La tragedia de Nauru: el país que se hizo rico antes de ser libre

Artículo basado en el libro: "Nauru, la isla devastada: Cómo la civilización capitalista ha destruido el país más rico del mundo" de Luc Folliet.

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Nauru es un islote situado en el nordeste de Australia, concretamente, en la latitud 0º 31’ 59’’ sur y longitud 166º 55’ 0’’ este. Está rodeado de una constelación de islas algo más reconocidas como Kiribati, Marshall, Salomón y Tuvalu. Con sus 21 kilómetros cuadrados representa la república más pequeña del planeta. Con poco más de 12.000 habitantes, su historia podría ser la de un país sin historia, lejos de todo y, sobre todo, de Occidente. Sin embargo, esta pequeña república tiene un oscuro pasado hasta que alcanzó su independencia. Un pasado de colonización en el que los últimos en opinar sobre el porvenir de la isla fueron sus propios habitantes. Todo por ser uno de los países más ricos de la Tierra en un recurso concreto. Durante miles de años, Nauru fue una tierra colonizada por los pájaros en sus migraciones marcadas por el cambio de estación. Por ello, el guano o “mierda de pájaro” ha hecho famoso a este pequeño país. Con el tiempo, esta acumulación de guano ha creado unas inmensas reservas de fosfato en el subsuelo de Nauru, y esta es la principal razón de que la globalización haya dejado su huella indeleble sobre la isla. En este artículo revisaremos los principales efectos de esta globalización hasta que Nauru alcanzó su independencia.

Si quisiéramos empezar por el principio, no podríamos, ya que los orígenes de Nauru son desconocidos. Parece ser que en tiempos pasados la isla fue gobernada por 12 tribus. “Es cierto que no sabe realmente cuál es el origen de nuestro pueblo. Pero con toda probabilidad, a la vista de nuestros aspecto, nuestros ojos almendrados hacen pensar en un rostro asiático. nuestros antepasados debieron venir en piraguas desde Asia, de Malasia o de Filipinas. Nuestra corpulencia es la misma que la de los habitantes de islas como Tonga o Samoa. Sin duda, ha habido una mezcla de los dos pueblos que con el transcurso de los siglos ha dado origen a los nauruanos” comentó Freddy Pitcher, ministro de industria de Nauru en 2005. En el siglo XVI, este territorio no escapó de la sed de expedición de exploradores como Vasco Nuñez de Balboa, el primer europeo en aventurarse en las aguas del Pacífico en 1513. Sin embargo, hubo que esperar más de dos siglos y medio para que una nave se aventurase a esta pequeña porción de tierra. En 1789, el ballenero Hunter, capitaneado por el inglés Jhon Fern, se acercó a las costas de Nauru. Inmediatamente, multitud de canoas se aproximaron a la nave. Fern no observó ningún tatuaje en los indígenas, algo típico de las islas polinesias que había visitado. En este encuentro no hubo ninguna clase de conflicto entre los europeos y los nauruanos; de hecho, la impresión que le dejó al capitán este primer contacto fue tan fuerte que denominó a la isla “Pleasant island”, la isla agradable, aunque tuvieron que pasar varias década para otros europeos visitaran Nauru.

Foto aérea de la isla de Nauru (Fuente: NTL International)

Para mediados del siglo XIX, Oceanía fue colonizada por el Imperio Británico. Más allá de Australia y Nueva Zelanda, todas las demás tierras sobre las que los británicos pudieran asentar su dominio, enarbolaban los colores de la Union Jack (la bandera de Reino Unido). En esa época, muchos marineros que quedaban cautivados por la belleza y tranquilidad de islas como Nauru, abandonaban su vida para adoptar el estilo de vida de las islas y se quedaban a vivir con los indígenas que las habitaban. Algunos de estos “beachcombers” era presidiarios que se escapaban de las cárceles de Oceanía, donde las autoridades británicas llevaban a los peores criminales de todo el Imperio Británico (consultar artículo). De hecho, los primeros europeos que vivieron en Nauru, fueron presos fugados de Norfolk Island, una isla situada al este de Australia que albergaba una de las más célebres prisiones del continente austral. Los primeros fueron dos irlandeses, Patrick Burke y John Jones, que desembarcaron en 1830. Pero año tras año, otros “beachcombers” se reunían con ellos atraídos por los encantos de la isla. Por desgracia para los nauruanos, con el paso del tiempo, John Jones se conviertió en un tirano. Al principio, los indígenas le obedecían ciegamente, pero cuando, en 1845, Jones quisó atribuirles varios asesinatos cometidos por él, le exiliaron a una isla cercana. Pero no todos los “beachcombers” eran como Jones. Para 1845, sólo dos europeos seguían viviendo en la isla y uno de ellos, William Harris, se enamoró tanto de la isla y sus gentes, que acabó casándose con una mujer nauruana con la que tuvo 7 hijos. Más tarde, Harris se convertiría en un intermediario entre los isleños y los europeos, en especial, con las compañías marítimas que vienen a hacer prospecciones a Nauru.

En el siglo XIX, los europeos empezaron a comerciar con la copra (la carne seca del coco) de los abundantes cocoteros presentes en la isla. Los barcos que acudían a la isla eran numerosos, pero tras una oscura historia con la compra de cañones en la que los nauruanos acabaron con la vida de un capitán de barco y 7 de sus tripulantes, la reputación de la isla cayó en picado. Durante años ningún barco fondeó las aguas de Nauru, sus habitantes cogieron fama de bárbaros a lo largo de toda Europa. Además, el alcohol empezó a causar estragos entre la población. No es que los nauruanos no bebieran alcohol y los europeos lo introdujeran su cultura, ya que en Nauru si que bebían un licor a base de coco llamado toddy, un alcohol suave y dulce. Lo que ocurrió es que los habitantes de una isla cercana llamada Banaba introdujeron en Nauru una mezcla de toddy mucho más fuerte. Para finales de la década de 1870, durante una boda en la isla, un invitado borracho mató de un disparo de fusil a un joven invitado nauruano. Las armas circulaban por la isla, ya que, aunque ya casi no había europeos, estos dejaron decenas de fusiles y pistolas cuando se marcharon. Este acto marca el punto de partida para una guerra tribal que dura casi 10 años. Los incidentes entre tribus se multiplican y el caos azotó la isla.

Antigua prisión de Norfolk Island (Fuente: Wikipedia)

En 1896, Henry Denson, un capitán cuyo barco está fondeado en Nauru, recogió una extraña piedra blanca y la llevó a Sydney a la sede de su empresa, la Pacific Island Company. Sin embargo no le dió mucha importancia a esta piedra, era un mero adorno, hasta que, en 1899, Albert Ellis, un compañero de Denson mandó a analizarla. Ellis se llevó una grata sorpresa al descubrir que la misteriosa piedra blanca era fosfato casi puro. Ellis llevaba tiempo buscando fosfatos en Oceanía y, aunque la Pacific Island Company explotaba algunos yacimientos, estos eran insuficientes para Australia, cuyas tierras eran pobres en nutrientes y necesitaban abono. Y por tanto, fosfato, un componente esencial de los fertilizantes. En aquella época, Nauru estaba bajo el protectorado alemán desde 1898. Inglaterra y la recientemente unificada Alemania se habían repartido zonas de influencia en el Pacífico y el caso de Nauru fue algo espinoso. La principal compañía comercial alemana, Jaluit-Gesellschaft, explotaba regularmente la tierra nauruana, por lo que llegó a un acuerdo con los británicos. A los alemanes solo les faltaba arreglar el conflicto que tenían los propios nauruanos entre ellos, por lo que prohibieron completamente las armas de fuego en la isla. Tras un secuestro intermediado por Harris de los jefes de las 12 tribus para el cese de la violencia, los nauruanos entregan las 765 armas que poseían, más de la mitad de la población de la isla en aquellos momentos. Alemania acababa de salvar a Nauru de su propia destrucción, aunque esta nunca hubiera ocurrido sin las armas de los europeos.

En 1907, comenzó la extracción de fosfato, aunque las negociaciones eran complejas. Demasiados actores en el proceso. La Pacific Island Company, para entonces convertida en Pacific Phosphate Company, los gobiernos alemán y británico y la Jaluit-Gesellschaft. Los nauruanos no participaron en las negociaciones. Al final, la Pacific Phosphate Company se conviertió en el único explotador, pagando un derecho anual a Jaluit-Gesellschaft. Por su parte, las autoridades alemanas decidieron pagar una pequeña retribución a los nauruanos, una cantidad irrisoria si la comparamos con la suma recaudada por Pacific Phosphate Company. En los siguientes años, Nauru se convirtió en una mina a cielo abierto donde todo el mundo saca provecho, los británicos con la extracción, los alemanes con los dividendos y los nauruanos con su irrisoria retribución. La mayoría de los mineros eran emigrantes chinos. Sin embargo, la Primera Guerra Mundial pusó fin a las idílicas relaciones entre alemanes y británicos. Pronto, Australia invadió la isla y, 4 años después, con la firma del Tratado de Versalles, Alemania perdió sus colonias del Pacífico. En 1918, el nombre de Nauru (o Pleasant Island como era conocida) apareció en el New York Times: “Se calculan en 500 millones de toneladas las reservas de fosfato en esta isla. Este fertilizante podría hacerle la competencia a los célebres campos de nitrato de Chile”. Gran Bretaña, Australia y Nueva Zelanda, que valoraban el fertilizante tanto como el oro, buscaron la anexión pura de Nauru. Pero esta anexión chocaba con los principios del presidente estadounidense Woodrow Wilson, que hizo de la libertad de los pueblos su particular caballo de batalla. Wilson defendió que los intereses de las poblaciones afectadas se tomesen tan en cuenta como las reivindicaciones del gobierno. En 1920, la nueva Sociedad de Naciones situó a Nauru bajo el mandato del Imperio Británico. Aunque Australia administraba la isla, un acuerdo con Inglaterra y Nueva Zelanda, el Nauru Island Agreement (1919), permitió a las 3 partes repartirse los dividendos del fosfato. Una vez más, los nauruanos ni siquiera fueron consultados para este acuerdo. La British Phosphate Commision, que tomó el relevo de la Pacific Phosphate Company, empieza a extraer cientos de miles de toneladas de fosfato y se convirtió en un estandarte de la economía británica. Cientos de emigrantes chinos trabajan a 40 ºC provistos tan solo de un pico y una pala. El recurso era de los nauruanos, el trabajo era de los chinos, pero el beneficio se lo llevaban los británicos.

Antiguo cantiléver abandonado en las costas de Nauru (Fuente: Matthieu Paley)

Con la llegada de la Segunda Guerra Mundial, las exportaciones de fosfato continuaron, al menos durante los primeros meses. Nauru siguió siendo un enclave estratégico. Si los fosfatos sirven para la agricultura en tiempos de paz, también sirven para la fabricación de explosivos en tiempos de guerra. En 1940, tres buques alemanes camuflados como barcos japoneses atravesaron las aguas de Nauru. Los alemanes planeaban desembarcar 185 soldados en la isla para destruir las infraestructuras mineras. Pero el desembarco resultó imposible para los barcos de la Kriegsmarine, por lo que decidieron cortar el suministro de fosfatos. Echaron a pique 5 cargueros australianos y neozelandeses y destruyeron parte de la infraestructura lanzando obuses desde el mar. Tras esto, un pequeño contingente de soldados australianos ocupó la isla, pero el 7 de diciembre de 1941, la base estadounidense de Pearl Harbor fue atacada. Japón entró en la Segunda Guerra Mundial y su presencia en el Pacífico aumentó drásticamente. Los soldados australianos fueron rescatados y el pueblo nauruano se quedó solo ante un enemigo impuesto por sus colonizadores. Para 1942, los japoneses habían convertido la isla en zona de reaprovisionamiento. Construyeron una pista de aterrizaje, decenas de búnkeres e instalaron sistemas de defensa antiaéreos, y cuando digo "construyeron" me refiero a los nauruanos, que fueron sometidos a trabajos forzosos junto a algunos chinos que fueron sometidos a lo mismo. Cada vez había más gente en la isla, por lo que las autoridades japonesas decidieron enviar a 1.200 nauruanos a la cercana isla de Truk, y cuando digo "cercana" me refiero a 1.320 km de distancia y un trayecto en barco de varios días. Una anciana que sobrevivió a las penurias de esta época relató lo siguiente: “Después de varios días en barco, fuimos desembarcados en la isla de Truk, donde permanecimos recluidos durante meses. No teníamos noticia de los otros nauruanos que habían permanecido en la isla. Estábamos encerrados en nuestro campamento esperando que nos liberaran. Pasaban los meses, cada vez más gente iba cayendo enferma: disentería, tifus… Estábamos mal alimentados, mal alojados. Numerosas personas morían a mi alrededor. Luego, un día, nos volvieron a traer a la isla. Nos dimos cuenta de que la guerra había terminado. Al regreso, no reconocíamos Nauru. Habían cambiado muchas cosas. Cientos de árboles derribados, embudos de obuses habían deformado el paisaje". Los japoneses lo habían dejado todo desparramado: armas, cañones, jeeps. La guerra no había perdonado a Nauru. De los 1.200 deportados a la isla de Truk, tan solo sobrevivieron 737.

En 1945, Nauru encontró rápidamente un “protector", la recién creada Organización de las Naciones Unidas. En su carta fundacional estableció la aplicación de un régimen de tutela que permitió a algunos países independientes administrar un territorio durante un periodo dado. El objetivo principal de esta tutela era asegurar la independencia de los territorios. Sin embargo, el acuerdo entre Australia, Nueva Zelanda e Inglaterra todavía estaba vigente y la explotación de los fosfatos necesarios para la agricultura de una Europa destruida continuaba por parte de la British Phosphate Commission. En 1948, los nauruanos recibieron menos del 2% de las ganancias globales de los fosfatos; no obstante, la globalización también afectó positivamente a la isla. Antes de la ocupación japonesa, “Hammer” Deroburt fue el primer nauruano en abandonar el territorio para estudiar en Australia, lo cual no debió ser fácil, ya que en aquella época la nación del canguro tenía un régimen segregacionista y era raro ver a no blancos en los institutos del país. Deroburt se adaptó a la perfección y le cogió el gusto a la enseñanza y a la política, y gracias al trauma de Truk, se despiertaron en él los valores de la independencia y la autodeterminación de los pueblos. Deroburt se conviertió en el intermediario entre los administradores australianos y la autoridad de Nauru, revelándose como un duro negociador y un hábil político (de ahí lo de “Hammer”).

Para 1951, encabezó el primer consejo de gobierno local de Nauru y, en pocos meses, este consejo se conviertió en una verdadera fuerza de oposición a las autoridades coloniales. La tierra de donde se extraían los ricos fosfatos pertenecía a las familias nauruanas, pero sólo recibían pequeñas indemnizaciones a cambio. De esta forma, comenzó una batalla de más de 10 años entre Deroburt y las autoridades australianas, pero el nauruano tenía las de ganar gracias a sus contactos en el continente, y al artículo 76 de la carta de las Naciones Unidas, que estipula claramente que la autodeterminación de los territorios como Nauru debe ser, a largo plazo, efectiva. En 1961, Australia ofreció a los nauruanos una nueva tierra de acogida, una isla de la provincia de Queensland (Australia) 5 veces más grande que Nauru. Lógicamente, esta oferta es inaceptable para el consejo. Luego, la British Phosphate Commission intentó calmar la situación aumentando las indemnizaciones. Primero, multiplican por 5 la insignificante suma que les proporcionaban anteriormente, luego por 10, pero los nauruanos no aceptaron. El 31 de enero de 1968, exactamente 22 años después del regreso a Nauru de los supervivientes de Truk, los 4.000 habitantes de la isla festejaron su independencia ondeando su nueva bandera al viento. Sin embargo, esto no era más que el principio de una catástrofe para el pueblo de Nauru, una catástrofe que empezaría con el entusiasmo material de las riquezas del fosfato vertidas sobre los habitantes de esta pequeña isla del Pacífico. Pero esa historia la dejaremos para otro artículo y, por lo tanto, para otro libro.

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