La Gran Muralla China: más que un muro, la historia de un imperio y sus fronteras

Artículo basado en el libro: "Una breve historia del mundo en 47 fronteras: Historias sorprendentes detrás de las líneas de nuestros mapas" de Jonn Elledge.

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La Gran Muralla China es la única estructura creada por el ser humano que se puede observar desde el espacio. Todo el mundo sabe que esta afirmación es falsa (o eso espero), por muy larga que sea la fortificación, solo tiene unos cuantos metros de ancho y, además, presenta el mismo color que el terreno de alrededor. Ni siquiera podría verse desde una órbita baja. Sin embargo, una cosa sí que es cierta: su extensión desmesurada, con unos 50.000 kilómetros de muralla, en esa latitud sería suficiente para dar una vuelta y media al planeta. No obstante, un dato que suele ser desconocido para la mayoría, es que no se trata de una muralla única, sino de un entramado de muros paralelos y ramales que se extiende como una telaraña de 2.500 kilómetros de longitud por el norte de China, desde la Puerta de Jade, en el extremo occidental, hasta las fronteras de Corea en el extremo oriental. Además, no todas esas fortificaciones siguen existiendo, se calcula que de la basta red solo han sobrevivido una parte de estas murallas que suma unos 21.000 kilómetros de longitud. ¿Cuál fue el motivo de su construcción?

Para comprender el proceso de creación de esta vasta estructura, es necesario retroceder un poco en la historia y plantearse una pregunta. ¿Por qué comenzaron a existir las fronteras? Durante la mayor parte de la Edad de Piedra, que con unos 5 millones de años representa aproximadamente el 99,8% de toda la historia humana, nuestra especie estaba compuesta en su inmensa mayoría por cazadores-recolectores. Pequeños grupos tribales nómadas que se desplazaban todo el tiempo en busca de animales que cazar o vegetales que recolectar. Sin embargo, hace unos 12.000 años, esta dinámica social cambió con la Revolución neolítica, momento en el que se desarrolló la agricultura. Curiosamente, las causas de esta gran revolución que nos convirtió en sedentarios, son todavía discutidas por los expertos. Alguien podría pensar que este cambió mejoró las condiciones de vida de nuestra especie, pero la realidad es que hay bastantes pruebas de que la agricultura suponía más trabajo para obtener menos calorías. Los antropólogos han teorizado sobre todo tipos de razones por las que nuestros antepasados dieron este paso a priori contraproducente: cambios climáticos, beneficios a corto plazo que ocultaron problemas a largo plazo, beneficios para las élites que prevalecieron sobre los perjuicios del resto de la población… Aunque hay una posibilidad simplemente demográfica: se puede mantener a más gente en una determinada superficie mediante la agricultura en comparación con la caza y la recolección. Esto originaría que las tribus que cultivaban se convirtieran, simplemente por número, en dominadores respecto a las tribus que cazaban. Además, el cambio a una vida sedentaria permitía embarazos más frecuentes y, por tanto, la invención del patriarcado. En cualquier caso, la agricultura significaba asentarse en un territorio, generando todo tipo de implicaciones para la relación entre los seres humanos y el mundo físico. Por un lado, equivalía a más posesiones: se podía poseer algo sin tener que llevarlo a cuestas. El control de una buena y fértil parcela de tierra se convirtió en uno de los factores más importantes a la hora de determinar qué grupos de personas prosperarían y cuáles no. Sin embargo, que un grupo controlase una determinada parcela de tierra, significaba que otro grupo no lo hacía, lo cual daba un incentivo a los primeros para defenderse, y a los segundos para atacar. Aquí es donde nacería la necesidad de establecer fronteras.

Las primeras civilizaciones humanas (Egipto, Mesopotamia, el valle del Indo en Pakistán o la India noroccidental) se iniciaron todas en valles fluviales donde la tierra era fértil y las estaciones predecibles. Sin embargo, poco sabemos de estas civilizaciones en cuanto a su organización política, ninguna se molestó en inventar la historia escrita. Pero, en cualquier caso, en ciertas épocas, algunas de estas civilizaciones se asemejaban a imperios unificados cuya frontera más importante era la difusa línea que separaba la civilización de la barbarie. Mientras que en otros momentos, estas civilizaciones podrían haber estado compuestas de por múltiples Estados, compitiendo por el territorio y la hegemonía, y cuyo poder cambiaba continuamente entre distintas dinastías y ciudades. En los periodos de estabilidad y unificación, estas civilizaciones podrían expandir sus territorios, pero, en algún momento los buenos tiempos terminarían inevitablemente en un nuevo conflicto que originaría diferentes ciudades/Estados. Esta parece haber sido la historia de la China antigua. Las primeras dinastías controlaban tales posesiones que, aunque fueran reducidas en comparación con la China actual, resultaban inmensas para los estándares de la época. Desde mediados del siglo XI a. C. los Zhou, la tercera y más longeva dinastía de China, se encontraban a la cabeza del sistema político que regía en el país asiático. En la práctica, sin embargo, ya en el siglo VIII a. C. el poder real había empezado a bascular hacia distintos poderes locales de pequeño tamaño. Por esta razón, en el siglo V a. C., el rey se vio obligado a reconocer la independencia de algunos de estos modestos Estados y para el siglo III a. C. los Zhou se habían convertido en poco más que una figura decorativa y ceremonial cuyo reconocimiento importaba poco. Para entender bien la turbulencia de esta época, basta mencionar que el periodo comprendido entre los siglos V y III a. C. se conoce como “periodo de los Reinos Combatientes”. Este es el mundo en el que los chinos empezaron a construir sus muros defensivos.

En el siglo VII a. C., los Chu, un Estado vasallo de los Zhou situado en la actual provincia de Hubei, empezaron a construir una barrera defensiva permanente, conocida como Muralla Cuadrada, cuyo objetivo era defender la capital. Más al norte, los Qi utilizaron una combinación de diques fluviales, montañas y estructuras de piedra y tierra para proteger su territorio. En Zhongshan erigieron murallas para protegerse de los Zhao y los Qin. Los Wei construyeron dos murallas, una para proteger su capital y otra para defender su reino de las tribus nómadas de occidente y también (de nuevo) para defenderse de los Qin. Los Qin, por su parte, también construyeron murallas para protegerse de los nómadas. Y así en una lista interminable de reinos y murallas que evidencian la epidemia de locura defensiva de la época. Aunque estas fortificaciones tenían objetivos defensivos, también eran una forma de marcar el territorio, o bien de demostrar poder ante los reinos vecinos. Toda esta vorágine de construcción tuvo su conclusión en el año 221 a. C., cuando Qin Shi Huang, líder de la entonces poderosísima dinastía Qin, unificó China y anunció al mundo que su dinastía duraría 10.000 generaciones. Su previsión fue mucho más que optimista ya que, para el año 207 a. C., apenas 4 años después de la muerte del gobernante, su imperio se derrumbó, y tras una breve guerra civil, su linaje fue reemplazado por los Han. No obstante, Qin Shi Huang pasó a la historia como el primer emperador verdadero de China por sus numerosos proyectos para convertir a diferentes Estados enfrentados en un único pueblo con una sola identidad. Unificó los sistemas chinos de escritura, estandarizó pesos y medidas e incluso promulgó reglas sobre el ancho de los ejes de los carros con el fin de mejorar las comunicaciones. Por eso los Qin, pronunciado como “chin”, dieron su nombre al país.

Trazados de la Gran Muralla China y línea cronológica de su construcción (Fuente: Wikipedia)

Aquel primer emperador, también es recordado de una manera negativa, en especial debido a que su extenso programa de obras públicas empleaba obreros no remunerados a los que obligaba a trabajar a modo de impuesto. Dentro de este programa de obras públicas, además de carreteras y canales, también comenzó a unir las diferentes murallas con el objetivo de crear una sola estructura que protegiese China de las invasiones de los bárbaros del norte, así como un símbolo del nuevo Estado recién unificado. A pesar de los efectos ruinosos de estas políticas de trabajo no remunerado sobre los obreros y sus familias, China acabaría teniendo su muralla. Sin embargo, aquellas primeras estructuras fueron construidas con adobe, hojas de palma roja, troncos de álamos, juncos y materiales que podían recogerse localmente, por lo que eran muy diferentes a los muros que conocemos. De hecho, la Gran Muralla que todos hemos vislumbrado alguna vez (aunque sea en internet) es en mayor parte una construcción mucho más reciente, un proyecto conocido como las murallas Ming. Esta estructura fue construida en 1368 como un intento de garantizar que no pudieran repetirse jamás las invasiones y conquistas mongolas del siglo anterior. Estas fortificaciones se extendía a lo largo de más de 7.000 kilómetros y no eran simple murallas, sino un entramado militar que incluía establos, puertas, torres y fortalezas con nombres variopintos como “Torre para reprimir el Norte” o “Torre para reprimir a los extranjeros con cara de cabra”. Sin embargo, a medida que la dinastía Ming se debilitaba, el Estado ya no podía garantizar el funcionamiento de las fortalezas, ya que no podían abastecer a quienes las vigilaban y custodiaban. Por ello, en el siglo XVII, cuando los manchúes organizaron una invasión, la muralla no pudo detenerlos.

Las versiones más primitivas de la Gran Muralla China fueron una consecuencia de la división del país; mientras que las construidas por la dinastía Qin, lo fueron de su unificación. Durante siglos, el imperio se parapetó tras estos muros que llegaron a simbolizar la frontera entre la civilización China y el caótico mundo exterior. En otros siglos, el imperio chino se extendió mucho más allá de los muros, hasta el punto de que la muralla dejó de ser una estructura defensiva, para convertirse en una arteria de comunicaciones que permitía controlar los viajes y el comercio entre los centros y las provincias de China. Y en otros siglos, la estructura fue simplemente abandonada. En la actualidad, su papel es preponderante en el turismo. Cuando China permanecía cerrada al mundo, la Gran Muralla era un parapeto tras el cual ocultarse; mientras que cuando el país asiático se abrió, la estructura representó uno de los mayores reclamos que ofrecer a los turistas, tanto nacionales como internacionales.

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