Un enorme desierto azul

Artículo basado en el libro: "¿Por qué son escasas las fieras?" de Paul Colinvaux.

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Uno de los desafíos más acuciantes de la sociedad actual reside en que mediante una cooperación coordinada, seamos capaces de alimentar a todos los seres humanos que habitan esta Tierra. Se trata de un problema que debemos resolver de forma inmediata. Por incongruente que parezca, a inicios de la tercera década del siglo XXI, aproximadamente una tercera parte de la población mundial (2.400 millones) sufre de inseguridad alimentaria, aun cuando el 70% de la comida producida es desechada. Quiero que vuelvas a leer la frase anterior y reflexiones sobre ella, ¿Cómo es posible que un tercio del planeta pase hambre, cuando más de dos tercios de la comida producida acaba en la basura? es el mercado amigo. Bromas macabras aparte, algunas de las posibles soluciones que se barajan para aumentar la producción de alimentos, se centran en incrementar la explotación de los recursos alimenticios presentes en los océanos del planeta. Algo a priori lógico, teniendo en cuenta que representan prácticamente tres cuartas partes de la superficie de la Tierra. Sin embargo, los océanos del mundo, no representan más que un vasto desierto desesperadamente pobre en nutrientes.

Aunque los océanos y los mares siempre se nos han representado como lugares de riqueza y abundancia, muestran muy pocos alimentos en su interior, y ya los estamos extrayendo. Si queremos analizar la producción de cualquier ecosistema, es necesario estudiar a los productores (producen su propio alimento mediante la fotosíntesis o quimiosíntesis) de ese ecosistema, es decir, las plantas. Gracias a las recogidas de muestras de los distintos buques oceanográficos, se ha estimado que los mares de todo el mundo producen unas 92.000.000.000 toneladas de tejido vegetal al año (que alimentará a los herbívoros que a su vez alimentarán a los carnívoros). Puede parecer un dato elevado, pero al compararlo con la producción terrestre de 272.000.000.000 toneladas y, teniendo en cuenta los océanos presentan un espacio inmensamente mayor que la tierra, el dato parece irrisorio. La razón principal de esta escandalosa improductividad, radica en la escasez de fertilizante químicos. En el caso de las plantas acuáticas (cuya inmensa mayoría es microscópica) no tiene problema en cuanto a la disponibilidad de carbono, ya que lo reciben en forma de bicarbonato que abunda en las aguas de nuestros océanos. El problema está en otro tipo de fertilizantes que también requieren las plantas pero que escasean en cierto modo en el agua, hablo de compuestos como el hierro, los fosfatos y los nitratos. Un buen líder tecnócrata resolvería la improductividad del mar echando fertilizantes a destajo (como si no escasean ya para las plantas terrestres), sin embargo este método no valdría para absolutamente nada. En los océanos, la cantidad de productos químicos es enorme, la complicación viene con su grado de disolución.

Como cualquier planta que se precie (existen excepciones), las plantas acuáticas necesitan luz para desarrollar la fotosíntesis y poder sintetizar sus propios alimentos. Como las radiaciones solares no son capaces de penetrar hasta el fondo marino (ya que existen partículas y demás elementos en suspensión que la reflejan y refractan la luz), las plantas acuáticas se suelen situar en las capas iluminadas más superficiales, que a lo sumo alcanza una profundidad de 100 metros. Por lo tanto, los únicos nutrientes que interesan a estos vegetales, serán los que se sitúen en esta capa superior, superficial e iluminada. Si vertiéramos millones de toneladas de superfosfatos y sales de amonio (fertilizantes) a los océanos, su producción vegetal apenas variaría ya que caerían a las inaccesibles profundidades. Entonces, ¿cómo es posible que algunas zonas de los mares sean muy fértiles? Los barcos pesqueros suelen operar en regiones concretas (además de las costas) como son el Mar del Norte, los bancos de Terranova o las aguas de la costa de Perú, regiones que muestran una elevada productividad de plantas y, por lo tanto, de los animales que consumen esas plantas (en especial zooplancton) y de los animales consumidores de estos últimos (como una sardina). ¿Qué tiene de especial las zonas costeras y estas regiones que las hacen tan fértiles? La respuesta es muy sencilla, corrientes.

Las aguas que sustentan las zonas pesqueras no son en realidad tan diferentes en cuanto a compuestos químicos comparadas con el resto de aguas desérticas, su ventaja reside en que están siendo continuamente reemplazadas a través de corrientes. Tanto en las costas como en las regiones de interés pesquero, corrientes de las profundidades arrastran los elementos químicos situados en ellas hasta la superficie, convirtiéndolas en una prolífico paraíso de nutrientes. En el caso de las costas, la reducida profundidad (y su reducción progresiva hacia tierra) provocan que las corrientes de profundidad afloren en la superficie, mientras que en el caso de las regiones de interés pesquero, algo similar ocurre cuando dos corrientes chocan de forma frontal. Ambas zonas, poseen una cinta transportadora encargada de renovar continuamente el suministro de fertilizantes, lo cual origina una zona pesquera de enorme productividad. Otras zonas costeras fértiles también se observan en la desembocadura de los grandes ríos, donde tanto los residuos nutritivos arrastrados por los ríos, como los arrastrados por las corrientes marinas río arriba, generan parcelas muy ricas en compuestos fertilizantes. Un ejemplo muy característico se puede encontrar en el río Nilo, donde la presa de Asuán, evita que el Nilo descargue y nutra las aguas costeras. Esto ha generado, que la producción de plantas acuáticas merme, reduciendo la cantidad de plancton, y a su vez, provocando la desaparición del enorme banco de sardinas presentes en estas costas (que se alimentaban de ese plancton).

Como ya he mencionado, a parte de las zonas costeras, las únicas regiones consideradas afloramientos, son aquellas en las que las corrientes de las profundidades emergen a la superficie arrastrando una ingente cantidad de nutrientes. Sin embargo, estas regiones sólo representan el 0,1 % de todos los océanos mundiales, mientras que las costas moderadamente productivas representan el 10 %; el resto no es más que un inmenso desierto azul. Además, teniendo en cuenta que los ríos del mundo, nutren de forma ininterrumpida los océanos, junto con la materia orgánica en descomposición proveniente de todos los organismos que perecen en estas aguas; la abundancia de nutrientes resulta de una enormidad casi infinita, ¿o no? Lo cierto es que no, los compuestos químicos almacenados en las profundidades oceánicas, son continuamente renovados gracias a un lento pero inexorable proceso, La deriva de las placas tectónicas. Estos productos químicos fluyen de vuelta a la tierra, con las contorsiones de la corteza terrestre. En los bordes constructivos (o divergentes) de las placas tectónicas, principalmente situados en los océanos, las placas se separan generando nueva corteza oceánica. Al mismo tiempo, esta nueva corteza empuja a la anterior, transportando los materiales presentes hacia tierra firme, además de incrementar la altura de cordilleras como la del Himalaya, que crece anualmente entre 5 y 10 mm. En resumen, las nutrientes (provenientes de minerales erosionados entre otros) son transportados desde tierra hasta los mares, a través de las corrientes de los ríos, donde tras una rápida precipitación, y un periodo de unos breves millones de años, serán devueltos a tierra gracias a la deriva continental. Por lo tanto, aunque los océanos pueden representar un enorme reservorio de nutrientes, estos son ciclados continuamente de la tierra al mar y del mar a la tierra, y su inmensa mayoría no podrán ser aprovechados por las cadenas tróficas, lo cual convierte a los océanos en un enorme páramo inhóspito e improductivo.

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