandes cantidades. Sin embargo, a finales del siglo XX, varios de estos 17 metales se encontraron en grandes cantidades en la mina de Mountain Pass, situada 122 kilómetros al sur de Las Vegas, cerca de la frontera con California. Molycorp construyó allí una mina, la gallina de los huevos de oro que permitió abastecer al ejército de EE.UU., a la industria de la energía nuclear del país y a los incipientes fabricantes de electrónica de consumo. Para los años ochenta, tan solo esta mina de Molycorp, suministraba el 70% de las tierras raras del mundo. No obstante, para esa década, China ya había empezado a desarrollar poco a poco su propio sector de las tierras raras y a fomentar que sus fabricantes (y a las empresas internacionales que se trasladaban allí) utilizaran tierras raras de origen chino. De hecho, fue el auge de este sector en China el que obligó a Molycorp a acudir al Tribunal de Quiebras en el verano de 2017, donde les esperaba un consorcio de inversores respaldados por China.

Tierras raras en la tabla periódica (Fuente: Ciencia UNAM)

Curiosamente, la demanda moderna de tierras raras la generaron los fabricantes de lámparas. En la década de 1880, el químico austríaco Carl Auer von Welsbach, descubrió que si mezclabas torio con determinadas tierras raras podías fabricar filamentos para lámparas de gas. Tras perfeccionar el proceso creó una aleación llamada “metal de misch” que es la que actualmente emplean los mecheros en sus piedras. Estas tierras raras fueron descubiertas en Ytterby, en Suecia, en 1788, tras extraer unas extrañas rocas negras de una mina. Se denominaron raras porque no se habían descubierto antes y “tierras” porque era el término geológico empleado por aquel entonces para las rocas que se disuelven en ácidos. Tanto entonces como ahora, estas tierras raras se obtienen sobre todo de 2 minerales: monacita y bastnasita. La monacita puede encontrarse en la India, Madagascar, el sureste de Estados Unidos y Australia. Pero, por desgracia, suele encontrarse junto al torio, que es radiactivo y, por lo tanto, más difícil y caro de procesar. Por otro lado, Estados Unidos y China poseen las mayores reservas del mundo de bastnasita. Luego, con el auge de la electricidad, surgieron nuevos usos para estos elementos. Por ejemplo, en 1941, los proyectores de cine consumieron alrededor de la mitad del suministro mundial de tierras raras. Con la Segunda Guerra Mundial y la carrera atómica, también aumentaron las necesidades de estos metales y era evidente que el mundo necesitaba cada vez más tierras raras. En esa época, Estados Unidos abastecía casi todas su necesidades de tierras raras con los suministros de la India, pero en muchas ocasiones no eran suficientes. “En vista de las dificultades para obtener monacita importada, los consumidores están haciendo todo lo posible para localizar depósitos nacionales de tamaño comercial”, afirmaba un informe del gobierno estadounidense en el año 1946. Pero la vital importancia de estos elementos también era obvia para el gobierno indio. Por ello, tras la guerra, Nueva Delhi impuso un bloqueo a las exportaciones de tierras raras (extraídas de la arena negra de la costa sureste del país, en el actual estado de Kerala) con el fin de evaluar sus recursos e impulsar el uso de estas tierras en la industria nacional. Sin embargo, la falta de alimentos posterior a la Segunda Guerra Mundial, afectó al país que necesitaba trigo con urgencia.

El presidente Harry Truman, que intuyó un cierta apertura diplomática por parte de la India, trató de enviar 1,8 millones de toneladas de grano a la India con la intención de que esto generara una relajación en la prohibición de la exportación de tierras raras. Aunque el Congreso estadounidense aprobara un préstamo de 190 millones de dólares a la India para que comprara el trigo cultivado en Estados Unidos, la India se mantuvo firme y no levantó su embargo sobre estos metales. EE.UU. debió aprender de esa experiencia, y percatarse de que si su economía necesitaba un material estratégico no debía dejar su producción en manos de otros países (aliados o enemigos) sino fomentar la producción nacional. No obstante, el gobierno estadounidense sí que se percató de la necesidad de la producción nacional para otro material, el uranio necesario para desarrollar un arsenal nuclear mayor que el de su principal enemigo, la URSS. Por ello, la Comisión de Energía Atómica de Estados Unidos empezó a ofrecer unas condiciones muy lucrativas por el descubrimiento de nuevas reservas de uranio (hasta 10.000 dólares en algunos casos). Esto fue lo que atrajo al ingeniero Herbert S. Woodward al sur de Las Vegas, cerca de la frontera con California, creía que en esos terrenos debía haber algo de uranio. Pero tenía un problema. La manera más fácil de hallar uranio era un contador Geiger y, por aquel entonces, era muy caro. Por ello se asoció con P. A. Simon, propietario de un motel y una estación de servicio que aportaría el capital necesario a la empresa de Woodward. Tras varias semanas de búsqueda en los pozos abandonados en las antiguas minas, y la asociación con otros prospectores con sus mismos intereses por el uranio, el 2 de abril de 1949 (el cumpleaños de Woodward) el contador Geiger empezó a sonar de una forma entrecortada. Había hallado una veta, pero la radiación no provenía del uranio, sino del torio asociado a los minerales de tierras raras. Tras reclamar el derecho sobre esas tierras (algo que hicieron gratis gracias a las leyes mineras que se remontaban a 1872), Woodward encontró un rara roca marrón que no supo identificar. La mandó a analizar y resultó ser bastnasita, el mineral rico en tierras raras. Después de que el Servicio Geológico de Estados Unidos analizara el terreno, el 18 de noviembre de 1949, el Departamento de Interior anunció que el descubrimiento de Woodward representaba la mayor reserva de tierras raras que se había encontrado hasta entonces en el mundo. La mina de Mountain Pass se convirtió en una realidad.

Mina de Mountain Pass cerca de la frontera de California (Fuente: Forbes)

La mayoría de las tierras raras parecían estar cerca de la superficie, lo cual abarataba los costes del proceso de extracción a las empresas mineras. Para Molybdenum Corporation of America, que buscaba nuevas reservas de estos elementos, está era una muy buena noticia. La empresa conocida como Molycorp, había empezado extrayendo molibdeno (empleado para aleaciones y fertilizantes), pero su director Marx Hirsch tenía la esperanza de que las tierras raras ayudaran a encontrar nuevos usos a los metales que la empresa ya extraía. En 1951 Molycorp compró los derechos sobre estas tierras y para 1952 empezaron a excavar. La empresa calculó había comprado más de 1,35 millones de toneladas de tierras raras y una revista del sector minero publicó lo siguiente en 1952: “A menos que los miles de prospectores y aspirantes a prospectores que ahora llevan detectores de rayos gamma a todo tipo de lugares descubran suficientes tierras raras para hacer que el mercado a gran escala se vuelva competitivo, parece claro que Molycorp puede esperar un futuro rentable e interesante”. Y durante un tiempo, así fue. El crecimiento de Molycorp se debió sobre todo a su relación simbiótica con el Laboratorio Ames, en la Universidad de Iowa y que surgió gracias a las investigaciones de científicos que participaron en el Proyecto Manhattan para mejorar la separación entre sí de las tierras raras. Esto fue algo bastante innovador ya que el procesamiento de estos elementos es caro y laborioso. De hecho, cada una de las 17 tierras raras tiene su propio proceso de extracción y todas deben extraerse en un orden preciso a partir de la bastnasita. Gracias a esta cooperación entre la empresa minera y el laboratorio Ames, no solo creció Molycorp, sino toda la industria estadounidense que empleaba alguno de estos versátiles elementos. Mientras que en 1960 Estados Unidos consumió unas 1.600 toneladas de tierras raras, para 1980 su consumo se disparó hasta los 20.900 toneladas. Todo este crecimiento no pasó desapercibido en Wall Street y en 1977, la Union Oil Company de California (Unocal) compró Molycorp por 240 millones (unos 1.300 millones de dólares actuales). Pero este vertiginoso crecimiento de la empresa Molycorp no solo fue detectado por los financieros de Wall Street, China también se percató de este auge.

En 1951, el mismo año que Molycorp compró los derechos sobre los terrenos de Mountain Pass, Xu Guangxian se doctoró en Química por la Universidad de Columbia. En ese momento, el Congreso estadounidense estaba a punto de aprobar una ley que impedía a los estudiantes chinos que habían estudiado en el país regresar a la nueva China comunista. Así que Xu y su esposa, la también química Gao Xiaoxia, dejaron Nueva York y regresaron a Pekín. Durante la Revolución cultural la pareja estuvo encarcelada 6 años pero después, Xu fue liberado y enviado a estudiar las tierras raras. Con el tiempo, sus descubrimientos sirvieron para el procesamiento y separación de las tierras raras presentes en los depósitos de China que, a mediados de los años sesenta, se encontraban entre los mayores del mundo. Después de esto, China empezó a desarrollar metódicamente su sector de las tierras raras. En 1985 se creó el Centro de Información de Tierras Raras de China para replicar las investigaciones realizadas por el Laboratorio Ames. El epicentro de la producción se situaba en Bayan Obo, en Mongolia Interior, donde se había hallado una gran mina de mineral de hierro que contenía grandes cantidades de bastnasita. Esta producción combinada de hierro y tierras raras supuso un enorme ahorro en los costes y otorgó al país una ventaja estratégica en el sector. Entre 1978 y 1989, la producción de estos elementos creció un 40% cada año. Las empresas estadounidenses, japonesas y canadienses, empezaron a asociarse con sus equivalentes chinas, llevando sus tecnologías a China y ayudando a impulsar el sector de tierras raras en el país. Sin embargo, Mountain Pass seguía siendo uno de los principales productores mundiales y el Pentágono empleó sus tierras raras para el desarrollo de su tecnología militar que emplearon, por ejemplo, en la Guerra del Golfo. Esto no hizo más que redoblar las investigaciones de China sobre tierras raras hasta tal punto que el dirigente chino Deng Xiaoping hizo una observación premonitoria en los años 80: “Oriente Próximo tiene petróleo. China tiene tierras raras”, y animó a su país a seguir extrayendo esta ventaja económica. Mientras los chinos fomentaban la investigación sobre tierras raras, las universidades estadounidenses dejaron de centrarse tanto en ellas para dirigir sus esfuerzos hacia la investigación en biocombustibles y otras fuentes de energía renovables. La transición empezó poco a poco. A finales de los sesenta, el gobierno estadounidense retiró la financiación a una importante publicación sobre tierras raras. Para los años 90, los académicos del Laboratorio Ames dejaron de impartir sus populares clases sobre tierras raras a los estudiantes de la Universidad de Iowa. En 1996, la Oficina de Minas de Estados Unidos cerró debido a recortes presupuestarios. En 2010, Mark Smith, director ejecutivo de Molycorp, se quejó ante el Congreso de que los 17 científicos de su empresa competían contra más de 6.000 científicos chinos especializados en tierras raras. “No soy capaz de encontrar estudiantes en ninguna universidad de Estados Unidos que tengan experiencia en tierras raras”, dijo ante la Comisión de Ciencia y Tecnología de la Cámara de Representantes de Estados Unidos. En esa misma sesión, Karl Gschneidner, un profesor del laboratorio Ames considerado uno de los mayores expertos en tierras raras, advirtió del “vacío intelectual” provocado por la jubilación, muerte o simple cambio de campo de estudios de sus colegas. Y es que, en realidad, estos minerales nunca fueron declarados estratégicos para los fines del gobierno.

Área minera de Bayan Obo, en Mongolia Interior (Fuente: Puente de Mando)

En China, los estándares laborales, medioambientales y de seguridad eran y son inferiores a los de Estados Unidos, proporcionando una clara ventaja en los precios. Por ejemplo, las laxas medidas ambientales de China, permitieron crear una balsa de relaves (residuos que quedan tras procesar el mineral) de 8 kilómetros de ancho que contenía el detritus de la producción de tierras raras del país. Un periodista de la BBC los describió de la siguiente manera en 2015: “Oculto en un rincón desconocido de Mongolia Interior hay un lago horrible y tóxico creado por la sed mundial de smartphones, aparatos de consumo y tecnologías verdes”. Sin embargo, en Estados Unidos, la creación de la Agencia de Protección Ambiental en 1970, aumentó la presión reguladora sobre el sector de las tierras raras, y cualquier cosa remotamente parecida al lago tóxico que China había creado en Bayan Obo, estaba totalmente prohibida. No obstante, Molycorp se saltó estas restricciones medioambientales al menos en un aspecto. La empresa construyó una tubería de 22,5 kilómetros de longitud desde la mina hasta el cercano lago Ivanpah, un lecho lacustre seco. Aunque el permiso de vertido de aguas residuales que tenía la empresa consentía que el agua salada se enviara a las balsas de evaporación de Ivanpah, durante 16 años, Molycorp envió aguas residuales con partículas radioactivas y metales pesados. Por ello, en 1994, las autoridades del estado de California multaron a la empresa con 100.000 dólares por la gestión inadecuada de los residuos. Además, en el intento de limpiar las tuberías, se descubrieron diversas roturas a través de las cuales se habían vertido más de 1,4 millones de litros de agua radioactiva en el desierto del Mojave. Es más, desde que la tubería había estado operativa, se habían filtrado más de 3,8 millones de litros de agua radiactiva al desierto, en donde para colmo, vivía una especie de tortuga rara. Aunque Molycorp prometió cerrar la tubería y estableció un plan para reducir en un 62% el agua utilizada y en un 50% las aguas residuales producidas, la presión ejercida por China sobre los precios de las tierras raras obligó a Molycorp a cerrar la mina en 2002. Más allá de sus laxas regulaciones ambientales, ¿cómo fue China capaz de competir en precios hasta tal punto que Molycorp tuvo que cerrar una de las minas de tierras raras más grandes del mundo? En parte, por culpa de empresa estadounidenses como General Motors.

En 2021, General Motors anunció por sorpresa que compraría imanes de tierras raras para sus vehículos eléctricos a dos fábricas con sede en Estados Unidos. Fue una sorpresa doble. Primero, porque en EE.UU. no había fábricas para suministrar esos imanes. Y en segundo lugar, porque la culpa de que no existieran ese tipo de instalaciones en tierra estadounidense era de General Motors. En su día la empresa había sido líder en la fabricación de estos imanes de tierras raras a través de su división Magne Quench. Pero, en 1995, llegó a un acuerdo para vender la división y sus patentes a un consorcio en el que había dos socios chinos. Este acuerdo fue supervisado por el Comité de Inversiones Extranjeras en Estados Unidos, quien aprobó el trato a condición de que Magne Quench mantuviera abierta una fábrica de imanes en Indiana durante un plazo de tiempo. Pasado este periodo, Magne Quench decidió cerrar la fábrica y la producción de los imanes se pasó a la China continental. “Estados Unidos no cuenta ahora con ningún proveedor nacional de metales de tierras raras, que son esenciales para las municiones guiadas de precisión. Diría que eso es un claro problema de seguridad nacional”, se lamentaba en 2005 James Inhofe, senador republicano por Oklahoma. General Motors no supo predecir la importancia de sus productos en el futuro cercano. De hecho, en esos momentos utilizaba los imanes de tierras raras para los motores que subían y bajaban los asientos de sus coches. El nuevo acuerdo de 2021 de General Motors trataba de revertir esa situación de dependencia, y sus planes estaban relacionados con la mina Mountain Pass e, indirectamente, con la propia China.

Entre 2005 y 2009, con Mountain Pass inactiva, China restringió aún más la exportación de tierras raras para animar a las empresas no chinas a comprar productos chinos que contuvieran tierras raras chinas. En 2005, Chevron compró Uncoal, la propietaria de Mountain Pass, por 180.000 millones de dólares, superando la oferta de la petrolera estatal china CNOOC. Sin embargo a Chevron no le interesaba la minería, y en 2008 la petrolera llegó a un acuerdo para vender Mountain Pass por 80 millones de dólares a un consorcio que incluía a Goldman Sachs. En 2010, ese consorcio que había adoptado el nombre de Molycorp, obtuvo 394 millones en una oferta pública de acciones en la que los ejecutivos presentaron la empresa como principal baluarte en la guerra contra las tierras raras de China. El dinero serviría para reabrir la mina. No obstante, en 2010, Molycorp recibió una ayuda inesperada de China, ya que el gigante asiático decidió cortar temporalmente el acceso de Japón a sus tierras raras tras un conflicto diplomático. Los precios en el mercado mundial se dispararon y las acciones de Molycorp duplicaron su precio. En medio de esta subida de precios, la empresa japonesa Sumitomo invirtió 130 millones de dólares en Molycorp e Hitachi Metals y firmó un acuerdo con Molycorp para garantizar un suministro estable de tierras raras. Con los precios en alza y las inversiones internacionales, Molycorp puso en marcha un proyecto de expansión de 1.550 millones de dólares, con el objetivo de producir el 20% de la demanda mundial de tierras raras para 2012. Además, ese mismo año, Molycorp pagó 1.310 millones de dólares por Neo Material Technologies Inc., una empresa canadiendiense que procesaba tierras raras. Todo ello para recuperar el terreno cedido a China.

Pese a la enorme inversión, el nuevo equipamiento no dio el resultado previsto, sobre todo porque la junta directiva de Molycorp exigió una velocidad a sus trabajadores sin haber preparado bien los equipos. No alcanzaron sus objetivos de producción, pero eso no fue lo peor. En 2012, China aumentó las exportaciones de tierras raras y los precios globales se desplomaron. En diciembre de ese mismo año, el CEO de la empresa dejó su cargo y la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos realizó una investigación sin previo aviso en las instalaciones de Molycorp en Mountain Pass. La investigación reveló que se habían producido filtraciones de plomo y hierro en las aguas pluviales de la zona. La empresa fue multada con 27.300 dólares. En 2013, Molycorp perdió 197,2 millones de dólares y aunque preveía tener un flujo de caja positivo para finales de 2015, nunca logró ese objetivo. La decisión de China de inundar el mercado mundial con tierras raras y hundir los precios destrozó el balance general de Molycorp. En 2015, dos años antes de la comparecencia de Molycorp ante el juz Sontchi mencionada al inicio del artículo, la empresa presentó una solicitud de protección de bancarrota. Aunque sus activos superaban los 2.490 millones de dólares, debía 1.790 millones a más de mil acreedores. Así comenzó un proceso de 24 meses para averiguar si la empresa propietaria de la única mina estadounidense de tierras raras, podría venderse por partes. Con la intención de saldar sus deudas, Molycorp quería vender los activos de la mina de Mountain Pass al mejor postor. JHL Capital Group, un hedge fund de Chicago que poseía bonos de Molycorp, había llegado a un acuerdo con otros tenedores de bonos para pagar 1 millón de dólares por los derechos mineros de Mountain Pass, pero no por el emplazamiento en sí. De hecho, nadie se presentó en el tribunal de quiebras para comprar la mina, por lo que, en febrero de 2017, el tribunal decidió subastar Mountain Pass.

Debido a la importancia estratégica creciente que representaban las tierras raras, se esperaba que el Comite de Inversiones Extranjeras en Estados Unidos examinara a fondo cada oferta. Entonces, apareció Tom Clarke, un empresario y ecologista que había hecho una fortuna gestionando residencias de ancianos en Virginia. Ya había comprado varias antiguas minas de carbón por todo el país y las había limpiado. Tom se puso de acuerdo con el administrador concursal para hacer lo que se conoce como “caballo de acecho”, una primera oferta para establecer la puja mínima. Tom ofreció 1,2 millones y la promesa de asumir las responsabilidades ambientales de hasta 100 millones de dólares. Cuando parecía que Tom se iba a hacer con Mountain Pass, MP Mine Operations LLC apareció en escena. Se trataba de un consorcio formado por el hedge fund de Chicago antes mencionado, JHL, un fondo de inversión llamado QVT Financial y Shenghe Resources Holding Co. Ltd., una empresa china de tierras raras, una de las mayores empresas del sector del mundo. MP Mine ofreció 1,4 millones, superando la oferta de Tom Clarke. Como los incrementos de la puja debían ser de 50.000 dólares, la subasta de Mountain Pass comenzó en 1,45 millones de dólares. Tom Clarke trató de frenar la subasta junto a su abogado, alegando que el Gobierno chino estaba tratando de controlar Mountain Pass a través de Shenghe. Sin embargo, el abogado encargado de la subasta alegó que la protesta era algo independiente del proceso concursal, por lo que sin una orden del tribunal para suspender la subasta, no había motivos para no seguir con ella. El abogado de Tom no se dió por vencido. Como las reglas de las subastas del tribunal de quiebras establecen que sólo los inversores directos pueden estar en la sala de subastas, el abogado preguntó por una persona desconocida que se encontraba en la sala, Wang Quangen.

Wang Quangen era el fundador y un muy importante accionista de Shenghe y tenía un 10% de las acciones de MP Mine. Además, era considerado uno de los mayores expertos mundiales en el procesamiento de tierras raras y miembro de la Academia China de Ciencias Geológicas, controlada por el gobierno chino. La presencia de este individuo no supuso ningún problema para el abogado encargado de la subasta, por lo que continuó. El abogado de Clarke ofreció 1, 45 millones, a lo que el abogado de MP Mine subió a 1,8. Clarke respondió con una oferta de 5 millones, MP ofreció 5,2. Clarke pasó a 7,5 millones y, tras la contraoferta de MP, ofreció 10 millones. Así estuvieron ambas partes pujando durante varias horas, cualquiera que fuese la oferta de Clarke, MP Mine la subía 200.000 dólares. Tras 6 horas de discusión, el consorcio de inversores MP se quedó con la mina por un precio de 20,5 millones de dólares además del compromiso de asumir la responsabilidad medioambiental del emplazamiento y, lo que le importaba más al tribunal, mantener la mina activa. Aun así, seguía siendo una suma ridícula superada con creces tan solo por los equipos que permanecían indicativos en la mina. Pero los negocios son los negocios. MP compraría Mountain Pass e intentaría, con la ayuda de China, triunfar donde Molycorp había fracasado. La mina que tanto prometía para el papel mundial de Estados Unidos en la transición energética, tenía un nuevo dueño. Un consorcio dirigido por un hedge fund de Chicago y una empresa minera china era ahora el propietario de la única fuente estadounidense de unos metales que utilizan todos los aparatos electrónicos de consumo y las armas del ejército de Estados Unidos. Todo porque habían pujado 50.000 dólares más que su rival estadounidense.

Artículo basado en:

Revista

Artículos sobre libros de divulgación científica y social

culture.tribune.books@gmail.com

© 2024. All rights reserved.