Desmontando los argumentos de la existencia de Dios

Artículo basado en el libro: "El espejismo de Dios" de Richard Dawkins.

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Un problema atemporal e indisoluble de las sociedades humanas es la existencia o inexistencia de Dios. Durante siglos, teólogos y algunos filósofos han sistematizado una serie de argumentos a favor de la existencia de Dios que, a su vez, han sido enriquecidos por muchos, incluídos los proveedores del mal entendido “sentido común”. En este artículo analizaremos algunos de estos argumentos y comprobaremos su fiabilidad.

El primer argumento, y el más ampliamente empleado por profanos y no tan profanos en la materia, es el argumento sostenido sobre “Las cinco vías tomistas”, propuestas por Tomás de Aquino en el siglo XIII, y que, como veremos a continuación, no prueban nada y su vacuidad puede ponerse en evidencia con facilidad. Las tres primeras vías son simplemente maneras de decir lo mismo y pueden ser consideradas en un solo conjunto. Todas ellas implican un proceso de regresión infinito; es decir, la respuesta a la primera pregunta plantea una pregunta previa, y así ad infinitum.

  • 1. El motor inmóvil. Nada se mueve sin un motor previo. Esto nos lleva a una regresión de la que solo escapa Dios. Algo tiene que haber causado el primer movimiento, y a este primer motor es a lo que llamamos Dios.

  • 2. La causa incausada. Nada se causa a sí mismo. Todo efecto tiene una causa previa y, de nuevo, esto nos conduce a una regresión infinita. Esta debe concluir en una causa primera a la que llamamos Dios.

  • 3. El argumento cosmológico. Tiene que haber un tiempo en el que no existían las cosas materiales. Pero, dado que ahora existen, debe existir algo inmaterial que las haya dotado de existencia, y a este algo le llamamos Dios.

Los 3 argumentos se apoyan en una regresión infinita que invoca a Dios como su conclusión, asumiendo de modo completamente injustificado que el propio Dios es inmune a la regresión. Incluso si nos permitiéramos el dudoso lujo de invocar un terminador de la regresión infinita, no habría ninguna razón para atribuir a este terminador las propiedades que habitualmente se adscriben a Dios: omnipotencia, omnisciencia, bondad, capacidad creadora… por no hablar de los atributos humanos como escuchar plegarias, perdonar pecados y leer los pensamientos más íntimos de nuestras mentes. Para empezar, omnisciencia y omnipotencia son incompatibles. Si Dios es omnisciente, debe saber con antelación de qué forma va a intervenir para cambiar el curso de la historia usando su omnipotencia. Pero esto supone que no puede cambiar la idea sobre su intervención, lo que implica que no es omnisciente. Karen Owens capta con belleza ésta sutil paradoja lógica: “¿Puede Dios en su omnisciencia, así como el futuro conocer, hallar la omnipotencia para cambiar su futuro parecer?”.

Retrato de Tomás de Aquino, obra del pintor Carlo Crivelli en 1476 (Fuente: Wikipedia)

Pero volviendo a la regresión infinita y a la futilidad de invocar a Dios para que le ponga final, resultaría bastante más sencillo convocarlo diciendo “una singularidad como el Big Bang” o usando cualquier concepto de física todavía desconocido. En el mejor de los casos, llamarlo Dios resulta inútil y, en el peor, perniciosamente engañoso. Además muchas regresiones infinitas acaban con un terminador natural, como el caso de la materia que si la dividimos sucesivamente, encontraremos un límite en el átomo. Y muchas regresiones infinitas en matemáticas, también concluyen en valores finitos (ver imagen). Sin embargo, de ninguna manera está claro que Dios sea un terminador natural para las regresiones de Aquino.

  • 4. El argumento del grado. En el mundo, las cosas difieren unas de otras, por lo que podríamos crear una serie de grados de bondad y perfección. Sin embargo, sólo podemos juzgar y valorar esos grados si los comparamos con un máximo. Como los seres humanos podemos ser ambas cosas, buenos y malos, el máximo grado de bondad no puede recaer en nosotros. En consecuencia, tiene que existir otro máximo que establezca el estándar de perfección y bondad, y a ese máximo le llamamos Dios.

Esto se supone que es un argumento, pero bajo la misma premisa podríamos afirmar que las personas varían en su grado de hedor y solo podemos compararlos si tomamos como referencia el máximo perfecto de hediondez concebible, de forma que debería existir un hediondo de incomparable preeminencia al que llamaríamos Dios. Y así con cualquier propiedad que se nos ocurra que podamos valorar en diferentes grados. Si sustituimos el término de comparación por otro cualquiera, llegamos a una conclusión igualmente fatua.

  • 5. El argumento teleológico o el argumento de diseño. Esta justificación se basa en que las cosas de este mundo, especialmente los seres vivos, parecen estar diseñados. Nada en este mundo da la impresión de estar diseñado, al menos que efectivamente lo esté. Por lo tanto, debe haber un diseñador, y a este diseñador le llamamos Dios. Para este argumento Aquino se basó en la metáfora de la flecha que se dirige a la diana.

Este argumento es uno de los más empleados a día de hoy y, de hecho, al joven Darwin le impresionó mucho cuando leyó "Natural Theology" de William Paley. Para mala fortuna de Paley, el Darwin adulto lo echó por tierra. Posiblemente no haya habido una derrota más devastadora para el pensamiento popular que la demolición del argumento de diseño. Gracias a Darwin y su teoría de la evolución, ya no es cierto que aquello que nos da la impresión de haber sido diseñado, necesariamente tenga que haberlo sido. La evolución por selección natural da como resultado un excelente simulacro de diseño capaz de alcanzar cotas prodigiosas de elegancia y complejidad sin la necesidad de un diseñador.

Ejemplo de sumas infinitas que acaban en un término finito

La cinco vías de Tomás de Aquino, son argumentos a posteriori que se apoyan en la observación del mundo, y otro de los más famosos argumentos a posteriori empleados en la defensa de la existencia de Dios es el argumento ontológico, propuesto por San Anselmo de Canterbury en el año 1078. Según Anselmo, resulta posible concebir un ser respecto al que nada mayor pueda pensarse. Incluso un ateo puede concebir un ser tan superlativo, aunque niegue que pueda existir en el mundo real. Luego el argumento continúa afirmando que si un ser no existe en el mundo real, precisamente por esa razón es un ser perfecto. Y de esta contradicción nacería por arte de magia Dios. Analicemos este argumento empleando un lenguaje infantil:

- Apuesto a que puedo demostrar que Dios existe.

- Apuesto a que no puedes.

- De acuerdo, entonces imagínate que la cosa más perfecta que puedas.

- Ya lo he hecho, ¿Y ahora qué?

- Ahora, ¿esa cosa perfecta es real?

- No, solo está en mi cabeza

- Si fuera real, sería más perfecta, porque lo realmente perfecto tendría que ser mejor que cualquier tontería imaginada. Así que, he probado que Dios existe.

Veamos como el propio Anselmo lo cita en el primer verso del salmo 14: “Por tanto, incluso el insensato tiene que conceder que existe el entendimiento algo por encima de lo cual no se puede pensar nada mayor, porque cuando oye esto, lo entiende, y todo lo que se entiende existe en el entendimiento; y ciertamente aquello mayor de lo cual nada puede ser pensado, no puede existir en el solo entendimiento. Pues sí existe, aunque sea sólo en el entendimiento, puede pensarse que existe también en la realidad, lo que es mayor”. Bertrand Russell dijo algo interesante sobre este argumento: "Es más fácil estar persuadido de que el argumento ontológico tiene que ser falaz que encontrar donde reside exactamente la falacia”. Y es que ya los griegos pusieron nombre a la supuesta imposibilidad de que Aquiles atrapase a la tortuga, y en lugar de admitir que Aquiles fracasaría en su intento, denominaron al problema “paradoja”, esperando a que generaciones posteriores de matemáticos lo explicaran. Esto es precisamente lo que sucedió cuando se demostró que hay series infinitas que convergen en un valor límite (imagen superior). Sin embargo, a lo largo de los siglos, los filósofos se han tomado en serie esta paradoja del argumento ontológico, tanto para defenderlo como para atacarlo.

Habitualmente se les ha atribuido a los filósofos David Hume (1711-1776) e Immanuel Kant (1724-1804) las refutaciones más definitivas del argumento ontológico. Kant, por ejemplo, puso en tela de duda la escurridiza asunción de Anselmo de que la “existencia” es más “perfecta” que la "no existencia", como si hubiese algún forma real de catalogar ambos términos en diversos grados de perfección. El filósofo norteamericano Norman Malcolm expone así el argumento kantiano: “La doctrina de que la existencia es perfección es llamativamente extraña. Tiene sentido y es verdad si digo que mi futura casa será mejor si tiene un buen aislamiento que si no lo tiene; pero, ¿qué podría significar decir que es mejor casa si existe que si no existe?”. Otro filósofo, el australiano Douglas Gasking, trató este asunto en su irónica demostración de que Dios no existe:

  1. La creación del mundo es el logro más maravilloso que puede imaginarse.

  2. El mérito de un logro es el producto de (a), sus cualidades intrínsecas, y (b), la capacidad de su creador.

  3. A mayor incapacidad (o dificultad) del Creador, más impresionante será el logro.

  4. La dificultad mayor para un creador sería la no existencia.

  5. Por tanto, si suponemos que el universo es el producto de un creador existente, podemos concebir a un ser mayor, esto es, a uno que hubiera creado todo sin existir.

  6. En consecuencia, un dios existente no sería el ser por encima del cual no se puede pensar nada mayor, porque un creador que no existe sería un Dios incluso más formidable e increíble.

  7. Ergo: Dios no existe.

Retrato de San Anselmo de Canterbury de George Glover (Fuente: Wikipedia)

Huelga decir que Gasking no prueba realmente que Dios no existe, y por lo mismo, San Anselmo no probó que existe. La única diferencia es que Gasking estaba bromeando a propósito. Esto también puede recordar al célebre debate sobre la existencia de Dios organizado por Catalina la Grande en el siglo XVIII, en el que debatieron el matemático Euler, con el enciclopedista Diderot. El pío Euler avanzó a donde Diderot y con la máxima convicción le lanzó el reto: “Señor, (a+b) / n = x, luego Dios existe; ¿alguna objeción?” Diderot, intimidado, se batió en retirada, y la leyenda cuenta que no se detuvo hasta llegar de vuelta a Francia. Euler había empleado lo que se podría llamar el argumento de deslumbrar con la ciencia, en su caso, con las matemáticas.

A pesar de que ninguno de los más de 6.000 dioses que han creado las religiones humanas haya dejado ni una sola evidencia física de su existencia, muchos devotos están persuadidos de la existencia de Dios en virtud de las sagradas escrituras. Como mencionó el afamado escritor de Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carroll, si Jesús proclamaba ser el hijo de Dios era debido a que o estaba en lo cierto, o era un loco, o era un mentiroso. ¿Con cuál de estas 3 opciones nos quedaríamos si, a día de hoy, alguien se autoproclama como hijo de Dios? Además, deberíamos añadir una cuarta opción que se basa en que, sencillamente, Jesús estaba equivocado. Pero volviendo a las sagradas escrituras, este argumento resulta muy persuasivo para aquellas personas que no están habituadas a hacerse preguntas como “¿Quién lo escribió y cuándo?”, “¿querían decir en su tiempo, lo que hoy nosotros pensamos que querían decir?”, “¿Eran observadores imparciales, o tenían algún tipo de sesgo particular?”. A partir del siglo XIX, los teólogos dedicados al ámbito académico han proporcionado datos abrumadores de que los Evangelios no son relatos fiables de lo que ocurrió históricamente en el mundo real. Todos ellos fueron escritos bastante más tarde de la muerte de Jesús y de la aparición de las Epístolas de San Pablo, las cuales no mencionan ninguno de los hechos de la supuesta vida de Jesús. Todos fueron copias de copias realizadas a través de generaciones sucesivas. ¿Has jugado alguna vez al teléfono escacharrado? Pues imagina ese mismo juego con cientos de personas a través de muchos años. Lógicamente el mensaje original se ve alterado y desfigurado.

Un buen ejemplo del sesgo implantado por las sagradas escrituras lo podemos encontrar en el lugar de nacimiento de Jesús. La leyenda cuenta que Jesús nació en Belén, y fue seguido de una matanza de inocentes perpetrada por Herodes. Cuando se escribieron los Evangelios, muchos años después de la muerte de Jesús, nadie sabía realmente donde había nacido, pero una profecía del Antiguo Testamento (Miqueas 5:2) llevó a los judíos a creer que el mesías esperado desde tan largo tiempo habría de nacer en Belén. A luz de esta profecía, el Evangelio de san Juan señala que sus seguidores quedaron sorprendidos de que Jesús no hubiera nacido en Belén: “Otros decían: Este es el Cristo. Pero algunos decían: ¿De Galilea ha de venir Cristo? ¿No dice la Escritura que el Cristo viene del linaje de David, y de la aldea de Belén, de donde era David?”. Los Evangelios de Mateo y Lucas tratan el problema de modo diferente y deciden que Jesús tuvo que haber nacido en Belén. Pero lo sitúan allí de modo diferente. Mateo localiza a María y a José todo el tiempo en Belén y, según él, se trasladan a Nazaret mucho tiempo después del nacimiento de Jesús, a su regreso de Egipto, donde habían huido escapando de la persecución del rey Herodes y la Matanza de los Inocentes. Por el contrario, Lucas reconoce que María y José vivían en Nazaret antes de que Jesús naciera. ¿Cómo llegaron a Belén en el momento crucial para que se cumpliera la profecía? Lucas dice que en el tiempo en el que Cirenio era gobernador de Siria, César Augusto decretó que se realizaría un censo con el fin de recaudar impuestos; todo el mundo tenía que ir a empadronarse, “cada uno a su ciudad”. José era “de la casa y el linaje de David” y por eso tenía que ir a “la ciudad de David que se llama Belén”. Aunque parezca una buena solución, como señalan los historiadores A. N. Wilson y Robin Lane Fox (entre otros) es un completo sinsentido. De haber existido, David nació en torno a mil años antes que José, ¿por qué diantre habrían requerido los romanos a José para que fuera a la ciudad donde su antepasado había vivido hace mil años? Además, Lucas patina más con las fechas cuando menciona sucesos que los historiadores son capaces de contrastar de modo independiente a la Biblia. En efecto, en el tiempo del gobernador Cirenio se hizo un censo (uno local y no global como el supuestamente decretado por Cesar Augusto para todo el imperio), pero se llevó a cabo más tarde, en el año 6 d. C., bastante después de la muerte de Herodes. Lane Fox menciona en una de sus obras: “La historia de Lucas es una imposibilidad histórica y presenta incoherencias”.

La Matanza de los Inocentes de Pedro Pablo Rubens (Fuente: Wikipedia)

Otros de los muchos errores presentes en la narración bíblica, fueron recogidos por Tom Flynn en una serie de artículos y documentos que albergan las lagunas y las contradicciones de la historia de Navidad. Existe una larga lista de contradicciones entre los Evangelios de Mateo y Lucas, los únicos que trataron el asunto del nacimiento de Jesús. De hecho, como señalan varios expertos, cada uno de los rasgos esenciales de la leyenda de Jesús incluida la estrella de Oriente, el alumbramiento virginal, la adoración de los Reyes Magos, los milagros, la ejecución, la resurrección y la ascensión, se han tomado prestados (todos y cada uno de ellos) de religiones preexistentes en la región mediterránea y de Oriente Próximo. Flynn sugiere que el deseo de Mateo de que se cumplieran las profecías mesiánicas (linaje de David y nacimiento en Belén) para satisfacción de los lectores judíos, entra en conflicto con la pretensión de Lucas de adaptar el cristianismo a los gentiles, de ahí que tratara temas presentes en las religiones helenísticas paganas (alumbramiento virginal, adoración de los reyes…). Las contradicciones saltan a la vista al leer ambos Evangelios, pero han sido sistemáticamente ignoradas por los creyentes. Por suerte, la mayoría de cristiano y teólogos, son sabedores de que la Biblia no es un registro histórico y literal de la historia, y por ende, no la usan como evidencia para apoyar sus creencias religiosas. Un ejemplo claro de estas contradicciones lo podemos observar al analizar el linaje que va desde David hasta José; mientras que para Mateo hay 25 generaciones entre ambos personajes, para Lucas las generaciones son 41. Pero esta contradicción queda más evidenciada al comparar los nombres de ambas listas, ¡solo coinciden los nombres de David y José! Además, si Jesús hubiera nacido de una virgen, los antepasados de José serían irrelevantes y no podrían emplearse para hacer que se cumpla la profecía de que Jesús es el mesías descendiente de David.

Los 4 Evangelios que conforman el canon oficial fueron elegidos de un modo más o menos arbitrario de una muestra más nutrida compuesta de, al menos, doce, entre los que figuran los Evangelios según Tomás, Pedro, Nicodemo, Felipe, Bartolomé y María Magdalena. Los Evangelios del Nuevo testamento se volvieron oficiales en un concilio eclesiástico siglos después de la muerte de Jesús. Es posible que los Evangelios apócrifos (no oficiales) fueran descartados por los eclesiásticos debido a que lo que relatan es incluso más poco plausible que lo relatado por los oficiales. Por ejemplo, el Evangelio de Tomás, relata la infancia de Jesus como si éste fuera poco más que un hada traviesa usando sus poderes mágicos. Narra hechos como que Jesus convertía a sus compañeros de juegos en barro, gorriones o cabras, y que ayudaba a su padre carpintero alargando trozos de madera, milagros algo cuestionables desde el punto de vista ético. Sin embargo, no existen ni más ni menos razones para creer en los 4 Evangelios canónicos. Todos tiene estatus de leyenda y sus hechos son tan dudosos como puedan serlo los del Rey Arturo y sus caballeros de la mesa redonda. Además, nadie sabe quienes eran los cuatro evangelistas pero con mucha seguridad, jamás se encontraron frente a frente con Jésus. La mayor parte de lo que escribieron no fue de ningún modo un intento honrado de narrar la historia, sino un simple refrito del Antiguo Testamento, ya que los evangelistas estaban convencidos de que la vida de Jesús debía dar cumplimiento a las profecías presentes en éste. De hecho, en general, los reputados estudiosos de la Biblia no contemplan el Nuevo Testamento (y mucho menos el Antiguo) como un registro fiable de los sucesos históricos, por lo que la Biblia, no debe considerarse como una fuente de evidencias de la existencia de Dios.

Newton era religioso. ¿Quién eres tú para creerte superior a Newton, Galileo, Kepler, etc.? Si Dios era lo bastante bueno para ellos, ¿quién te crees que eres?” Este es el típico argumento de los admiradores científicos religiosos para defender la existencia de Dios. Por razones que no son muy difíciles de imaginar, muchos apologetas emplean las referencias de los titanes intelectuales de nuestra historia para defender la existencia de Dios. Newton era religioso, al igual que casi todo el mundo en el siglo XIX, momento en el que se dio una menor presión social y judicial que en siglos precedentes para profesar la religión y hubo un mayor número de científicos que se apoyaron en su abandono. Faraday, Thompson y Lord Kelvin eran religiosos, pero el primero perteneció a una secta (virtualmente extinta) que creía en una interpretación literal de la Biblia; mientras que Kelvin, el padre de la termodinámica, trató de descartar la teoría de la evolución de Darwin, ya que, según él, en el tiempo que abarcaba esta teoría, el combustible del sol debería haberse agotado, obviamente no conocía la fusión nuclear. Sin embargo, resulta más difícil encontrar a científicos religiosos en el siglo XX, aunque no son excepcionalmente escasos. Además, la mayoría de estos científicos “religiosos” creen en el Dios de Einstein o Spinoza, no el Dios cristiano. Pero también hay algunos científicos excepcionales que son sinceramente religiosos en el más tradicional sentido de la palabra. Por ejemplo, entre este tipo de científicos británicos, siempre aparecen los 3 mismos nombres: Peacocke, Stannard y Polkingdel, y da la casualidad de que los tres han ganado el premio Templeton o son miembros del consejo de administración de la fundación Templeton, una organización filantrópica que financia estudios que relacionan la ciencia con la espiritualidad. Por lo tanto, ¿se trata de fe o de interés económico?

Otro claro ejemplo de científico excepcional que no solo era religioso sino que además era monje, es George Mendel, el padre de la genética. Sin embargo, al igual que Faraday o Kelvin, Mendel también vivió en el siglo XIX, siglo en el que la forma más sencilla de dedicarse a la ciencia era formar parte de la iglesia. Su equivalente hoy en día sería optar a una beca de investigación. Otro de los padres de la genética moderna, James Watson, contestó a la pregunta de si conocía a muchos científicos que hoy en día fueran religiosos de la siguiente manera: “Virtualmente, ninguno. Ocasionalmente, me encuentro con alguno y me siento profundamente incómodo [risas] porque, sabes, no puedo creer que nadie acepte la verdad mediante la revelación”. Francis Crick, codescubridor de la estructura del ADN junto a Watson, renunció a su puesto en el Churchill College de Cambridge, debido a que esa institución decidió construir una capilla a requerimiento de un benefactor.

Los esfuerzos de los defensores de la religión por encontrar científicos modernos auténticamente eminentes que sean religiosos, tienen un aire de desesperación por encontrar a alguien relevante que defienda sus creencias. En una página web en la que aparece una lista de “científicos ganadores del Premio Nobel cristianos” sólo aparecen 6 entre varios cientos de premiados. Da la casualidad de que de esos seis, cuatro nunca han ganado el Nobel, mientras que uno de los otros dos es un no creyente que acude a la iglesia por motivos puramente sociales y familiares. En un estudio más minucioso realizado por Benjamin Beit-Hallahmi se afirma lo siguiente: “Entre los laureados con el Premio Nobel en Ciencias, así como los galardonados con el de Literatura, se da un grado considerable de irreligiosidad en comparación con la que manifiestan las sociedades de las que proceden”. En otro estudio de la prestigiosa revista Nature de 1998, se demostró que, entre aquellos científicos estadounidenses a quienes sus colegas consideraban lo bastante eminentes como para ser elegidos para la Academia de Ciencias, solo un 7% creían en un Dios personal. Esta aplastante preponderancia del ateísmo entre los científicos estadounidenses, resulta curiosa en un país donde, en ese momento, más de un 90% cree en alguna suerte de ser sobrenatural. Es más, en toda la historia del Congreso de los Estados Unidos, nunca un congresista se ha declarado abiertamente ateo. Ha habido congresistas católicos, protestantes, judíos, musulmanes… pero nunca un ateo; sien embargo, el 93% los científicos más eminentes del país, se declara ateos, un dato curioso. Además, esto no solo está restringido al ámbito académico, ya que diversos estudios que trataron de correlacionar las creencias con los niveles educativos, demostraron que la religiosidad está negativamente relacionado con la educación; es decir, es menos probable que las personas con educación superior sean religiosas. Del mismo modo, la religiosidad también se correlaciona de forma negativa con el interés por la ciencia, y de forma positiva (en especial entre los protestantes) con el liberalismo político. Por lo tanto, en base a todo lo mencionado en relación al argumento de los científicos religiosos, queda demostrado que no es una buena forma de defender la existencia de Dios.

Retrato de Newton (Fuente: BBC)

Otro de los argumentos reiterados en la defensa de la existencia de Dios, es la apuesta de Pascal, aunque más que un argumento es un razonamiento pragmático sobre la creencia en Dios. La apuesta de Pascal defendería algo como lo siguiente: ante la duda sobre la existencia de Dios, creer es la opción más racional: si Dios existe y crees en él ganarías la vida eterna, pero si no crees, estarías condenado al infierno. Mientras que si Dios no existe, tanto creer en él cómo no hacerlo, presentarían resultados similares y pérdidas limitadas. Como es evidente, no prueba que Dios exista, sino que apostar por la fe es una estrategia prudente frente a la incertidumbre. Además, creer o no creer no es una cuestión que se pueda decidir como si se tratara de política. No es algo que uno pueda decidir como acto de voluntad. Puedes decidir ir a la iglesia, rezar, o jurar sobre la Biblia, pero nada de eso puede hacerte creer si verdaderamente no crees. Por lo tanto, la apuesta de Pascal parece más un argumento para fingir que se cree en Dios que para creer verdaderamente. Y en realidad, en el caso de que el supuesto Dios fuese omnisciente, de nada serviría fingir que crees en él, ya que podría adivinarlo y negarte la vida eterna. Además, si Dios es bondadoso, ¿no debería, independientemente de la creencia en él, recompensar la amabilidad, la generosidad y la humildad? Por ejemplo, un asesino en serie cristiano que acude a misa, reza, se arrepiente de sus pecados y cree fervientemente en Dios, ¿tiene más derecho que un ateo bondadoso y generoso a la supuesta vida eterna? Como dijo Bertrand Russell cuando le preguntaron qué le diría a Dios si al morir se encontrase con él: “Evidencias insuficientes, Dios, evidencias insuficientes”.

Estos no son todos los argumentos empleados por los teístas para demostrar la existencia de Dios, pero sí los más empleados con tal propósito. Como hemos visto a lo largo del artículo, muchos de ellos presentan lagunas lógicas que no se pueden resolver, y otros que nos hemos dejado en el tintero, como el caso del diseño inteligente, ya han sido refutados en otro artículo. La evolución tiene poco de inteligente y mucho de adaptación. En definitiva, los argumentos tradicionales sobre la existencia de Dios, desde las vías tomistas hasta la apuesta de Pascal, se sostienen más en la necesidad humana de certeza que en la solidez lógica. La razón, la evidencia y el pensamiento crítico nos invitan a aceptar que la ignorancia no se disuelve invocando divinidades, sino comprendiendo mejor el mundo. Si algo demuestra este análisis, es que la duda razonada sigue siendo más honesta que la fe impuesta.

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