¿Qué es la educación (y por qué no puede ser perfecta)?
Artículo basado en el libro: “Educación y Sociología” de Emile Durkheim.
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Siempre ha existido una gran controversia para definir el concepto de educación, pero atendiendo a un sentido muy amplio, se podría decir que la educación es el conjunto de las influencias que la naturaleza y los demás hombres ejercen tanto sobre nuestra inteligencia, como sobre nuestra voluntad. Por ejemplo, John Stuart Mill, la define como “todo lo que hacemos por voluntad propia, o hacen los demás en favor nuestro, con el fin de aproximarnos a la perfección de nuestra naturaleza”. En este caso, también deberían incluirse factores de influencia; las leyes, los gobiernos, las artes… incluso hechos físicos independientes del hombre como el clima. Sin embargo, estas definiciones son muy generalizadas, ya que existen grandes diferencias entre las influencias que pueden generar las cosas y las que generan los hombre, o incluso entre las acciones de influencia entre hombres contemporáneos y las realizadas por los adultos respecto a los jóvenes; sobre esta última nos centraremos en este artículo.
Si nos centramos en este tipo de educación, la que es impartida por generaciones anteriores sobre las posteriores, podemos encontrar dos vertientes. En primer lugar, aquellas como la de Kant que indican que la educación es un medio para desarrollar todas las facultades humanas, llevando hasta el punto más alto que pueda ser alcanzado todas las fuerzas que anidan en nuestro interior. Esta idea de desarrollo armónico es razonable y deseable, pero no por ello realizable, ya que entra en conflicto con otra máxima del comportamiento humano (sobre todo desde el desarrollo industrial y la división del trabajo) que indica que sólo podemos dedicarnos a una tarea determinada y restringida. Si todos nos dedicáramos a un mismo tipo de vida la sociedad no podría existir, por ello se trata de buscar la dedicación de cada uno en base a sus actitudes, para tratar de alcanzar una armonía. Por ello, la definición kantiana no es viable, ya que no todos podemos desarrollar todas las facultades humanas, sino sólo un restringido grupo de las mismas. Ahora bien, está especialización no excluye a que todos debamos desarrollar unas ciertas bases comunes que permitan la convivencia, la cohesión social y la propia salud del individuo. Sin embargo, concebir el objetivo último de la educación como un desarrollo armónico y perfecto de todas las facultades humanas, no es ni real ni recomendable.
En segundo lugar, observamos la concepción utilitarista de la educación como la propuesta por James Mill (padre de John Stuart Mill), que considera que la educación tiene como objetivo “hacer del individuo un instrumento de dicha para sí mismo y para sus semejantes”. Las fallas en esta visión son apreciables a simple vista, ya que la dicha para cada individuo es diferente y es algo esencialmente subjetivo. Y es esa subjetividad la que nubla y convierte en inciertas las metas de la educación. Aunque otros filósofos como Spencer hayan tratado de definir la dicha, en su caso como las condiciones de vida en donde la dicha completa se obtiene con una vida completa, volvemos a caer en la subjetividad del concepto vida. Si nos centramos en la vida puramente física, la dicha se obtendría mediante la satisfacción de las necesidades básicas inmediatas, ahora bien, para el hombre moderno, reducir la vida a sus necesidades físicas carece de sentido. Exigimos a la vida algo más que el simple funcionamiento de nuestros órganos. Una mente cultivada prefiere no vivir a renunciar a los placeres que le proporciona la inteligencia. Además, los estándares de vida también varían enormemente en función de las condiciones de vida, los ámbitos sociales y el tiempo. La mayoría de formas de vida antiguas resultan indignas al hombre moderno, y lo mismo ocurrirá con el hombre del futuro y nuestras formas de vida.


Retrato de James Mill, uno de los representantes clave de la primera generación del utilitarismo clásico (Fuente: Wikipedia)
Estos reproches vertidos sobre las dos principales concepciones sobre la educación, también pueden ser dirigidos a aquello que esperamos de la propia educación. Asegurar la existencia de una educación ideal, perfecta y universal para todos los hombres y mujeres, es el criterio que pervierte cualquier posible definición, ya que algo semejante es imposible. La educación ha variado en gran medida a lo largo de la historia y los países. En las polis griegas, la educación enseñaba al individuo a subordinarse ciegamente a la colectividad, convirtiéndose en esclavo de la sociedad, mientras que hoy se busca crear una personalidad autónoma e independiente (y a poder ser competitiva). En Roma, se trataba de crear individuos de acción con afán por la gloria militar que tanto requería su espíritu expansionista, dejando de lado las artes y las letras. En la Edad Media (en Occidente) la educación se basaba en los valores cristianos, mientras que en el renacimiento adquirió un carácter más laico y literario. Finalmente, hoy en días la ciencia es la que ocupa un puesto predominante, relegando a las otras disciplinas a un segundo plano. Ninguna de las sociedades mencionadas, podría haberse mantenido con la educación de otra época, por lo tanto, ¿de qué puede servirnos imaginarnos una educación distinta, que resultase funesta para la sociedad en la que se pone en práctica?
Para la búsqueda de una educación ideal, es necesario y obligatorio tener en cuenta las condiciones de tiempo y lugar en las que se va a aplicar, de lo contrario, ese imaginar es un ejercicio fútil en el que se busca un sistema educacional que no tiene nada de real por sí mismo. Es por este inútil ejercicio de imaginación, por lo que nos resultan equivocadas las formas de educación de antaño, pero lo que debemos hacer es abstraernos de lo que ha sido, y preguntarse lo que debe ser. Sin embargo, cada sociedad de un tiempo determinado, muestra un sistema educativo que es impuesto al individuo, con unas costumbres de obligatorio cumplimiento. Esto es lo que origina el fracaso de las formas de educación o muy arcaicas o muy vanguardistas, ya que a los individuos educados en ellas, un vez se conviertan en adultos, les costará encajar en el sistema, ya que no compartirán las ideas de sus iguales, no pertenecerán al espíritu de su tiempo y no se encontraran en condiciones de vida normal. Pero no somos nosotros los que hemos creado esta educación, sino que a través de las generaciones pasadas y fruto de la vida común y las exigencias que esta muestra, ha surgido la forma educacional contemporánea. Concretamente, si uno se dedica a estudiar el desarrollo de los sistemas educativos a lo largo de la historia, se percatará de que muestran una estrecha relación con las religiones, la organización política, el nivel de desarrollo de las ciencias, del estado, de la industria… Es decir, la observación histórica es imprescindible. Por eso, es por lo que resulta tan complejo definir la educación del futuro, ya que sin conocer las condiciones materiales de ese futuro, tratar de describir la educación de ese momento no sería más que un pasatiempo inútil.
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