La maldición del viernes 13 y una venganza desde ultratumba

Artículo basado en el libro: "Cada loco con su historia: Reyes a dieta, monjas con espada, panaderos salvadores y otros extraordinarios personajes de la historia universal" de María Dabán.

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Esta es la historia de Jacobo de Molay o, al menos, una parte de ella. Nacido en el año 1244 en Borgoña (Francia), en su adolescencia decidió entrar en la Orden del Temple, o como más coloquialmente se conoce, la Orden de los Templarios. En 1265 consiguió entrar y como buen caballero, tuvo que luchar en las cruzadas en Tierra Santa, en una época en la que los cristianos fueron poco a poco perdiendo terreno al ser derrotados por los musulmanes. La caída de Acre en 1291, puso el punto y final a la presencia cristiana en la zona. Para 1293, Jacobo de Molay fue nombrado gran maestre templario, por lo que le tocó administrar las grandes riquezas que poseía la orden, convirtiéndose en una diana perfecta para algunos de sus enemigos. Pero no adelantemos acontecimientos, antes de ello, estudiemos un poco al resto de protagonistas de esta historia: la Orden del Temple y el rey de Francia Felipe IV.

La Orden de los Pobres Compañeros de Cristo y del Templo de Salomón, más conocida como la Orden del Temple, fue fundada en 1119 por 9 caballeros franceses encabezados por Hugo de Payns (su primer gran maestre), que vieron la necesidad de proteger a los peregrinos que se dirigían hacia Jerusalén. La ciudad santa había sido conquistada 20 años antes, en la primera cruzada, y muchos peregrinos se dirigían hacia allí a través de rutas peligrosas. Aunque la orden empezó a tener éxito muy pronto, necesitaba tener el reconocimiento de la propia Iglesia. Gracias a los contactos que los nobles caballeros tenían por toda Europa, en 1129 la Orden del Temple fue reconocida oficialmente en el Concilio de Troyes, como una orden monástico-hospitalaria sujeta solo a la autoridad papal. En el concilio también se estableció la llamada Regla Primitiva de la Orden del Temple, que se componía de 72 artículos que actuaban como reglas o normas. Aunque posteriormente llegaran a tener hasta un centenar de reglas, lo cierto es que todas ellas se podían resumir en tres preceptos básicos: la obediencia, la castidad y la pobreza. Sin embargo, algunas de ellas resultan bastante curiosos: Tenían que dormir cada uno en su cama y vestidos (regla 70); debía comer de dos en dos en el mismo plato (regla 9); el pelo, la barba y el bigote debían estar bien cortados “para que el exceso no denote vicio en el rostro” (regla 28) y no podían cazar ningún animal excepto el león, “porque llega sigiloso buscando a quien devorar" (regla 48). Estas reglas también les indicaban cómo vestir: con un hábito blanco, símbolo de la pureza y con una cruz roja en recuerdo a la sangre y el sacrificio de Cristo en la cruz. Se calcula que la orden llegó a tener unos 30.000 caballeros, más sus correspondientes sirvientes, así como numerosas riquezas y posesiones por toda Europa. La norma de la pobreza no la seguían muy a rajatabla; de hecho, la orden llegó a ser acreedora de diversos reyes y una precursora de lo que hoy se llamarían “Cheques de viaje”. Si querías viajar con oro u otras riquezas por Europa o por Oriente Próximo, debías tener en cuenta que había territorios infestados de ladrones. Pero gracias a los templarios, podías depositar tu dinero en una encomienda de, por ejemplo, París o Londres, recibir un documento cifrado con un código secreto que solo los templarios entendían y luego, cuando llegaras a Jerusalén, podrías ir a otra sede de la Orden para recuperar tu dinero. Su red era tan segura que hasta sus enemigos solían pedirles dinero. Pero aquí había un problema, ya que cuando un banco es más rico que el que gobierna, el rey suele cerrar el banco, y es aquí donde aparece nuestro segundo protagonista, el rey de Francia Felipe IV.

Felipe IV de Francia, obra de Raymond de Béziers alrededor de 1313 (Fuente: Wikimedia)

Felipe IV perteneció a la dinastía de los Capeto fundada en el siglo X por Hugo Capeto, primero duque de los francos y después rey. En 1285, cuando Felipe IV tan solo tenía 17 años, su padre, Felipe III el Atrevido, falleció, por lo que heredó el trono de Francia. Su reinado duró unos 29 años y sus políticas estuvieron dirigidas a modernizar país para que dejara de ser un reino feudal y pudiera convertirse en una monarquía autoritaria. Aunque en cierto modo consiguió su objetivo, lo hizo a costa de arruinar las arcas del Estado. Los numerosos conflictos con sus súbditos y con la Iglesia, y el increíble gasto de las últimas cruzadas llevaron al agotamiento del tesoro galo. Sin embargo, al monarca nunca le tembló la mano para aplicar sus férreas políticas; por algo era conocido como el Rey de Hierro. De hecho, ese autoritarismo quedó bien reflejado en las relaciones que mantuvo con la Iglesia, a la que quiso cobrar tributos, lo que contó con la firme oposición del papa Bonifacio VIII. A pesar de las amenazas de excomulgación, fue el pontífice el que perdió esta batalla. Los partidarios de Felipe IV amenazaron y golpearon al papa en el llamado “atentado de Anagni”. Bonifacio VIII murió poco después y Felipe decidió nombrar un papa francés, Clemente V, al que además obligó a residir en la ciudad gala de Aviñón. A lo largo de los años, Felipe IV alteró el valor de la moneda varias veces, reprimió con dureza lo motines del pueblo que pasaba hambre y expulsó a los judíos y a los banqueros lombardos. Pero la operación de más envergadura que llevó a cabo fue la detención de los templarios y la disolución de una de las órdenes religiosas más poderosas de la cristiandad.

El 13 de octubre de 1307, los senescales y bailíos de todo el reino de Francia abrieron una carta secreta y sellada que habían recibido de su rey, y que solo debían abrir en la noche del 12 al 13 de octubre. De esta forma, comenzó una operación simultánea en todo Francia orquestada por el guardasellos real, Guillermo de Nogaret. La carta indicaba las órdenes de detener a todos los caballeros templarios. Centenares de los miembros de la Orden fueron arrestados al mismo tiempo, incluidos grandes maestres, caballeros, capellanes… Todos sus bienes, archivos y tesoros fueron incautados. Aunque la traición fue inesperada y pilló por sobrepeso a la mayoría, los objetivos de la misma estaban claros. El primero sería el económico, Felipe IV estaba terriblemente endeudado y los templarios eran una potencia financiera. El segundo fue político, ya que los caballeros templarios solo respondían ante la autoridad papal, algo que el monarca de Francia no podía permitir debido a sus pretensiones autoritarias. Felipe quería reforzar su autoridad ante la Iglesia y las órdenes militares. Tras las detenciones, se lanzaron cargos muy graves contra los templarios: herejía, idolatría, blasfemia, prácticas secretas durante los ritos de iniciación… Muchos historiadores consideran que estas declaraciones fueron forzadas mediante tortura para poder legitimar la disolución de la orden. Aunque el papa Clemente V inicialmente dudó de las acusaciones, finalmente cedió ante la presión de Felipe IV, no olvidemos que su elección estuvo manipulada por el rey. En 1312, la orden fue oficialmente disuelta mediante la bula papal “Vox in excelso”. Ese 13 de octubre de 1307 cayó en viernes, y fue un evento tan traumático para la Europa de la época que la jornada quedó marcada a fuego en la memoria colectiva como un día de desgracia y traición. Y es por eso que asociamos el viernes 13 con maldiciones y malos augurios o, simplemente, con un día de mala suerte. ¿Y qué hay de Jacobo de Molay?

"Jacobo de Molay camino al suplicio" obra de Fleury-François Richard (1806) (Fuente: Wikimedia)

Jacobo de Molay fue detenido ese viernes 13 de octubre de 1307, momento en el que era gran maestre de la Orden. Además, el día anterior había acudido a un funeral en el que también estuvo presente Felipe IV. A Jacobo, al igual que el resto de los más de un centenar de templarios arrestados ese día, se le ofreció la posibilidad de confesar sin más sus faltas y, en caso contrario, se les dejaría en mano de los inquisidores, que utilizaban métodos mucho más persuasivos para obtener las confesiones. Durante los meses siguientes, el proceso continuó por todo el reino y, en parte, gracias a un solo hombre. Uno de los grandes villanos de esta trama cuyo nombre pasó a la historia fue Esquieu de Floyran, un espía que aseguró que un templario con el que había estado preso le había confesado todas las prácticas heréticas y pecados cometidos por la Orden: escupir a la cruz, adorar al diablo, prácticas homosexuales… Con el tiempo más falsos testigos y templarios que no pudieron soportar las torturas de los inquisidores multiplicaron las declaraciones por las que se acusaba a la Orden. Casi 7 años después de ese fatídico día, el 18 de marzo de 1314, el gran maestre Jacobo de Molay, junto a otros altos cargos de la Orden, fueron conducidos a una plataforma elevada en las proximidades de la catedral de Notre-Dame de París. Desde allí escucharon su sentencia: condena a cadena perpetua por los pecados de herejía, blasfemia y apostasía. En ese momento, Jacobo elevó su voz para gritar que retiraba todo lo que había confesado (bajo tortura) y para proclamar su inocencia y la de todos los miembros de la Orden. Uno de los altos cargos, Godofredo de Charnay, se unió a Jacobo en sus reivindicaciones a viva voz. Ante el tumulto que se estaba formando, el arzobispo de Sens declaró relapsos a ambos; es decir, consideró que habían reincidido en la herejía, lo que fue una sentencia de muerte para ambos. Esa misma tarde fueron enviados a la hoguera en el llamado islote de los judíos situado en el río Sena. El escritor francés Maurice Druon, uno de los grandes estudiosos de esta época, describe como Jacobo de Molay lanzó una maldición mientras su cuerpo era consumido por las llamas: “¡Papa Clemente!, ¡caballero Guillermo de Nogaret!, ¡rey Felipe! ¡Antes de un año yo os emplazo para que comparezcáis ante Dios para recibir vuestro justo castigo! ¡Malditos, malditos! ¡Malditos hasta la decimotercera generación de vuestro linaje!” Por increíble que parezca, en menos de 1 año, los tres instigadores del proceso contra los templarios murieron.

El primero en morir fue el papa Clement V, el 20 de abril de ese mismo año. Tenía 50 años y nada hacía presagiar su fallecimiento. Pocos días después, pereció el guardasellos real, Guillermo de Nogaret, y según algunas fuentes murió envenenado. En noviembre, Felipe IV, el Rey de Hierro, sufrió un derrame cerebral mientras perseguía un ciervo, murió el 29 de ese mes tras pasar sus últimos días postergado en la cama. Tenía 46 años de edad. Además, la maldición de Jacobo no acabó con la muerte de Felipe, sino que afectó también a los herederos del rey. Sus hijos, Luis X, Felipe V y Carlos IV reinaron sucesivamente durante 11 años y murieron sin descendencia masculina. Con la muerte del último Capeto varón, Inglaterra reclamó el trono de Francia ya que Eduardo III tenía los derechos dinásticos al ser hijo de Isabel, la última hija de Felipe IV. Los franceses, sin embargo, eligieron a Felipe VI de Valois, y eso provocó el inicio de la guerra de los Cien Años junto a la caída en desgracia de la dinastía de los Capeto.

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