Las copywars y el ciberfetichismo
Artículo basado en el libro: “Sociofobia: El cambio político en la era de la utopía digital” de César Rendueles.
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Si nos paramos a pensar en el invento de la era moderna que más haya revolucionado nuestras vidas, a nadie se le ocurriría proponer los motores de turbo inyección como respuesta, ya que estos no producen transformaciones sociales relevantes (aunque, de hecho, puede que lo hagan). Sin embargo, a una gran cantidad de personas, se les pasaría por la cabeza Internet en particular, o las tecnologías de la información y la comunicación en general. Las redes sociales así como el inmenso acceso a información que nos permiten estas tecnologías, han cambiado nuestro modo de vida y muy posiblemente estén cambiando nuestra forma de pensar. De hecho, las tecnologías disponibles condicionan nuestras relaciones con nuestro medio y nuestra organización social. Aun así, esta causalidad no nos proporciona información sobre la manera en la que la tecnología nos influye. Aunque estemos seguros de que el nivel de desarrollo tecnológico guarda una relación estrecha con las estructuras sociales duraderas; como el caso de las tribus de cazadores-recolectores en las que el esclavismo no presentaba un papel dominante. Esto, no era debido a la bondad de las sociedades neolíticas, sino a que su desarrollo tecnológico no producía una cantidad de excedentes significativos, por lo que era necesario el trabajo de todo el grupo para la subsistencia, y la inoperancia de un amo respecto a su esclavo resultaría en la disminución de los recursos disponibles. El ejemplo mencionado, entre muchos otros, nos da razones para creer que el desarrollo tecnológico muestra una correlación positiva con el aumento de la desigualdad material a lo largo de toda la historia humana. Esta idea, se intentó convertir en una teoría sofisticada bajo la pluma de Kuznets, pero no pudo con la labor, y quedó con un resultado muy pobre. Y es que aunque su tesis fuese verdadera, lo cierto es que los cambios tecnológicos no se registran inmediatamente en la sociedad, sino que requiere una serie de invenciones y adaptaciones en la política. Marx afirmaba que sin avances materiales y técnicos, no se puede ni siquiera plantear la liberación política. Con la escasez como bandera económica, la cooperación y el altruismo brillan por su ausencia. Sin embargo, el capitalismo y la revolución industrial establecieron una serie de condiciones materiales en las que el excedente de producción era y es ley. Bajo estas condiciones capitalistas, es el momento de buscar la emancipación política, lo cual es necesario hacer con cierta celeridad, ya que otra de las posibles consecuencias es la autodestrucción del propio sistema. Aun así, Marx no fue capaz de definir el determinismo tecnológico contemporáneo ya que no consideraba que los cambios políticos fueran necesarios para optimizar el uso de la tecnología; y ya que creía que los desarrollos tecnológicos eran una fuente automática de transformaciones sociales liberadoras. Por eso, antes de determinismo tecnológico habría que hablar sobre fetichismo tecnológico, lo que a día de hoy se consideraría ciberfetichismo.


Curva de Kuznets que explica la relación entre la desigualdad de ingresos y el crecimiento económico (Fuente: Economipedia)
El término “fetichismo de la mercancía” brevemente mencionado en el principio de “El Capital”, es usado por Marx para explicar cómo en el capitalismo, algunos procesos sociales importantes solo se observan a través de sus efectos en el mercado. Esto hace que las relaciones mercantiles de bienes y servicios, sean en realidad relaciones entre personas. Nos identificamos mutuamente a través de los bienes que compramos y vendemos en el mercado. Los ciberfetichistas, aunque le otorgan una importancia vital a la tecnología, no proporcionan indicios de las influencia de esta en las estructuras sociales. Un claro ejemplo de los efectos mercantiles que generan los cambios tecnológicos se puede observar en torno al copyright y la propiedad intelectual que han generado numerosas controversias y debates en los últimos tiempos. Caso concretos de ello son la biopiratería que práctica Monsanto al patentar especies de plantas o los lobbys de presión que evitan que películas de Hollywood pasen a dominio público. Hasta hace muy poco, el mundo de las patentes y el copyright, representaba un área oscura del derecho mercantil, pero la legislación de la propiedad intelectual ha tenido una marcada influencia en la consolidación de potencias económicas a nivel internacional. Concretamente, estoy hablando del caso de EE.UU. donde a principios del siglo XX, el 98% de las patentes del campo de la química concedidas en territorio estadounidense fueron otorgadas a empresas alemanas. Sin embargo, durante las guerras mundiales, el gobierno de EE.UU. se hizo con todas las patentes de propiedad alemana, las cuales habían sido confiscadas. Principalmente se expropiaron patentes de empresas como Dupont, Kodak, Union Carbide o General Chemical. Los adalides de la propiedad privada no parecieron ser tan “protectores” de la propiedad intelectual ni tan críticos con la expropiación. Aun así, ninguno de estos sucesos tuvo la importancia pública que se merecía ni un protagonismo político.
Hoy en día, por el contrario, estas cuestiones suscitan profundos debates en la esfera pública, y el mudo corporativo está perdiendo la batalla. Más allá de exacerbados patriotas norteamericanos, la opinión mediática que suscita Julian Assange es muy positiva, Richard Stallman se ha convertido en un icono contracultural o Lawrence Lessig quien aparece en la serie "El ala oeste de la casa blanca", no son más que algunos de los ejemplos de figuras de notoriedad que se muestran muy críticas con la propiedad intelectual y su regulación. Del mismo modo, los principales defensores de la misma, como Bill Gates, Mark Zuckerberg o el difunto Steve Jobs, se están convirtiendo en sujetos que inspiran rechazo en vez la admiración de antaño. Incluso se han generado nuevas iniciativas como copyleft que hablan sobre la expropiación de los bienes comunes como una característica intrínseca de las economías contemporáneas. Lo cierto es que estos activistas se han centrado en las copywars ya que parecen condensar uno de los principales problemas del capitalismo. Aunque el sistema sea capaz de generar (y genera) increíbles avances tecnológicos, la sociedad generalmente es incapaz de sacarles partido. El sistema neoliberal en el que vivimos es profundamente paradójico, todos los desarrollos tecnológicos que están a nuestro alcance generan paro o sobreocupación (Burnout), en vez de reducir la jornada laboral y aumentar el tiempo libre; el aumento de productividad genera crisis de sobreacumulación, en vez de abundancia; los medios de comunicación de masas generan alineación y sobreinformación, en vez de ilustración… Tanto con el copyright como con otros ámbitos económicos, se genera un macabro híbrido socio-capitalista en el que los beneficios son privatizados mientras que las pérdidas son socializadas. No debemos olvidar que la búsqueda de beneficio individual tan defendido por Smith, tiene una conexión intrínseca y de causalidad con la forma de organizar el suministro de una gran parte de los bienes y servicios que producimos. Si no ganase dinero, ¿qué le obligaría a un panadero a madrugar para elaborar pan? Esto puede traducirse en el mundo de la propiedad intelectual como que si no existiera la remota posibilidad de convertirse en una estrella multimillonaria, un cantante de rock quemaría su guitarra en una hoguera.


Julian Assange, fundador de Wikileaks (Fuente: El Orden Mundial)
¿Absurdo verdad? Creer en estas afirmaciones es respaldar que la inexistencia de la lotería nos condenaría a todos a una vida de desesperación por nuestra mediocridad material. Sin embargo, más allá de si la competencia mercantil representa un resorte para la creación, lo cierto es que las barreras que evitan que un archivo digital imperecedero sea distribuido a un coste cercano a 0 son más sociales que materiales; algo que no ocurre con el resto de bienes que producimos. Para los bienes digitales, la ley de la oferta y la demanda se vuelve mucho más compleja que con los bienes materiales. Esto se debe a que cuando el precio no es una barrera para distribuir un producto ya creado (a coste cercano a cero todo el mundo tendría acceso a estos bienes y la demanda sería prácticamente ilimitada), empiezan a generarse profundas conexiones entre lo que la gente desea y los creadores pueden ofrecer. Factores de índole social y político se impregnan en los resquicios entre la oferta y la demanda, afectando a la motivación de los creadores para comenzar proyectos que en una formato mercantil estandarizado no emprenderían. Las continuas actualizaciones de Wikipedia por parte de miles de usuarios, o el acto de subtitular una serie animación; ambas de forma gratuita y anónima, son actos completamente irracionales bajo un prisma mercantilista; sin embargo, no son más que un par de los cientos de actos que la gente realiza en el mundo virtual con un total desinterés. Por esta razón, es por lo que mucha gente observa las copywars como un germen para una tercera vía ante el dilema entre una aparatosa burocracia estatal, y una privatización descontrolada. Además, este debate en torno al copyright, permite labrar un terreno en el que la izquierda supere sus barreras organizativas, ya que integra una gran diversidad de corrientes ideológicas que históricamente han atomizado a la izquierda. De esta forma, gracias a diversos movimientos cooperativos y altruistas de Internet, la izquierda se vuelve más atractiva para las nuevas generaciones. Aun así, las experiencias basadas en innovaciones tecnológicas que han mostrado alguna motivación social, se han estrellado estrepitosamente, tanto por las barreras burocráticas de los estados, como por los obstáculos interpuestos por el mercado. Por este motivo, la concepción de Internet como un instrumento de expansión de la democracia, se ha dado de bruces con la realidad, principalmente por la acción de los medios de comunicación y los expertos en telecomunicaciones (Google, Amazon, Meta…), que tergiversan los hechos de cualquier acción cooperativa digital, con la intención de mitigar su poder democratizador.
Para concluir este artículo, es necesario mencionar un caso en el que se demuestra que la culpa de la falta de poder democratizador del mundo digital no es exclusiva de los medios y las grandes corporaciones, sino que el grueso de la población también se muestra ineficiente a la hora de potenciar las capacidades cooperativas de Internet. Se trata del caso de Psiphon, una herramienta informática copyleft desarrollada por la Universidad de Toronto, para facilitar el acceso anónimo a Internet por parte de ciudadanos de países en los que hay censura. No se trata de una herramienta que vaya a acabar con la censura, pero sí ayudará a muchos ciudadanos a informarse más allá de las limitaciones establecidas por sus gobiernos. Aunque esta herramienta parezca una utopía cibernética, lo cierto es que los creadores de la mismas descubrieron que gran cantidad de los que solicitaban este servicio desde países censurados, lo empleaban para la búsqueda de pornografía y cotilleos sobre famosos, en vez de usarlo para descargarse informes de Amnistía Internacional. Aunque Internet sirva para la realización de la esfera pública, tenemos que aceptar que el objetivos más superficiales y palpables de nuestras sociedades, no va más allá del porno y los rumores sobre celebrities.
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