Mercados imperfectos: La información privilegiada y los seguros médicos

Artículo basado en el libro: "El Economista Camuflado: La economía de las pequeñas cosas" de Tim Harford

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Es más que evidente que los mercados perfectos previstos por los eminentes economistas clásicos como Adam Smith no existen en la realidad. Los mercados del sistema capitalista, aunque sean muy eficientes en la fijación de los precios de bienes y servicios que los consumidores queremos con mayor o menor deseo, muestran múltiples fallos. Uno de los más destacados y reconocidos desde hace tiempo por los economistas se centra en la información privilegiada. Si en un acuerdo comercial una de las partes dispone de una información privilegiada y la otra no, entonces los mercados pueden no funcionar tan correctamente como deberían. Esto nos lo dice la propia intuición, pero no fue hasta que un economista estadounidense llamado George Akerlof publicó, en 1970, un revolucionario artículo cuando los profesionales de las ciencias económicas en su conjunto se dieron cuenta de cuán profundo y trágico podría ser este problema.

Akerlof escogió como ejemplo el mercado de los coches de segunda mano y demostró que, incluso si el mercado es altamente competitivo, simplemente no puede funcionar si los vendedores saben mucho sobre la calidad de los coches que venden y los compradores no. Pongamos un ejemplo sencillo, supongamos que la mitad de los coches usados que están a la venta son gangas y la otra mitad son chatarra. Las gangas tienen un mayor valor para los compradores potenciales que para los vendedores, si no fuera así, los compradores no serían compradores. Digamos que el valor de una ganga es de 5.000 dólares para los potenciales compradores y 4.000 para los vendedores. Las chatarras son coches sin ningún valor. Los vendedores saben si el coche que tienen a la venta es una ganga o una chatarra, pero los compradores lo tienen que adivinar. Un comprador al que no le importe arriesgar podría pensar que cualquier valor entre 2.000 y 2.500 dólares sería un precio razonable por cualquier coche que tiene un 50% de posibilidades de ser una ganga y el otro 50% de ser una chatarra. El vendedor también considera que se trata de un acuerdo justo para esas probabilidades 50/50. Sin embargo, el vendedor conoce la realidad y sabe con certeza si el coche que está vendiendo es una chatarra o una ganga. Por lo tanto, si le ofreces 2.500 dólares a un vendedor que tuviera una chatarra, no dudaría un segundo en cerrar el trato, pero si tuviera una ganga, la oferta le parecería una ofensa. Es decir, si la oferta es de 2.500 dólares, el comprador rápidamente se daría cuenta de que a lo único que puede acceder es a un chatarra. Por supuesto, si ofrecieras 4.001 dólares (un valor superior al considerado por el vendedor para las gangas) verás que también podrás acceder a comprarte una ganga, pero esto no hace que las chatarras desaparezcan del mercado. Lógicamente, 4.001 dólares no parece una oferta justa por un coche que tiene un 50% de probabilidades de ser una chatarra.

George Akerlof, Premio Nobel de Economía en 2001 (Fuente: BBC)

No se trata de un problema sin importancia sobre aspectos secundarios del mercado. En este escenario ¡no hay mercado! Ningún vendedor estará dispuesto a vender una ganga por menos de 4.000 dólares y ningún comprador estará dispuesto a ofrecer esa cantidad por un coche que tiene un 50% de posibilidades de ser una chatarra. Los vendedores no pondrán a la venta las gangas y los compradores lo saben, al final, los únicos coches que se comercializarán serán las poco valiosas chatarras. Si algunas personas saben más sobre la calidad de un producto que otras, entonces algunos productos de alta calidad podrían no ser comercializados en absoluto o comercializarse muy poco. Por eso los coches usados tienden a ser baratos y de mala calidad, el mercado no funciona ni remotamente. Los vendedores que cuentan con gangas quieren ofrecerlos por un buen precio, pero como no pueden verdaderamente probar que un buen coche es una ganga, no pueden conseguir ese precio y preferirán reservarlo para su uso propio o vendérselo a alguien de confianza como un familiar o un amigo. Puede que creas que los vendedores se benefician de su información privilegiada, pero, en realidad, no hay ganadores. Los compradores inteligentes no se ponen en evidencia jugando a un juego amañado. Lo que Akerlof describió no es un mercado en el que algunas personas son estafadas; describió un mercado que debería existir pero no existe por la fuerza corrosiva de la información privilegiada. Los vendedores con gangas deberían vendérselas a los compradores, en donde cada venta produciría 1.000 dólares de valor, la diferencia entre el valor para el vendedor (4.000) y el valor para el comprador (5.000). Si el precio se acerca más a 4.000 dólares, es el comprador el que obtiene mayor parte de ese valor (para él valía 5.000), pero si el precio se acerca más a 5.000 dólares, es el vendedor el que acapara el valor (para él valía 4.000). Sin embargo, Akerlof demostró que ninguna de estas transacciones creadoras de valor se lleva a cabo.

El mercado de los coches de segunda mano no es el único afectado por la información privilegiada. Esto también explica porqué no podemos encontrar un plato de comida decente en los centros turísticos más grandes de cada país como Leicester Square, en Londres o Times Square, en Manhattan. Salvo escasas excepciones, el hambriento turista estará dispuesto a pagar una suma elevada de dinero por una comida de baja calidad debido a la falta de información sobre el mercado. Los turistas están dispuestos a pagar estos elevados precios ya que desconocen la zona y no tienen ni idea de donde podrían encontrar una alternativa mejor. Los turistas se encuentran ante un mercado truncado, los restaurantes de alta calidad, simplemente no se encuentran en estas zonas. Todos los buenos restaurantes preferirán ubicaciones con un alquiler más asequible y donde puedan ser apreciados por los lugareños, que están mejor informados. Los turistas, como solo visitarán estas zonas una vez en la vida, serán explotados por los restaurantes con comida mediocre. Los locales de comida de los centros turísticos son chatarra, y las gangas están reservadas para los habitantes informados. En ambos casos, Akerlof no describe una ignorancia generalizada, sino una situación en la que una de las partes sabe más que la otra, algo que los economistas denominan "información asimétrica". Si tanto los vendedores como los compradores de coches usados desconocieran que los coches de la transacción son gangas o chatarras, ambos estarían de acuerdo en venderlos a un precio de 2.000-2.500 dólares y el mercado funcionaría, es cuando un negociador sabe demasiado y el otro muy poco cuando el mercado se vuelve imperfecto.

Estos mercados problemáticos debido a la información asimétrica, también pueden observarse en el comercio de seguros médicos. La gran importancia de estos seguros deriva de que las enfermedades son extremadamente impredecibles y, algunas veces, tratarlas cuesta mucho dinero. Además, la enfermedad también suele coincidir con periodos en los que los ingresos de las personas son muy bajos, pues las personas son más propensas a sufrir enfermedades después de jubilarse, y, además, porque quienes precisan esos cuidados pueden estar demasiado enfermos como para trabajar. Si este mercado no funciona correctamente, el resultado será primas muy altas y un gran número de personas sin cobertura médica. Siguiendo la analogía de Akerlof, las personas más propensas a la enfermedad serían chatarra para las aseguradoras, mientras que las que disfrutan de mejor salud, serán gangas. Si una persona tiende a ponerse enferma, lo más probables es que esté dispuesto a pagar todos los seguros médicos disponibles; mientras que si una persona tiene un historial clínico impecable y sus antepasados vivieron todos más allá de los 100 años, lo más probable es que solo esté dispuesto a contratar un seguro médico barato, después de todo, apenas espera necesitarlo. La persona que rebosa salud (ganga) no encontrará adecuado contratar un seguro estándar, mientras que la persona enferma (chatarra) recibirá ese mismo seguro con los brazos abiertos. En consecuencia, las aseguradoras solo venderán cobertura médica a quienes tienen la seguridad de que lo usarán. Es decir, perderá a aquellos clientes que tienen pocas probabilidades de hacer reclamaciones y captará a los clientes no deseados que, muy probablemente, realizarán costosas reclamaciones. Entonces, la empresa aseguradora disminuirá sus beneficios y tendrá que aumentar las primas de los seguros, alejando aún más si cabe a los clientes más saludables que considera como gangas. Esto obligará a las aseguradoras a subir más las primas para que, al final, únicamente los más enfermos contratarán estos seguros a un precio casi imposible de pagar.

Por supuesto, las compañías de seguros tratarán de arreglar el mercado obteniendo mayor información de sus clientes, para lo que realizarán exhaustivos exámenes médicos tanto a los propios clientes como a sus antepasados más cercanos. A medida que cada vez haya más información genética de la gente, las empresas aseguradoras podrán obtener un panorama cada vez más preciso de los costes de suministro de seguro médico para cada individuo en particular. De esta forma, la información asimétrica entre aseguradoras y asegurados se reducirá, lo que facilitará a las compañías de seguros proporcionar aseguramiento a una mayor cantidad de personas, reduciendo las primas que se deben pagar. Si las empresas de seguros no saben cuánto les costará dar cobertura a las demandas de prestaciones de cada cliente, y no pueden calcularlo de un modo más preciso que el propio cliente, simplemente quebrarán. El mercado de los seguros se salvaría si las personas “chatarra” pagasen unas elevadas cuotas por sus seguros médicos, mientras que las personas “ganga” podrían contratarlo por una suma casi simbólica. Ambas primas reflejarían una cuota actuarialmente justa, en la que se cubren ni más ni menos que los gastos médicos probables. Si las compañías de seguros pudiesen obtener una gran cantidad de información a partir de los análisis genéticos, las personas que tuvieran gran probabilidad de enfermar pagarían unas primas elevadísimas, pero esto difícilmente podría considerarse un auténtico sistema de seguros.

Las empresas de seguros se mantienen a flote ya que son capaces de predecir los costes que conlleva proporcionar cobertura médica a cada uno de sus asegurados. El problema es que quienes prevén necesitar atenciones médicas costosas (ancianos o enfermos crónicos) se encontrarán con que su compañía no les presta realmente demasiada cobertura, ya que sus primas han sido ajustadas para incluir esos gastos médicos. De esta forma, pagarán más dinero por su seguro de lo les supondría pagar de su propio bolsillo los gastos médicos que deberían afrontar en caso de no tener seguro. La conclusión es evidente, un mercado de seguros depende de la ignorancia mutua. Si pudiéramos predecir el futuro, los seguros no tendrían sentido. Si una compañía pudiese predecir mi enfermedad mejor que yo, solo me vendería el seguro si no lo necesitara; y si yo pudiera predecir mi enfermedad mejor que la compañía, esta no me lo vendería. Por ello, cualquier avance en la ciencia médica que haga retroceder los límites de tal ignorancia mutua, debilitará las bases del aseguramiento.

En el año 2001, Akerlof ganó el Premio Nobel de Economía por su trabajo sobre la información asimétrica y lo compartió con dos economistas que propusieron soluciones parciales a este problema. Michael Spence, sostenía que la personas que poseía información privilegiada podría transmitirles a la personas que carecían de información de un modo tal, que pudiera confiar en ella. El otro ganador del Nobel, Joseph Stiglitz, analizó el problema al revés e investigó de qué forma la persona carente de información podía conseguirla. Continuando con la analogía de los coches de segunda mano, Spence se dio cuenta de que no bastaba con que un vendedor de gangas afirmará que sus coches eran gangas, un vendedor de chatarra también podría hacerlo. El comprador no sabría quién está diciendo la verdad, ya que esa afirmación no brinda ninguna información. Según Spence, un verdadero indicio de calidad sería aquel que no facilitase un vendedor de chatarra, o bien que no pudiera permitirse facilitar. Un ejemplo sería comprar un costoso espacio para la exposición de coches, algo que sólo podría permitirse un vendedor que planeara quedarse en la zona por un largo periodo de tiempo. Un vendedor de gangas espera que sus clientes satisfechos regresen al negocio y que hablen a sus amigos y familiares de las gangas. Con las ventas de los años, los beneficios amortizarían los costes del espacio de exposición. Un vendedor de chatarra no puede operar de ese modo, ya que tras vender unas pocas chatarras con una exagerada publicidad, tendría que trasladarse a algún lugar donde su fama de deshonesto fuera desconocida. Por esta razón los bancos siempre se construyen en edificios tan imponentes, de forma que los clientes puedan confiar en que los administradores de su dinero no se vayan a escapar con él. También es la razón por la que pagarás más por productos comprados en un lugar fijo y establecido que en un puesto de mercadillo. El local todavía estará allí si realizas alguna clase de reclamación, y esa misma posibilidad te da la seguridad de que es menos probable que hagas dicha reclamación. Spence demostró que un modo de contrarrestar la información dispar en estos mercados entorpecidos por la información privilegiada es que los vendedores dignos de confianza descubran modos para manifestar esta confianza. Mientras que Akerlof demostró que la información privilegiada podía reducir la capacidad de la gente para encontrar acuerdos que beneficien a ambas partes, Spence expuso una forma en la que estos acuerdos podían ser celebrados.

De izquierda a derecha: George Akerlof, Michael Spence y Joseph Stiglitz, ganadores del Premio Nobel de Economía en 2001 (Fuente: Elaborada por Chat GPT)

Mientras que Spence se preguntó qué podía hacer la parte informada, Stiglitz hizo lo propio con la parte no informada. Se centró en los mercados de seguros y descubrió que el asegurador no informado no se encontraba totalmente indefenso ante los clientes que podían predecir la posibilidad de necesitar cobertura médica. El asegurador podía ofrecer diferentes contratos, por ejemplo, reduciendo la prima del seguro, pero aumentando la franquicia (la parte del coste médico que paga el asegurado). Las primas bajas hacen que el seguro sea más barato, pero la una franquicia más alta conlleva a que la aseguradora pague menos en concepto de cobertura en caso de reclamación. Los clientes de bajo riesgo se sentirían atraídos por los bajos costes de las primas, mientras que el coste de franquicia no les importaría tanto ya que, después de todo, no esperarían reclamar el pago de servicios médicos con mucha frecuencia. Sin embargo, los clientes de alto riesgo preferirían pagar primas más altas (y costes de franquicia más bajos) ya que esperan reclamar los servicios médicos con más frecuencia (una franquicia alta les costaría mucho dinero propio). Con estos contratos diferentes, las aseguradoras podrían persuadir a sus clientes para que les revelarán la información privilegiada que poseen. Sin embargo, Stiglitz, no predijo que el problemas de las gangas y las chatarras de Akerlof pudiera resolverse con un bajo coste. Al contrario, demostró que, como reacción a la información privilegiada, los bancos podrían llegar a negarles sus préstamos a sectores enteros de la sociedad, las empresas podrían pagar salarios muy desiguales a sus trabajadores y las aseguradoras preferirían excluir a los individuos con alto riesgo de caer enfermos.

En definitiva, el análisis de Akerlof, Spence y Stiglitz revela que la información asimétrica no es una anomalía marginal, sino una fuerza estructural capaz de vaciar mercados enteros de intercambios mutuamente beneficiosos. Desde los coches de segunda mano hasta los seguros médicos, la desigual distribución de la información distorsiona precios, expulsa a los agentes de mayor calidad y conduce a resultados socialmente ineficientes. Los mecanismos diseñados para corregir estos fallos (señalización, selección de contratos o recopilación de información adicional) logran, en el mejor de los casos, paliar parcialmente el problema, pero suelen introducir nuevas desigualdades o exclusiones. Así, los mercados reales no fracasan por falta de competencia, sino porque el conocimiento está repartido de forma imperfecta. Comprender este límite fundamental del mercado resulta imprescindible para evaluar hasta qué punto puede confiarse en él y cuándo es necesaria la intervención institucional para evitar que la lógica económica derive en resultados profundamente injustos o ineficientes.

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