No tan indefensos: las armas secretas de las presas
Artículo basado en el libro: "La Vida A Prueba" de David Attenborough
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Si alguna vez has visto un documental de la sabana africana, es muy probable que hayas observado a gráciles y mortíferos felinos persiguiendo a indefensos herbívoros. Un ejemplo concreto podría ser el caso de un guepardo agazapado en las altas hierbas de la sabana, que se aproxima sigilosamente hacía una incauta gacela. La gacela, inconsciente de su precaria situación, pasta tranquilamente sin prever lo que está apunto de suceder. En ese momento, el herbívoro alza la cabeza del suelo para otear sus alrededores. El felino detiene su paso y espera pacientemente a que la gacela vuelva a su rutina alimentaria y, de esta forma, poder continuar con su acecho. La gacela al no visualizar ningún riesgo, continúa alimentándose sosegadamente. El guepardo continúa con su avance, y cuando se sitúa a unos 50 metros de su víctima, inicia su carrera. Al ser capaz de alcanzar su velocidad máxima en poco espacio, y al tratarse del animal terrestre más rápido de la Tierra, parte con una enorme ventaja respecto a su adversario. La gacela, desprevenida, es sobrepasada inexorablemente por el felino, y tras ser derribada de un zarpazo, fallece cuando su garganta se ve envuelta en el mortífero abrazo de las mandíbulas del guepardo. A pesar de no poder superar al felino en velocidad, la gacela, podría haber escapado del ataque gracias a sus espectaculares giros y asombrosos cambios de sentido, inigualables para la anatomía del guepardo. Pero ¿no dispone de otros mecanismos para evitar su terrible destino? lo cierto es que sí, y como veremos en este artículo, las presas no están tan indefensas como parecen.


Guepardo a punto cazar una gacela (Fuente: ABC)
Uno de los principales métodos de los que disponen los herbívoros para evitar que su yugular se vea desgarrada por las fauces de los grandes felinos, se basa en el factor número, es decir, la manada. Al pastar en medio de una manada, las probabilidades de supervivencia del individuo se ven acrecentadas por diversos factores. En primer lugar, es mucho más sencillo percatarse de la presencia del depredador, ya que mientras unas gacelas están pastando, otras observarán sus alrededores en busca de posibles enemigos, listas para dar la voz de alarma. En ese momento, el guepardo deberá emprender su marcha a una distancia superior a la recomendada, y sin haber fijado una presa, sus esfuerzos se desvanecen tratando de fijar un objetivo dentro de la confusa masa de gacelas despavoridas. Algo similar ocurre en los océanos, ya que al igual que las llanuras africanas, el mar abierto ofrece pocos escondites en los que resguardarse. Es por eso que múltiples especies de peces, ante el ataque de tiburones, barracudas o delfines, se agrupan en multitudinarios bancos, confiando su seguridad a la cantidad. Por ejemplo, los arenques, son capaces de formar bancos de millones de individuos que abarcan hasta 1 km de diámetro. Cuando una barracuda ataca a los bordes del grupo, los individuos de esta zona se introducen en el interior del banco. Mientras que si la barracuda ataca sin miramientos hacia el centro del grupo, los individuos más próximos se dispersarán en todas direcciones generando huecos vacíos en el interior del banco, así como en el interior de las fauces del depredador. Este mecanismo defensivo suele ir asociado en las especies que lo practican con una homogeneidad morfológica (aspecto idéntico) independientemente de la edad y el sexo. Si algunos individuos tuvieran una marca diferenciadora, al cazador le sería más sencillo seleccionar uno entre todo el grupo, y poder capturarlo sin perderlo de vista. Este método de protección es tan efectivo, que incluso especies que mantienen comportamientos solitarios son capaces de utilizarlo ocasionalmente. Un caso particular es el del frailecillo, que suele pasar la mayor parte de su tiempo pescando en mar abierto, pero que en primavera tiende a volver a la tierra a nidificar. En esta etapa reproductiva, más de 1 millón de individuos se congregan en una isla escocesa con la intención de procrear, a la vez que se protegen de su mayor depredador, las gaviotas (de diversas especies). El momento crítico en el que los frailecillos son presas más fáciles es cuando vuelven al nido cargados del sustento de sus crías, por ello es en esta zona donde las gaviotas les esperan acechantes (aprovechando las corrientes de aire ascendentes que se originan en los acantilados donde se sitúan los nidos de los frailecillos). Para protegerse de esto ataques, las aves en cuestión forman una rueda gigante de individuos en las inmediaciones de sus nidos, de forma que los que abandonan el nido para ir a pescar, se introducen en la rueda siguiendo una dirección, mientras que los que regresan de pescar al nido, se introducen en la rueda en dirección opuesta. Gracias a la enorme densidad y cantidad de aves que presenta la rueda, a las gaviotas les resulta muy complejo seleccionar un individuo determinado y focalizarse en capturarlo.
Aun así, no solo en el número se basa la defensa de las presas, ya que al igual que los depredadores desarrollan ciertas armas para cazar, las presas desarrollan otras para evitar ser cazadas. Por ejemplo, los anfibios muestran diferentes glándulas capaces de crear diversos venenos, que obligan a los cazadores a liberar a su presa, tan pronto ésta entra en contacto con las mucosas bucales del animal. Lo más lógico, desde el punto de vista energético, sería que el depredador no gastase energía tratando de cazar algo que no va a ingerir, ni que la presa gaste recursos produciendo veneno. Por ello, los anfibios venenosos suelen mostrar avisos llamativos que advierten sobre las armas químicas de las que disponen, aunque puedan resultar ineficaces en cuanto al camuflaje. Sin embargo, ambos métodos no son mutuamente excluyentes como demuestra el sapillo de vientre rojo oriental. Este anfibio, muestra una coloración dorsal que le permite camuflarse con su ambiente, pero en el momento en el que presiente que ha sido localizado por el depredador, arquea el torso y muestra una brillante coloración ventral roja, que advierte sobre sus capacidades tóxicas. Por el contrario, otros anfibios están tan confiados en sus armas defensivas que ni siquiera muestran preocupación por camuflarse, como ocurre con la rana dardo venenosa. Es necesario mencionar que su veneno es uno de los más letales del planeta, y que con semejante armamento químico carece de sentido malgastar energías en el camuflaje. Aunque las defensas químicas sean muy comunes en los anfibios y en los reptiles, en las aves y mamíferos suelen ser excepciones. Uno de estos casos excepcionales conocido por todos es la mofeta, que posee unas glándulas anales debajo de la cola, productoras de un líquido maloliente. Este sistema defensivo es la causa de la característica coloración a rayas negras y blancas que muestran, y es el responsable de que no exista ningún depredador que caza mofetas.


Sapillo de vientre rojo oriental (Fuente: Catalunya Plants)
Para que los sistemas de advertencia, presenten la eficacia necesaria, es necesario que su código sea ampliamente comprendido por una gran diversidad de animales (reptiles, aves, mamíferos…). Por ello, los códigos empleados tienen un carácter universal, como son los motivos amarillo y negro, que son los más comunes (ranas dardo, salamandras, escarabajos, peces cofre, orugas de mariposas, abejas, avispas…). Pero si estos mensajes de colores son tan universales, sería lógico que algunos animales se aprovechasen de ellos. De hecho, es lo que ocurre. Utilizar una coloración que advierta sobre el veneno, sin producir el veneno, permite obtener los beneficios de la advertencia, sin los gastos energéticos relativos a la producción de toxinas. Concretamente, este es el truco que emplean los sírfidos o moscas de las flores, que se asemejan a una avispa, pero carecen de aguijón. Solo en base a su vuelo sincopado característico de las moscas, puede diferenciarse realmente del animal que intenta imitar. Sin embargo, este método defensivo puede resultar peligroso, ya que si el depredador es capaz de discernir entre el original y la copia, la suerte del imitador está echada. Por ello, algunos de los imitadores van más allá de la coloración para perfeccionar su estafa, como es el caso de un grillo sudamericano que, aparte de emular la coloración, camina sobre 5 patas y mantiene la sexta erecta y orientada hacia atrás para simular un aguijón. No obstante, un método, igual de efectivo que imitar, es emplear el gasto energético de la coloración en el camuflaje. Ya sea para confundirse con el parduzco suelo de un bosque, o con la nieve de los ecosistemas árticos, mostrar un patrón cromático semejante al de tu entorno puede salvarte la vida. Entre los maestros del disfraz, los más eminentes son los insectos. Desde chinches que parecen espinas de un árbol, hasta insectos que emulan ser un palo o una hoja, pasando por polillas que parecen líquenes, la lista de engaños cometidos por estos invertebrados es interminable. Algunos de los ejemplos más curiosos de este mecanismo defensivo son los siguientes: La mosca soldado africana, que se reúne en grupo en el extremo de un tallo para simular ser una espiga de una flor seca; y el caso de un escarabajo brasileño que ante el peligro se enroscan sobre su cuerpo para simular ser un excremento de ave. Además, para camuflar la simetría bilateral de la mayoría de animales, extiende una sola pata de color blanco, que aparte de romper la simetría, simula ser la salpicadura de un excremento particularmente líquido.
A lo largo de este artículo hemos observado como la mayoría de los animales que son presas de otros disponen de una serie de mecanismos de defensa que les protegen de sus depredadores. Algo necesario, ya que en el caso contrario, al estar completamente a merced de los depredadores (en caso de que los tengan), estas especies no tardarían mucho en extinguirse. No es más que la carrera armamentística de la evolución.
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