Unidad 731: los horrores de la guerra biológica y la impunidad de sus verdugos
Artículo basado en el libro: "La Maldición de Tutankamón y otras historias de la microbiología" de Raúl Rivas.
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La mayoría de europeos conocemos las atrocidades cometidas por el régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Las calamidades cometidas en los campos de concentración han sido narradas por millares de personas que vivieron en sus propias carnes los horrores del hacinamiento, la hambruna y las ejecuciones en las cámaras de gas. Sin embargo, tal vez a causa de la distancia física y cultural, no muchos conocen las atrocidades cometidas por los japoneses durante esa misma contienda y la segunda guerra sino-japonesa (1937-1945) previa. Concretamente, el grupo de hombres encargados de perpetuar las peores pesadillas inimaginables sobre ciudadanos chinos (entre otros) fue la Unidad 731. En este artículo repasaremos algunos de los crímenes inhumanos perpetrados por esta unidad pero antes, pongamos la historia en contexto.
El Ejército imperial japonés, fundado en 1867 durante la restauración Meiji, consolidó su autoridad en 1877, cuando hizo frente a la rebelión de Satsuma, una revuelta de antiguos samuráis que se rebelaron contra el Gobierno Meiji. La victoria del ejército imperial significó prácticamente la desaparición de los samuráis, como bien atestiguó la película protagonizada por Tom Cruise, “El último samurái”. Su hegemonía duró varias décadas pero finalmente fue desmantelada en 1945, tras la rendición japonesa que desembocó en el final de la Segunda Guerra Mundial. Estos casi 80 años de existencia del ejército imperial japonés estuvieron llenos de altibajos, pero algo que hicieron muy bien fue aprender de sus errores. Durante la primera guerra sino-japonesa (1894-1895) entre la dinastía Qing de China y el Imperio japonés, el ejército nipón sufrió numerosas bajas, la mayoría de ellas desencadenadas por el consumo de agua contaminada con agentes infecciosos causante de disentería. A pesar de estas muertes, los japoneses consiguieron imponerse a los chinos, por lo que estos últimos perdieron el control sobre la península de Corea como Estado vasallo y varias islas como Taiwán. Además, debido a las bajas mencionadas, que no fueron causadas por los chinos, sino por los microorganismos, el emperador Meiji impulsó la búsqueda de soluciones para combatir las enfermedades infecciosas que afectaron a sus soldados.


Representación de la rebelión de Satsuma (Fuente: Wikipedia)
Cientos de médicos y farmacéuticos enviaron sus remedios secretos desde todas las islas del archipiélago japonés. Por ejemplo, en 1903, Totsuka Michitomo, médico militar e instructor, descubrió accidentalmente que la creosota (mezcla de compuestos químicos provenientes de la destilación del alquitrán de madera) reducía la diarrea ocasionada por la fiebre tifoidea y por infecciones de la bacteria Escherichia coli. Michitomo, junto a otros investigadores japoneses, desarrolló el Seirogan, una píldora de creosota antidiarreica para los soldados japoneses. Durante la guerra ruso-japonesa de 1904-1905, los soldados nipones emplearon el seirogan para evitar los dolores estomacales y, tras la victoria, la píldora pasó a considerarse la panacea gracias a la cual había acabado con los rusos. De hecho, actualmente, esta píldora se sigue comercializando en Japón como tratamiento farmacéutico para patologías del tracto digestivo. Este no es más que uno de los ejemplos de los avances médicos para aplicación militar (aunque también civil) impulsados por el emperador, pero tras el periodo Meiji, el Ejército imperial japonés continuó participando activamente en este tipo de investigaciones, así como en grandes conflictos bélicos: en la Primera Guerra Mundial como miembro de los aliados, y en la Segunda Guerra Mundial como una de las Potencias del Eje. De hecho, durante este último conflicto se sobrepusieron diferentes contiendas ante distintas naciones. Una de ellas, la mencionada segunda guerra sino-japonesa. Fue durante este conflicto cuando el Ejército imperial japonés creó la Unidad 731, un gran programa encubierto de investigación y desarrollo de armas biológicas. Su director fue el microbiólogo militar Shirõ Ishii, y su ubicación el noreste de la ciudad china de Harbin. Ni siquiera crearon las instalaciones para sus macabros experimentos en su propio territorio.
Las instalaciones, camufladas para simular un módulo de purificación de agua, llegaron a contar con más de 100 edificios y la idea con la que Ishii defendía sus investigaciones era irreprochable: en tiempo de guerra, más soldados mueren por consecuencia de las enfermedades, que directamente en la batalla. Pero el objetivo de Ishii no era solo curar las enfermedades infecciosas que azotaban a sus compañeros, sino aumentar las infecciones que sufrían los enemigos militares y civiles de Japón. Para ello, experimentó con prisioneros chinos, coreanos, mongoles, rusos, estadounidenses y europeos, causándoles un sufrimiento inimaginable. Shirõ Ishii fue el responsable de algunas de las peores atrocidades hechas en nombre de la ciencia médica. Los prisioneros masculinos y femeninos era deliberadamente infectados con sífilis, tularemia, disentería, gonorrea, ántrax, cólera, salmonella y peste bubónica para investigar los tiempos de actuación y las repercusiones de la enfermedad. Los miembros de la Unidad 731 trataban a sus conejillos de indias como seres inertes sin identidad, cuyo único destino posible era servir a la investigación militar. Esta descripción amoral de los prisioneros se puede observar en el término que empleaban para designarlos: “maruta”, una palabra japonesa que significa "registro". Eso eran aquellas mujeres y aquellos hombres, simples datos de investigación. El comandante británico Robert Peaty, oficial de la Armada Británica, recluido y torturado en el campo de prisioneros de Mukden, relató lo siguiente: “Me acordé del infierno de la Divina Comedia de Dante: abandonen la esperanza, todos ustedes que entran aquí”. Gracias a las “investigaciones” realizadas, la Unidad 731 desarrolló las bombas de Manchuria (nombre de la península de Corea), unas valijas que contenían pulgas infectadas con Yersinia pestis, el agente causante de la peste negra. Las bombas fueron lanzadas sobre diferentes localidades chinas, provocando epidemias de peste que segaron la vida de cientos de miles de civiles chinos.


Algunos de los miembros de la Unidad 731 en territorio chino (Fuente: BBC)
Debido al “éxito” de la Unidad 731, se crearon otros destacamentos en diversas ciudades para investigar el potencial uso bélico de los agentes infecciosos. La Unidad 100 se estableció en Changchun, la Unidad 8604 en Cantón, la Unidad 1855 en Pekín y la Unidad 9420 en Singapur. La experiencia que adquirió el ejército en el manejo de armas biológicas animó a los oficiales a usarlas contra las tropas de la URSS, contaminando con Salmonella las reservas de agua de soviéticas de la frontera con Mongolia. Esta acción japonesa, junto a otros enfrentamientos, desembocó en el conocido como “Incidente Nomonhan”, que terminó con la derrota del ejército nipón. Esta fracaso desalentó a los japoneses de enfrentarse a la Unión Soviética prefiriendo a Estados Unidos como oponente, que era considerado más débil por los nipones. Esta política condujo al país del sol naciente a atacar Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941. Un día después, el Congreso de los Estados Unidos declaró la guerra al Imperio japonés. Tras su derrota en la Segunda Guerra Mundial, se desencadenó el desmantelamiento de la Unidad 731 y el encarcelamiento de varios de sus miembros. Muchos de ellos fueron juzgados por la fabricación y uso de armas biológicas en los juicios sobre crímenes de guerra de Jabárovsk. Por sorprendente que parezca, ni entre los culpables, ni tan siquiera entre los jugados se encontraba Shirõ Ishii, principal responsable del desarrollo y usó de estas armas. Ishii negoció su impunidad con el bando vencedor a cambio de la información recabada con sus experimentos. Obtuvo la inmunidad en 1946 ante el Tribunal Penal Militar Internacional para el Lejano Oriente, que articuló los Procesos de Tokio contra los crímenes de guerra japoneses. Un claro ejemplo de que hasta las peores tragedias contra la humanidad pueden ser perdonadas, siempre y cuando tengas la moneda de cambio adecuada.
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