La sexta extinción masiva no solo acabará con la vida

Artículo basado en el libro: "Rumbo al ecocidio: como frenar la amenaza a nuestra supervivencia" de José Esquinas y Mónica G. Prieto.

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A lo largo de la historia de nuestro planeta, las formas de vida han presenciado 5 extinciones masivas en las que una gran proporción de la biodiversidad de ese momento (organismo vivos de los 5 reinos), ha desaparecido. La primera, la extinción del Ordovícico-Silúrica (hace 443 millones de años) en la que el 85% de las especies marinas (como el trilobites) desaparecieron a causa de diversos cambios climáticos. La segunda, la extinción del Devónico Tardío (hace 359 millones de años) en la que el 75% de las especies (principalmente marinas) desaparecieron. La tercera, la extinción del Pérmico-Triásico (hace 252 millones de años) en la que el 96% de las especies marinas y el 70% de las especies terrestres desaparecieron a causas de una serie de erupciones volcánicas en la región de Siberia, y sus consecuencias climáticas. La cuarta, la extinción del Triásico-Jurásico (hace 201 millones de años) en la que el 80% de las especies, entre las que se incluían grandes reptiles, desaparecieron, permitiendo la diversificación y dominancia de los dinosaurios en el Jurásico. Por último, la quinta extinción masiva del Cretácico-Paleógeno (hace 66 millones de años) en la que el 75% de todas las especies (incluidos los dinosaurios) se extinguieron, como causa del impacto de un asteroide en la península de Yucatán. A pesar de lo catastrófico de estos datos, si nuestra conducta sigue inalterada, las generaciones futuras más próximas presenciarán una sexta extinción masiva devastadora, en la que no solo la materia orgánica peligrará (seres vivos) sino que, como veremos en este artículo, también la materia inorgánica se verá amenazada.

Hoy en día, 1 millón de especies vegetales y animales se encuentra en peligro de extinción (de las aproximadamente 1.660.000 especies descritas), ¡Un millón!, más que nunca en toda la historia de la humanidad (que no de la vida). Tan solo en los últimos 40 años, la diversidad agrícola se ha reducido el 58%. Además, el número de individuos de cada población (y cada especie) está cayendo en picado, como es el caso de los vertebrados cuya abundancia en el planeta ha caído un 69%. Más de un 33% de las especies de anfibios, arrecifes de coral y mamíferos marinos se encuentra amenazada según un estudio del Foro Mundial para la Naturaleza, y la Sociedad Zoológica de Londrés. En cuanto la pesca, en 2015 (los nivele actuales son peores), el 33% de las poblaciones de peces se estaba pescando de forma insostenible, el 60% se estaba pescando por encima de los niveles de sostenibilidad (vamos insostenible) y tan solo el 7% se capturaba bajo los niveles de sostenibilidad. Las principales causas de estas alarmantes cifras residen en el deterioro o pérdida de hábitats de las especies, la sobreexplotación, la contaminación, el cambio climático y las especies invasoras; razones frecuentemente interdependientes.

Datos sobre las Extinciones Masivas (Fuente: Dicyt)

En el caso concreto de los insectos que, como me imagino, el lector sabrá que son indispensables para la polinización de las plantas con flor, principales fuentes de nuestros alimentos, el 50% de ellos han desaparecido (información publicada por la revista Nature). Más específicamente, es muy alarmante el caso de las abejas, que son responsables de la polonización de 71 de las 100 especies de plantas responsables del 90% de la alimentación humana. El 37% de las poblaciones de abejas está en declive, y este dato que puede que no te resulte tan loco, genera una pérdida de entre el 20% y el 30% la productividad de nuestros cultivos; es decir, cientos de miles de millones de dólares. Para que el lector entienda la importancia de las abejas en términos de económicos, por la falta de polinización de estos himenópteros, la pérdida económica de la actividad agrícola supera el PIB de países como Suecia o Bélgica de forma anual, ahí es nada, para que luego la gente ponga en duda la importancia de las abejas. La situación es tan drástica que existen diversas iniciativas por parte del mundo académico y empresarial (como los RoboBees desarrollados en Harvard) para el desarrollo de pequeños drones que realicen el trabajo de los polinizadores. Tócate los pies, están invirtiendo en proporcionar un recurso ecosistémico que ofrece la naturaleza de forma gratuita. Para ejemplificar con algo palpable este efecto a lo largo del pasado reciente, uno de los autores del libro (José Esquinas) recuerda una charla con un compañero de la Universidad de California en la que hablan sobre El Colmenero, un bar que frecuentaban para tomar un par de vasos de aguamiel: “Te acuerdos de aquellos carteles grandes que decían “El Colmenero, a tantos dolares el kilo de miel”, que se veía en las carreteras” pues ahora esos carteles indican “El Colmenero, alquilamos enjambres a X dólares la hora”. El Colmenero ha pasado de ofrecer el producto creado por estos insectos, a comerciar con un servicio que las abejas (y otros polinizadores) llevan haciendo cientos de millones de años de forma ininterrumpida.

Otro de los grandes problemas que afectan a la biodiversidad del planeta, aunque de forma menos marcada que los factores mencionados, se basa en la fascinación del hombre por las especies exóticas y el consecuente tráfico ilegal. Además, la introducción de especies en territorios donde no deberían estar, genera una alteración de los ecosistemas acabando con poblaciones autóctonas. Si hablamos de especies invasoras, me imagino que al lector le vendrá a la cabeza el caso de los conejos en Australia, pero ¿cómo estos pequeños mamíferos consiguieron alterar el equilibrio natural de los ecosistemas del país? La historia comienza en 1859, cuando un británico llamado William Austin, decidió regalar a su hermano Thomas (residente en Sídney) 13 conejos que se convirtieron en la mayor invasión biológica de la que existen noticias. Tan solo 3 años después, la población de conejos se contaba por miles, y para 1906, estos lepóridos habían avanzado a la costa oeste situada a 4.000 km del origen de la invasión. Como el ecosistema mostraba una ausencia de depredadores naturales, y como la mayoría de mamíferos que colonizaban esas tierras eran marsupiales (con una gestación más lenta) y no placentarios (como los conejos o nosotros). El creciente número de lepóridos llevó a la extinción de muchas especies autóctonas por falta de alimento. Además, como estos conejos se alimentaban de los árboles cuando acababan de brotar, también afectaron a la reproducción natural de los bosques y a la erosión de los suelos.

Para 1920, la población de conejos australianos había ascendido a la alarmante cifra de 10.000 millones. Para paliar los catastróficos efectos del regalo envenenado, las autoridades australianas decidieron importar zorros que pudiesen acabar con la plaga. Sin embargo, estos zorros encontraron más sencillo alimentarse de los lentos marsupiales (como no tenían depredadores naturales, la evolución no favoreció que fuesen rápidos) como los wallabies, agravando aun más el problema. Luego, la población de zorros aumentó de forma rápida y comenzaron a alimentarse de aves, encargadas de regular la población de insectos que atacaban a las plantas, agravando aun más, si cabe, los efectos de la plaga de conejos. Se tomaron múltiples medidas para tratar de contener la creciente población de lepóridos, con métodos tan variopintos como vallas electrificadas o fomentando la caza de los mismos entre los habitantes locales. No obstante, estas medidas no fueron eficaces, y el método más efectivo resultó ser la inoculación de un virus (mixomatosis) que por desgracia terminó saltando las fronteras y convirtiéndose en una plaga en el Viejo Continente (Europa). Aunque más de 500 millones de conejos perecieron ante el virus, lo cierto es que acabaron desarrollando resistencia y, a día de hoy, siguen representando un acuciante problema ecológico, que arremete sin piedad contra la fauna y la flora australiana.

Otro ejemplo, esta vez debido a una nefasta gestión ecosistémica, lo podemos encontrar en la China de Mao, en la que una de las iniciativas para el “Gran Salto Adelante”, mediante el que se trataba de convertir a China en una potencia industrial, fue la conocida como “campaña de las 4 plagas” (consultar artículo). Entre estas 4 grandes plagas que había que combatir, aparecía el gorrión, ya que se alimentaba (en parte) de los granos de cereal recolectados en los silos por los agricultores y, por lo tanto, representaban una especie que necesitaba ser erradicada. El primer año, efectivamente la producción de cereales fue mucho más alta, pero lo que no predijeron los responsable de estas campañas, fue que los gorriones también se alimentaban de insectos cuyas larvas devoran las plantas de cultivo, y como el número de sus depredadores había descendido cuantiosamente (se pagaba a los habitantes por cada gorrión capturado), las poblaciones de insectos se convirtieron en plaga y minaron las cosechas, siendo uno de los principales responsables de la Gran Hambruna que sufrió el pueblo chino y en la que se perdieron más de 30 millones de vidas humanas. El resto de ejemplos, aunque no tuvieron consecuencias tan drásticas, son muy numerosos, como atestiguan la avispa asiática, la rana toro, el cangrejo americano o el pez león. Este último (originario de indonesia), debido a que sus espinas amedrentan a la mayoría de depredadores, han conseguido modificar los hábitats marinos del continente americano. También encontramos el ejemplo de los castores que fueron introducidos en Argentina para promover el comercio de pieles, pero sin tener en cuenta que a diferencia de los árboles americanos a los que estaban acostumbrados a alimentarse, los sudamericanos no eran capaces de rebrotar tras la acometida de los castores.

Cazadores de conejos en Nueva Gales del Sur, Australia en el siglo XX (Fuente: El País)

Como ya se ha mencionado al inicio del artículo, esta sexta extinción masiva en la que nos encontramos inmersos no solo afectará a la materia orgánica (sólo he mencionado a los animales), sino también a la materia inorgánica. Dentro de esta materia, la molécula de mayor importancia para nuestras vidas (después del oxígeno del aire), es el agua. Somos un 60% agua, el 70% del planeta está cubierto por ella, el 97% es salada, un 2% está congelada y tan solo el 1% es el agua que sacia nuestra sed. El problema es que este recurso hídrico está mermando año tras año debido a las sequías, a la sobreexplotación, a la contaminación de los acuíferos, a la insostenible agricultura intensiva y un largo etcétera. Más de 2.000 millones de personas (una cuarta parte) no tiene agua potable, y debe recorrer distancias enormes para conseguir aquello que brota de nuestros grifos con un simple gesto. El problema no es que llueva menos que antes (las precipitaciones son las mismas), sino que lo hace de una forma más irregular e incontrolable, provocando alternativamente inundaciones y sequías. Por ejemplo, en 2022, las inundaciones en Pakistán dejaron un tercio del país bajo el agua, afectando a 30 millones de personas y cobrándose 1.300 vidas humanas. Como la población humana no deja de crecer, la intensiva explotación de los acuíferos aumenta sin frenos, y si se cumple el pronóstico de 10.000 millones de personas para el año 2050, necesitaremos cada vez más agua para beber y regar nuestros cultivos, mermando aún más si cabe la escasez de este recurso tan valioso. Todo esto sin tener en cuenta la contaminación, pero eso lo dejaremos para otro artículo.

Otras fuentes de materia inorgánica que se están extinguiendo por causas humanas son los recursos minerales y los elementos naturales que brinda la corteza terrestre, en gran parte debido a la voracidad insaciable con la que consumimos estos recursos. Según la Sociedad Estadounidense de Química, las reservas de 44 elementos naturales se encuentran en peligro, y resultarán insuficientes en un futuro próximo. Los más afectados son el helio, el zinc, el galio, el germanio, el arsénico, la plata, el hafnio, el iridio y el telurio. El cobalto o el fósforo (indispensable en la producción de fertilizantes) presentará una disponibilidad limitada en un futuro cercano. Otro de los recursos que se sitúa en los debates de la palestra pública, son las tierras raras (lantánidos junto al escandio y el itrio) y su futuro es preocupante por el abuso que se viene cometiendo en las últimas décadas. Estos elementos, aunque en cantidades ínfimas, son requeridos para la fabricación de teléfonos inteligentes, ordenadores, coches eléctricos, turbinas eólicas, entre otros. A día de hoy, China, que posee el 90% de las tierras raras del planeta, ha advertido que solo quedan existencias para unos 15 o 20 años. Aunque otros países muestran minas de estos elementos (como EE.UU.), en la actualidad, su extracción es más cara que su compra a la potencia asiática, y ahí radica el verdadero problema. Cuanto mayor sea la escasez de estas tierras raras, los precios de los productos electrónicos aumentarán de una forma vertiginosa, por no hablar de los conflictos violentos que generan en los países de los que se extraen (el coltán en el Congo por ejemplo). El problema no es que los recursos desaparezcan, no se ha realizado una exhaustiva prospección a nivel mundial, sino en el encarecimiento de los productos que pasarán de ser algo cotidiano, a productos de lujo al alcance de muy pocas manos. Por ejemplo, el caso del paladio, que se emplea en los condensadores de los teléfonos inteligentes, solo representa el 0.015% de los materiales de estos aparatos. Sin embargo, la industria electrónica consume 15 toneladas al año de este material, teniendo en cuenta el resto de usos de este elemento (joyería, sector automovilístico, industria sanitaria y odontológica, electrónica…) la competencia entre los diferentes sectores podía convertir el precio de paladio en algo prohibitivo.

En este artículo, se ha observado de forma muy somera, las pérdidas que las acciones humanas están generando no solo en la extinción de múltiples seres vivos, sino en la desaparición y encarecimiento de materias indispensables para la fabricación de objetos de uso cotidiano, o de materias (como el agua) de cuya abundancia depende íntimamente la supervivencia de nuestra especie, bueno la de todas las especies vivas.

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