Ni armas ni drogas: el tráfico ilegal que está destruyendo nuestro planeta

Artículo basado en el libro: "Homo Criminalis: Cómo el crimen organiza el mundo" de Mark Galeotti.

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Cuando hablamos de tráfico ilegal a todo el mundo le viene a la mente el comercio ilícito de tres “productos” diferentes: el primero y más obvio serían las drogas, en segundo lugar tendríamos las armas y, finalmente, aunque también recibe el nombre de trata, tendríamos a las personas. Sin embargo, existe un sin fin de productos con los que se puede comerciar de manera ilegal. Bien por que se trata de productos robados como coches de lujo u obras de arte, o bien porque se trata de un producto cuyo compraventa está altamente regulada por las autoridades, el tráfico ilegal puede abarcar casi cualquier cosa. No obstante, en este artículo nos centraremos en los bienes o recursos naturales que nuestro sistema altamente extractivo está agotando de una forma alarmantemente rápida. Y empezamos con un recurso que seguro no esperabas ver en un mercado ilegal: la arena.

En 2019, en el río Huangpu (China), un buque portacontenedores se aproximaba al puerto de Shanghái cuando el sistema de seguimiento automático y el GPS comenzaron a fallar. El sistema indicaba que el barco se encontraba a unos 9 kilómetros de donde estaba en realidad. No parecía haber ninguna avería del equipo y, además, los transpondedores de otros barcos también estaban fallando. Lo que estaba ocurriendo es que buques no registrados estaban clonando la identidad de estos barcos para acceder con cargamentos clandestinos. A pesar del calibre del engaño tecnológico, el cargamento ilegal era de arena. El boom de la construcción en China había provocado una escasez de arena fina, la cual se puede dragar del fondo de ríos como el Huangpu o el Yangtsé. Los barcos clandestinos bajan sus tuberías a la noche para succionar miles de toneladas de arena que los constructores chinos han empezado a llamar “oro blando”. La carga completa de un barco se puede llegar a vender por 85.000 dólares, un negocio bastante lucrativo teniendo en cuenta lo que se comercia. De hecho, el negocio de la construcción requiere anualmente unas 40.000 millones de toneladas de arena y grava, lo que genera una industria de 70.000 millones de dólares. Pero no se trata de un comercio ilegal tan solo en China; por ejemplo, en la India existen las “mafias de la arena” que se dedican a comerciar de forma tanto nacional como internacional mediante un violento negocio que ya se ha cobrado varios centenares de vidas humanas. Y no solo eso, estas mafias hacen que desaparezcan playas, alteran ecosistemas fluviales y marinos e incluso cambian los cursos de las corrientes litorales. Mercados como el de la arena en los que se explotan recursos poco controlados pero con una demanda lucrativa, tienen un impacto enorme en las economías locales y en el medio ambiente de todo el planeta.

Vista aérea del río Huangpu en Shanghái (Fuete: Wikipedia)

La humanidad lleva siglos saqueando el planeta sin pensar en las consecuencias. Un ejemplo particular de esta necesidad humana de remodelar el entorno que nos rodea lo encontramos en las exigencias de la producción agraria. Son muchas bocas las que hay que alimentar y los sistemas de producción más utilizados no son precisamente sostenibles. Sin embargo, en la actualidad muchas de las prácticas que atentan contra el medio ambiente están siendo reguladas, e incluso prohibidas. Aunque sean medidas que han de tomarse más tarde o más temprano lo cierto es que estas medidas están creando lucrativos mercados ilegales por todo el mundo. Es el típico dilema al que se enfrentan las sociedades humanas: cuando prohibimos, gravamos con impuestos o restringimos prácticas que consideramos peligrosas, destructivas o despreciables, creamos nuevas oportunidades para hacer dinero vulnerando o incumpliendo esos controles. Y lo peor de todo es que la mayoría de personas que se lucran con estas “nuevas oportunidades” suelen pertenecer al crímen organizado y utilizan estas tentativas para financiar actividades aún más perniciosas. Los delitos medioambientales son casi siempre transnacionales, si no en la comisión, sí en los efectos. Por ejemplo, un árbol talado ilegalmente en la Amazonía puede acabar en una fábrica de Italia para convertirse en una silla que se venderá en París. Este sencillo delito forma parte del proceso de deforestación que está contribuyendo en una quinta parte al aumento de los gases de efecto invernadero. Y los efectos no son sólo medioambientales, sino también económicos. El Banco Mundial ha calculado que las explotaciones forestales ilegales, la pesca ilegal y el comercio de animales salvajes (una pequeña porción de los delitos ecológicos) cuestan a los países de origen que, por lo general, son países con menos ingresos, entre 7.000 y 12.000 millones de dólares al año en posibles ganancias que se dejan de percibir. La explotación forestal ilegal tiene un impacto medioambiental enorme. Destruye los hábitats de las especias y, en consecuencia, la biodiversidad local, lo que acelera la erosión del suelo y la desertización, así como las inundaciones de los litorales. En África occidental, por ejemplo, la deforestación ha duplicado el riesgo de riadas en las ciudades situadas en el litoral.

Otro caso muy llamativo de este tipo de tráfico surgió cuando los países empezaron a reparar en el peligro de la reducción de la capa de ozono. Por ello, buscaron medidas para eliminar varios de los gases que provocan esa reducción, entre los que destacan los CFC (clorofluorocarbonos), antaño presentes en todos los sistemas de refrigeración, desde los frigoríficos hasta los aires acondicionados. El Protocolo de Montreal de 1987 sobre las sustancias que reducen la capa de ozono prohibió los CFC en todo el mundo. El entonces secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan, calificó lo como: “posiblemente el acuerdo internacional con mayor éxito”. Lo cierto es que éxito tuvo, ya que evitó que llegaran a la atmósfera el equivalente a 10 gigatoneladas de carbono dióxido al año, una cuarta parte de las emisiones globales anuales. Sin embargo, hubo empresas e individuos sin escrúpulos que no cambiaron sus sistemas de refrigeración, por lo que, a pesar de estar prohibidos, seguía habiendo una demanda de CFC. Como nos ha enseñado el narcotráfico, allí donde un producto prohibido tiene demanda, el comercio ilegal no tarda en aparecer. En la década de 1990 podías comprar en China un cilindro de unos 13,6 kilos de CFC-12 por unos 40 dólares, para luego venderlo en el mercado negro estadounidense por unos 600 dólares. Un negocio muy lucrativo. En esa década se comerciaba anualmente con CFC por valor de 500 millones de dólares. Además, también surgió otro problema. Los cientos de millones de personas que sí estaban dispuestas a cambiar sus frigoríficos y aires acondicionados por otros que no usasen CFC, ¿qué hicieron con los antiguos? Una buena parte se eliminó de manera responsable pero, al igual que ocurre hoy en día, una parte considerable fue a parar a compañías de gestión de residuos que no son más que empresas pantalla del crimen organizado. Estas falsas empresas, en vez de gestionar los residuos de forma adecuada y acorde con la ley, suelen tirar los deshechos en el mar o los llevan a países pobres con regulaciones más laxas, donde son dejados en cualquier vertedero. Pero este problema no es en absoluto nuevo. En 1980, el coste de eliminar adecuadamente residuos peligrosos en EE.UU. era de 250 dólares por tonelada, mientras que transportarlos a África y tirarlos allí no solía costar más de 40 dólares, y la mayoría correspondía al transporte. Desde entonces, las normativas y regulaciones para gestionar de forma adecuada los residuos no han hecho más que aumentar el precio de estas gestiones, mientras que las prácticas ilegales apenas han variado de precio. Un caso muy característico que ejemplifica lo mencionado ocurrió en 1992 en Bangladesh. La nación asiática había comprado 3.0000 toneladas de fertilizantes a los EE.UU. para los agricultores de todo el país, pero estos fertilizantes estaban contaminados con polvo de fundición de cobre, que contiene cadmio y plomo, ambos carcinógenos. Resulta que la multa de un millón de dólares que obligaron a pagar a los vendedores era bastante inferior al coste de gestionar esos fertilizantes de forma legal y responsable.

Kofi Annan, ex-secretario general de las Naciones Unidas (Fuente: Venfort)

No todo lo que se comercia en este mercado ilegal de recursos naturales es inerte (arena, CFC…) o inmóvil (madera de los árboles), también existe un amplio comercio de organismos vivos que no son plantas, sino animales, y cuánto más exóticos y escasos mejor. Una nación muy consciente de este problema es Rusia, que hace unos años estrenó una serie de televisión titulada “Zapovedny Spetsnaz” , en la que un antiguo comando ruso se convierte en guardabosques para proteger la fauna local de los cazadores furtivos. Aunque se trata de una serie ficticia, muchas de las ideas están sacadas de las experiencias reales de los guardabosques rusos que desde 1990 se encargaban de los piratas medioambientales de la zona. Por ejemplo, la “mafia del caviar”, una red de crimen organizado que se encargaba del control del comercio ilegal de huevas de esturión, y que amenazaban con bombas a los guardabosques que se ponían en su camino. Luego optaron por algo más pacífico y se dedicaron a sobornarlos. Un problema más reciente son los cazadores furtivos que persiguen las menguantes reservas de leopardos del Amur y tigres siberianos, la especie de tigre más grande que sobrevive en nuestro planeta. Los huesos y el pene de estos tigres valen entre 4.500 y 9.000 dólares una vez traspasan clandestinamente las fronteras para ser utilizados en la medicina tradicional china. La Interpol estima que comercio ilegal de animales salvajes es el tercero por tamaño del mundo, aunque en muchas ocasiones solo se trafique con las partes o carne de estos animales. El marfil sigue siendo preciado y cada 15-30 minutos los furtivos cazan un elefante por sus colmillos. En Vietnam se emplea el polvo de cuerno de rinoceronte para quitar la resaca y bajar la fiebre, no existe ninguna evidencia científica que lo avale. En Yemen usan el cuerno de rinoceronte para hacer la empuñadura del jambiya, la daga de hoja curva que se regala a los niños cuando cumplen 12 años. Los furtivos matan 3 rinocerontes al día solo por sus cuernos. Lo mismo ocurre con la carne del pangolín africano que es exportada ilegalmente a China ya que según su medicina tradicional mejora la circulación y favorece la producción de leche en mujeres embarazadas; de nuevo, evidencias científicas que lo avalen: cero. Por no hablar de la sopa de aleta de tiburón, una tradición en China desde hace más de 600 años. Lo peor de todo es que no altera el sabor del caldo, solo que debido a la ferocidad del animal su aleta era un ingrediente “extraordinario” en la mesa del emperador. Como triste resultado, el 60% de las especies de tiburón están en peligro y se pescan unos 70 millones de ejemplares solo por la aleta. Ni siquiera usan la carne, los pescadores capturan al tiburón, le cercenan la aleta en la cubierta del barco y devuelven al animal al mar, donde sufre una muerte lenta y dolorosa. Todo para ¡NO DAR SABOR AL CALDO!

A pesar de todas estas alarmantes cifras actuales, la situación ha mejorado y mucho en las últimas décadas. En 1970, las prohibiciones del comercio internacional alcanzaron grandes logros en lo que respecta a la caza furtiva de elefantes y rinocerontes. Luego, en 1975, la Convención sobre Comercio Internacional de Especies en Peligro de Extinción, aunque no tuvo un efecto directo, sí que sirvió como precursora para que las naciones empezarán a tomar conciencia sobre esta problemática. En 2017, China cerró oficialmente su mercado de marfil, al igual que otras tantas naciones antes que ella. Las ONG que buscan captar la atención de los Gobiernos, los negocios deseosos de lavar su imagen ecológica y las instituciones políticas han contribuido a que se considere que estos problemas requieren de una respuesta militar. Siendo sincero, tiene algo de satisfactorio ver a un perro de presa sudafricano atrapando a un cazador furtivo o ver cómo la Guardie di Finanza italiana (policía financiera) desarticula un clan de la mafia que desecha residuos de manera ilegal. Pero todas estas medidas y sanciones draconianas tienen un límite mientras siga habiendo razones económicas que hagan estos negocios ilícitos atractivos. De hecho, endurecer los controles y los castigos puede generar una escasez de bienes que incremente el valor de estos en el mercado ilegal. Por eso abordar estos problemas es complejo, son delitos que son a la vez evidentes e invisibles, responsabilidad de todos, y de nadie. Si me compro una silla no verificó si la madera proviene de la deforestación ilegal, y la empresa que me la vende tampoco. Cuando me deshago de mi frigorífico roto o cambio de teléfono móvil, más allá de dejarlo en un punto limpio, no pienso en donde va a parar. El impacto está tan difuminado que es global, o llega tan lejos que ignorarlo es sencillo. Estos problemas son tan ubicuos, que se convierten en invisibles, pero no debemos ignorarlos ya que lo de ojos que no ven corazón que no siete no funciona con los delitos medioambientales, nuestra Tierra no ve pero si siente.

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