La guerra interespecie más absurda de la historia
Artículo basado en el libro: "Diez aves que cambiaron el mundo: La historia de la humanidad a través de las aves" de Stephen Moss.
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Noviembre de 1932, varios vehículos con tropas de la Real Artillería Australiana llegan al asentamiento de Campion, en Australia Occidental, tras haber recorrido un largo trayecto por el desierto. Nada más llegar, los hombres se ponen manos a la obra y desembalan 2 ametralladoras Lewis y 10.000 balas. En pocos minutos, avistan a sus enemigos, 50 de ellos, de casi 2 metros de altura cada uno, congregados en una franja de tierra de color rojo intenso que domina este árido paisaje. El mayor G. P. W. Meredith, comandante de la Séptima Batería Pesada, ordena que sus hombres rodeen al enemigo y lo dirijan hacia donde se encuentran las ametralladoras. Por desgracia, han subestimado a sus adversarios, estos se reorganizan en grupos más pequeños y consiguen escapar, los soldados del ejército Australia solo han logrado matar a una docena de ellos.
Dos días después, mientras preparan una nueva emboscada, Meredith y sus hombres avistan a no menos de un millar de enemigos que se dirigen hacia ellos. Todo parece apuntar a que en esta ocasión tendrán éxito pero, una vez más, la misión fracasa y, tras unos disparos, solo consiguen que el grupo de enemigos cambie de dirección. Durante los siguientes días, Meredith y sus tropas siguen acechando al adversario y prueban a cambiar de táctica cargando las ametralladoras en un camión, pero aun así, los enemigos se desplazan más rápido que ellos. Uno de los soldados observó que el enemigo estaba más organizado a medida que pasaban los días: “Cada grupo parece tener ahora su propio líder, que mide al menos metro ochenta; éste vigila mientras sus compañeros llevan a cabo su guerra de destrucción, y los avisa cuando nos acercamos”. El 8 de noviembre, una semana después del comienzo de la campaña, las tropas habían disparado 2.500 balas, pero apenas habían hecho mella en el enemigo. Al entender que habían infravalorado a su adversario, se ordenó la retirada. El mayor Meredith comenta apesadumbrado: “Pueden enfrentarse a las ametralladoras con la invulnerabilidad de los tanques. Son como los zulúes a los que ni siquiera las balas expansivas podían detener”. El único consuelo, como señalaba el informe de la contienda, era que los propios soldados no habían sufrido ninguna baja. Lo cual no resulta muy sorprendente teniendo en cuenta que el enemigo no era humano, sino el ave más grande de Australia, el emú.


Artículo del Sunday Herald de Sydney de 1933 sobre "la guerra contra el emú (Fuente: BBC)
Esta primera batalla fue el pistoletazo de salida a lo que se denominaría la “Gran Guerra del Emú”. En aquel momento había buenas razones para iniciar la guerra, ya que los emúes siempre habían irrumpido en esa zona de Australia Occidental en busca de comida y agua desde las vastas y áridas tierras del despoblado interior australiano, popularmente conocido como el “Outback”. Como en ese momento se estaba construyendo un asentamiento en esa zona y se cultivaban sus tierras, los emúes se habían convertido en un grave problema. El conflicto alcanzó su zénit en octubre de 1932, cuando la Gran Depresión mundial redujo los precios del trigo y, con ello, provocó grandes penurias económicas en los granjeros y agricultores de todo el mundo. Justo entonces, en el lugar y momento menos adecuado, aparecieron en escena unos 20.000 emúes. Aunque sea un animal, el emú es una de las aves más altas y pesadas del planeta, por lo que resultó ser, contra todo pronóstico, un adversario formidable. No solo se comían los cultivos, sino que los pisoteaban y agujereaban las vallas, permitiendo a otra plaga, el conejo, entrar y arrasar los cultivos. Era necesario actuar, y una delegación de antiguos soldados fue a presionar al ministro de Defensa, sir Garage Pearce, con la sugerencia de que emplease ametralladoras para disparar a los rebaños de emúes. El ministro aceptó de inmediato. No solo era una excelente práctica de tiro, sino que también era políticamente rentable ya que lo aproximaba a la comunidad rural del estado de Australia Occidental. Dando por supuesto la victoria, Pearce incluso contrató un fotógrafo de la agencia Fox Movietone, con el objetivo de filmar el acontecimiento. El corto resultante constituye un ejemplo clásico del poder de la propaganda por encima de una verdad incómoda. La película se inicia con un rótulo que reza: “AUSTRALIA OCCIDENTAL HACE LA GUERRA A LOS EMÚES. SE RECURRE A LAS AMETRALLADORAS DEL EJÉRCITO PARA AYUDAR A LOS GRANJEROS DE CAMPION A REPELER LA MULTITUD DE AVES MERODEADORAS”. La película menta a los emúes como “al enemigo que observa a través de sus periscopios” aludiendo a los largos cuellos de las aves. Finalmente recurre a una afirmación que resulta tan optimista como falsa: “Parece que las tornas han cambiado y que las aves ya no podrán arruinar a los granjeros: aquí no habrá más daños en muchos días”. Pura propaganda política.
Menos de una semana después de la emisión del corto, los emúes sigueron devastando los cultivos, de modo que hubo un segundo intento de matanza. Una vez más, la cifra de aves sacrificadas sería ridícula: un centenar a la semana, un rito que tardaría años en surtir algún efecto real. Además, es muy probable que Meredith y sus hombres exageraran el número de emúes muertos, a fin de salvar las apariencias. Pero para entonces, ya era demasiado tarde, la debacle ya se estaba debatiendo en el Parlamento. Cuando se le preguntó a un parlamentario si se debía conceder una medalla oficial a los soldados involucrados, respondió agriamente que, si había que conceder medallas, deberían ser para los emúes, ya que “habían ganado todos los asaltos hasta ahora”. Hoy en día, la Gran Guerra del Emú sigue siendo el único ejemplo conocido en la historia de un ejército oficial derrotado por un ave. Emúes 1, Humanos 0.
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