La verdad sobre la maldición de Tutankamón
Artículo basado en el libro: "La maldición de Tutankamón y otras historias de la microbiología" de Raúl Rivas.
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Hay una civilización que despierta un interés inusitado en todos nosotros, una civilización milenaria que, tanto por sus megaestructuras, como por sus personajes, produce una fascinación casi mística en nuestra mente. Estoy hablando de la civilización egipcia. ¿Quién no ha vislumbrado, aunque sea desde una fotografía, la majestuosidad de las pirámides y ha deseado desvelar los oscuros secretos que esconden en su interior? ¿Quién no se ha sentido atraído por los jeroglíficos y sus enigmas? ¿Quién no ha mostrado curiosidad por la abultada lista de faraones que gobernaron la región desde hace miles de años? En este artículo nos centraremos en desvelar las intrigas que han envuelto a uno de sus más destacados personajes, haciendo especial hincapié en la maldición que rodeo el descubrimiento de su tumba; estoy hablando del faraón Tutankamón.
Ya desde el siglo XVI, y a pesar de las restricciones legales, la exportación legal o ilegal de momias egipcias resultaba un negocio muy lucrativo. Esta situación propició el saqueo de tumbas y la destrucción de material de gran valor documental, ya que muchas momias, antes de ser enviadas a Europa (principal destinatario del material saqueado) se fragmentaban en múltiples porciones para hacer más rentables los transportes. Gran parte de las momias que se comercializaban estaban destinadas a la fabricación de “mumia vera”, un medicamento al que se le atribuían cualidades omnipotentes para un amplio rango de enfermedades. De hecho, aunque parezca algo insólito, la famosa farmacéutica alemana Merck, estuvo comercializando este compuesto hasta una fecha tan reciente como 1924. La creciente demanda de momias egipcias, junto con una oferta cada vez más estricta por las regulaciones legales, se convirtieron en incentivos para la falsificación y el fraude. Pronto, el catálogo se amplió con una enorme variedad de “sustitutos” que incluían desde cadáveres secos de peregrinos a La Meca, hasta momias europeas, especialmente francesas. Estas últimas, que fueron particularmente abundantes, eran principalmente elaboradas a partir de cadáveres ajusticiados, por lo que se las empezó a conocer como “mumia patibuli”. Sin embargo, la mayoría de estas falsificaciones eran muy burdas, ya que no existía información sobre los materiales y procesos empleados por los antiguos egipcios en la momificación, más allá de un listado de los materiales escrito por Heródoto en el siglo V a. C. Estos fraudes y falsificaciones, no son más que evidencias de la importancia que han presentado las momias egipcias a lo largo de nuestra historia.


"Mumia vera" medicamento europeo medieval, elaborado a partir de cadáveres momificados (Fuente: Wikipedia)
Muchas de las momias más famosas han sido encontradas en las tumbas construidas en el Valle de los Reyes, una necrópolis del Antiguo Egipto situada en las cercanías de Luxor, cuya ubicación remota y seca ha contribuido a la buena preservación de los restos humanos momificados. En el Valle de los Reyes, que en realidad está dividido en dos valles, las tumbas localizadas en el valle este son distinguidas con la clave KV (King's Valley), mientras que las emplazadas en el valle oeste, reciben la clave WV (West Valley). Para 1912, Theodore Montgomery Davis, que explotaba los yacimientos del Valle de los Reyes, declaró que el valle estaba exhausto y agotado, por lo que abandonó la concesión de la disfrutaba para sus investigaciones. De esta forma, la excavación pasó a manos del aristócrata inglés George Edward Stanhope Molyneux Herbert, V conde de Carnarvon. Lord Carnarvon, apasionado de la egiptología, contrató al arqueólogo inglés Howard Carter para que continuara con las excavaciones en el Valle de los Reyes. Gracias a los esfuerzos de esta cooperación, en 1922 se realizó el hallazgo de la ya icónica tumba KV62, la tumba del faraón Tutankamón. El pobre Theodore Montgomery Davis, quien había abandonado las excavaciones 10 años antes, se había quedado a tan solo 2 metros de descubrir la entrada a la tumba KV62. Aunque puede que más que mala suerte, lo que tuvo es una gran fortuna de escapar de la maldición que cubría la tumba.
El 22 de noviembre de 1922 se abrió la tumba de Tutankamón en presencia de Howard Carter y varios miembros de la familia Carnarvon. Pocos meses después de la apertura, se sucedieron una serie de muertes en circunstancias inexplicables de varias de las personas vinculadas a la exhumación. Estos acontecimientos, avivaron la imaginación de la prensa que transmitió la idea de que las muertes eran consecuencia de la profanación de la tumba, la maldición de Tutankamón acababa de nacer. Tanto el misterio que rodea a Egipto como el fanatismo que sentimos por lo inexplicable, ayudaron a difundir rápidamente lo sucedido por toda la sociedad inglesa. La propagación fue alentada por personajes tan ilustres como Arthur Conan Doyle, que a pesar de haber creado al racional Sherlock Holmes, era un fervoroso creyente de toda clase de sucesos fantasmagóricos y fantásticos. Su apoyo dio credibilidad y facilitó la difusión de la historia. Los periódicos ingleses llegaron a atribuir hasta 30 muertes a la maldición, entre las que destacaba la del lord Carnarvon, que tras 4 meses de la apertura de la tumba, moría por una neumonía en El Cairo. Unos meses después perecería su hermano, y luego el encargado de radiografiar la tumba de Tutankamón. Poco después, Arthur Mace, que abrió la cámara real junto a Howard Carter, murió también en El Cairo en circunstancias no aclaradas. El magnate americano de los ferrocarriles George Jay Gould, que estuvo presente en la tumba, falleció también de una neumonía. El secretario de Carter, Richard Bethell, murió de una forma extraña varios años después. El padre y la mujer de Bethell, se suicidaron al poco tiempo. Alb Lythgoe del Museo Metropolitano de Nueva York, murió víctima de un infarto, y el egiptólogo George Benedite falleció de una caída en el Valle de los Reyes. Los directores del Departamento de Antigüedades del Museo de El Cairo, que intervinieron en la exposición de los restos de Tutankamón en París y Londres, murieron a causa de sendas hemorragias cerebrales. A pesar de la supuesta masacre que se había cobrado la maldición, Howard Carter nunca creyó en ella: “Todo espíritu de comprensión inteligente se halla ausente de esas estúpidas ideas”. ¿Tenía razón?


El arqueólogo Howard Carter examinando el sarcófago de Tutankamón (Fuente: National Geographic)
Según Carter, al menos 50 personas habían presenciado la apertura del sarcófago, la apertura de la tumba e incluso el descubrimiento de la cámara, y de todos ellos, tan solo unos pocos habían muerto una década después del descubrimiento. Si la maldición era real, no sería muy efectiva en su cometido. De hecho, Carter murió de forma natural a los 64 años, 17 años después de la apertura de la tumba de Tutankamón. En teoría, la presunta maldición había comenzado con la muerte de lord Carnarvon, pero la explicación más aceptada es que Carnarvon murió de septicemia bacteriana derivada de una erisipela. La erisipela es una enfermedad infecciosa de la piel, producida por estreptococos, especialmente Streptococcus pyogenes. Según parece, la infección se originó al cortarse una picadura de un mosquito mientras se afeitaba. No obstante, esta conjetura no está totalmente aceptada, y algunos autores atribuyen su fallecimiento a una infección microbiana causada por hongos patógenos como Aspergillus niger, Aspergillus terreus o Aspergillus flavus. Esta teoría se debe a que estos hongos son capaces de formar esporas de resistencia que pueden permanecer viables durante siglos. Según esta teoría, las esporas debían permanecer en el interior de la tumba y fueron inhaladas por lord Carnarvon, provocando una aspergilosis pulmonar de tipo invasivo. Esta situación habría desencadenado en una neumonía, como consecuencia de un sistema inmunitario debilitado que Carnarvon arrastraba desde que tuvo un accidente de coche unos años antes, y que repercutía en el padecimiento de infecciones pulmonares recurrentes.
En 1944, Ann Cox argumentó en contra de la teoría de la aspergilosis, desestimando cualquier vínculo entre la entrada de Carnarvon en la tumba y su prematura muerte. Sin embargo, estudios recientes realizados en 2010, 2011, 2015 y 2016, han encontrado diferentes especies del hongo Aspergillus viviendo de forma saprofítica (alimentándose de materia orgánica en descomposición) sobre momias del Museo Arqueológico de Zagreb, sobre reliquias momificadas de San Marcian (Croacia), sobre restos humanos momificados en una cripta de Eslovaquia e incluso sobre momias Chinchorro recuperadas del desierto de Atacama en Chile, y que son consideradas las momias artificiales más antiguas jamás encontradas. Por lo tanto, resulta factible la presencia de esporas de estos hongos en la momia de Tutankamón. Además, las esporas de Aspergillus, puede permanecer largos periodos de latencia en el interior de pulmones de personas con el sistema inmunitario debilitado, lo que explicaría que lord Carnarvon no mostrase síntomas de infección durante los 5 meses siguientes a la apertura de la cámara. De hecho, en 1923, el periódico Times informó de que lord Carnarvon mostraba una dolorosa inflamación que afectaba a sus ojos y fosas nasales, lo que concuerda con el proceso de sinusitis invasiva por Aspergillus con extensión a la órbita ocular. Aunque parezca improbable que esta sintomatología derive en la neumonía que fue apuntada como la causa oficial de la muerte, lo cierto es que no es imposible.
Como dijo Mark Twain, la historia no se repite pero rima, y resulta que en 1973 se desató una nueva maldición. El entonces arzobispo de Cracovia, que luego se convertiría en el Papa Juan Pablo II, autorizó la apertura de la tumba de Casimiro IV, gran duque de Lituania y rey de Polonia en el siglo XV. De los 12 científicos presentes en el apertura, 10 murieron al cabo de poco tiempo, y los dos restantes acarrearon problemas de salud en los años posteriores. Después se demostró la presencia de hongos del género Aspergillus en la tumba. De hecho, uno de los supervivientes realizó varias investigaciones que demostraron que este tipo de hongos eran relativamente abundantes en espacios cerrados, oscuros y con una temperatura moderada y estable, las mismas condiciones que se podían encontrar en la tumba de Tutankamón o en la de Casimiro IV.
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